El responsable del café

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Nací en Mahón, isla de Menorca, en 1970. Estudié Delineación y Geografía e Historia, pero ejercí durante años multitud de empleos del más variado pelaje. También frecuenté desde muy joven los ambientes teatrales y culturales de mi isla natal, desempeñándome como actor, cantante lírico, locutor de radio y articulista de prensa. Desde entonces he venido ejerciendo el columnismo y la crítica literaria en numerosos medios, obteniendo en 1994 el premio Mateo Seguí Puntas de periodismo. Poeta oculto, como narrador he publicado las novelas "En algún lugar te espero" (accésit del Premio Gabriel Sijé, 2000) y "Hospital Cínico" (2013), y los libros de relatos "Las espigas de la imprudencia" (Bcn, 2003) y "Domingos buscando el mar" (Premio Café Món de Narrativa, 2007). Cuento además con un puñado de premios y menciones en certámenes nacionales de cuento (Revista Mujer 21, El Fungible, Casa de Andalucía, Francisco Candel, Internacional Max Aub, etc.) y algunos de mis relatos figuran en varias antologías. Desde 2002 vivo y escribo en Hospitalet de Llobregat.

sábado, 9 de junio de 2012

¿Leer El Quijote hoy?

                Durante la celebración del cuarto centenario de la aparición de la 1º parte de El Quijote (1605), expertos, académicos y profesores afilaron su erudición para dar la edición “definitiva” de la obra cervantina. En este momento pueden hallarse aún varías de ellas, todas discutiéndose el honor de ser la de referencia, la “única”. Pero, claro está, El Quijote es una de esas pocas obras maestras que se extienden más allá del estricto cerco de un público iniciado y docto. No debería olvidarse que en su tiempo el libro fue lo que hoy, salvando las distancias, llamaríamos un superventas, una obra para la medianía letrada. Es bien sabido que tuvo incluso un plagio, la edición apócrifa de 1614 debida a Fernández de Avellaneda, un autor misterioso probablemente cercano al círculo de Lope de Vega.  No obstante, El Quijote posee tal cantidad de matices, dobles sentidos y niveles distintos de lectura que sería un insulto quedarse con su mera imagen de libro popular.
 La pregunta que se hace mucha gente, intimidada ante un libro elevado a los altares de la literatura universal, es ¿qué tiene El Quijote?. Y más aún: ¿leer El Quijote hoy?.
Para comprender en toda su amplia dimensión un libro como El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha primero deberíamos poder entender la época de Cervantes, un autor maldito en toda regla, en quien se cebó la mala fortuna; la antítesis, en fin, del triunfador hoy tan en boga. Y deberíamos, por tanto, ver en Alonso Quijano al antihéroe, algo de entrada inusual en las letras del siglo XVI del que era hijo Miguel de Cervantes. Para empezar se nos suele escapar un hecho nada baladí: que Don Quijote, por encima de todo, es un lector, un hombre que lee y que enferma entre libros, confundiendo la realidad con la ficción. Un loco, dirían muchos, y más aún hoy donde la mayor parte de la gente de a pie jamás coge un libro (como no sea la guía telefónica) y vive su tiempo ocioso anestesiada ante programas de TV que rozan la vergüenza ajena y ensalzan la cutrez y miseria humanas. En cambio para los que sí tienen el hábito de la lectura, Don Quijote es un soñador, un ser capaz de elevarse por encima de la mediocridad cotidiana. Esto, en un mundo carente de imaginación autónoma, hace que el personaje obtenga una notoria actualidad y al mismo tiempo nos dicta una idea de partida para poder entender la voluntad de la obra de Cervantes, que no es otra que la de ofrecer una recreación de la realidad. A este respecto dice J.A. Masoliver Ródenas en Voces contemporáneas que “hay  [en El Quijote] una estrecha relación entre la realidad exterior y la realidad interior. La exterior (prostitutas, ventas, molinos, bacía) es transformada en realidad interior (princesas, castillos, gigantes, yelmos). No hay invención sino metamorfosis”. O sea, recreación. Una recreación de la realidad que ennoblece “cómica y dramáticamente a su protagonista y que convierte un espacio anodino en privilegiado”.

Esto, desde un punto de vista humanista y literario, es sencillamente sensacional y ya sería suficiente motivo para encararse con su lectura. Pero volviendo al texto cervantino, los paralelismos con el presente no dejan de ser curiosos. Don Quijote es, al inicio, un hidalgo manchego, cincuentón, pobre, y con una existencia abúlica, aburrida. Su particular manera de escapar de esa realidad es leyendo libros de caballerías, y enferma con ellos. Pero su enfermedad no es una burda evasión de la realidad sino una alteración de la misma. Don Quijote es como un maestrillo de escuela que se dedicara, infructuosamente por desgracia, a corregir las múltiples faltas ortográficas que presenta esa realidad aceptada como buena. Igual que la escritura, la lectura “corrige” en él la realidad, la transforma en otra cosa. Resulta curioso observar hoy cuántas personas intentan escapar (sin saberlo) de una existencia gris a través de las naderías insustanciales de un grupo de energúmenos encerrados en una casa llena de cámaras, o en una isla, o bien viviendo como propias la boda del príncipe tal, las andanzas de cama del torero cual, las pataletas de la lolailo tal cual. Lo que en Don Quijote es construcción de un mundo, que lleva  como divisas el honor, la justicia y la lealtad, en algunos hoy día no es ya una transformación ideal sino la patética radiografía de una sociedad idiotizada, es decir, también enferma aunque de otro modo. Efectivamente el espíritu quijotesco es otra cosa, por fortuna. ¿De verdad creen algunos idealistas irredentos estar tan lejos de él? ¿Acaso no les siguen llamando locos? ¡Bendita locura!
Quizá por eso, entre tantas cosas, puede aún hoy aprenderse tanto de El Quijote. Bien es verdad que Cervantes expresó que su única intención, harto modesta, era hacer una sátira sobre los libros de caballería (que es decir del feudalismo medieval aún imperante en muchas facetas de la vida española de su época).  En cambio, le salió mucho más que eso: el tratado psicológico de un pueblo a través de unos personajes inolvidables. Sancho Panza, por ejemplo, es un contrapunto de Don Quijote que representa la juiciosa sabiduría popular. No sólo nivela la obra sino que, poco a poco, se va quijotizando, transformándose también y creciendo como lo hace el nacido siglo XVII.
Desde un punto de vista estrictamente literario, El Quijote es una obra nueva, narrada de forma muy original (presentada como pura ficción, para lo cual reniega de la tercera o primera persona apuntándose que la historia procede de los archivos de la Mancha y de la traducción de un escrito árabe). Desde el principio Cervantes deja claro que se trata de literatura, de pura novela. Ni crónica (como la novela histórica), ni evocación (como la novela pastoril o picaresca); en El Quijote todo va desarrollándose ante el lector.
 Se ha discutido mucho acerca de la falta de argumento de la obra. No es posible entrar aquí en tan ardua materia. Existen para ello rigurosos estudios y trabajos de especialistas en el tema, a los cuales nos remitimos. No obstante parece evidente que una obra magna como la que nos ocupa difícilmente puede ceñirse a una única y lógica consecución o fin. El Quijote constituye un todo, un universo autónomo, tan rico como caudaloso. La vuelta a la realidad del personaje, la recuperación del juicio, supone la muerte de Don Quijote, es decir, la muerte de la imaginación. Una muerte, como no podía ser de otra forma, sólo aparente. Permanece su esencia, humana y contradictoria como todos nosotros. Como la vida.

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