El responsable del café

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Nací en Mahón, isla de Menorca, en 1970. Estudié Delineación y Geografía e Historia, pero ejercí durante años multitud de empleos del más variado pelaje. También frecuenté desde muy joven los ambientes teatrales y culturales de mi isla natal, desempeñándome como actor, cantante lírico, locutor de radio y articulista de prensa. Desde entonces he venido ejerciendo el columnismo y la crítica literaria en numerosos medios, obteniendo en 1994 el premio Mateo Seguí Puntas de periodismo. Poeta oculto, como narrador he publicado la novela corta En algún lugar te espero (accésit del Premio Gabriel Sijé, 2000) y los libros de relatos Las espigas de la imprudencia (Bcn, 2003) y Domingos buscando el mar (Premio Café Món de Narrativa, 2007). Cuento además con un puñado de premios y menciones en certámenes nacionales de cuento (Revista Mujer 21, El Fungible, Casa de Andalucía, Francisco Candel, Internacional Max Aub, etc.) y algunos de mis relatos figuran en varias antologías. Desde 2002 vivo y escribo en Hospitalet de Llobregat.

martes, 15 de mayo de 2012

A García Pavón en su tierra

     Hace años, en la entrada de Cala en Porter, en Menorca, alguien había puesto un cartel indicativo que señalaba por dónde caía Tomelloso, la patria chica del escritor Francisco García Pavón. La primera vez que oí hablar de este autor y de Tomelloso fue siendo aún niño, en uno de esos maravillosos libros de lectura que se empleaban en los colegios. En realidad aquel libro de lectura para quinto curso de EGB lo sustraje del almacén de libros retirados que había en La Salle de Mahón. Tenía como título un verso de León Felipe, “Como tú...”, y estaba compilado por un profesor de lengua llamado Arturo Medina. La edición era de 1974 y resultaba ser una pequeña joya. Aquel librito contenía no sólo fragmentos de autores esenciales, sino también de muchos completamente olvidados hoy. Gracias a él supe por vez primera de escritores que años después, en un ejercicio de placentera arqueología, redescubrí y leí con fruición, escritores que dudo que nadie lea en la actualidad, por desgracia. Entre ellos había cuentos de Luis Jiménez Martos, Eduardo Zamacois, Jesús López Pacheco, José Antonio Muñoz Rojas, Medardo Fraile, Carlos Murciano, Lauro Olmo, César González Ruano o el propio Francisco García Pavón. A veces digo, y creo que no exagero, que me hice escritor leyendo y aprendiendo de estos autores y que quizá de entonces me venga la afición por los escritores de cuentos, siempre tan subterráneos e infravalorados.
            En aquella guía de futuras lecturas que fue para mí “Como tú...” aparecía un cuento de Pavón sobre un niño que bajaba a la calle con un balón nuevo de trinca. Al final de los textos había unas breves líneas sobre sus autores. En la de éste informaba que había nacido en 1919 en Tomelloso, en plena Mancha, y que era el padre de Plinio, un detective a la española. Tuvieron que pasar algunos años más hasta el momento de toparme por casualidad con un libro titulado “Historias de Plinio”, una edición de 1972 de Plaza&Janés que contenía dos novelas cortas protagonizadas por este personaje del que yo entonces no sabía nada, excepto que era el ficticio jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso.

            La imaginación de García Pavón no era poca, pues imaginar crímenes en un lugar idílico como Tomelloso es arriesgado. El término municipal, no obstante, engaña. Se halla en el corazón mismo de las tierras del Quijote, a unos 600 metros sobre el nivel del mar y al pie de la sierra de Montiel, pero se trata de una de esas poblaciones rurales perfectamente aclimatadas a la actualidad dentro de su disfraz provinciano de clepsidra varada. Baste decir que Tomelloso cuenta con más de 35.000 habitantes. En ese rincón del mundo, rodeado de campos y molinos somnolientos, inauguró García Pavón la novela policíaca española. En nuestro país nunca existió una tradición de novela criminal autóctona. El propio Pavón confesaba que siempre quiso escribir un tipo de novela policíaca muy española sin dejar de lado la calidad literaria, y para ello se sirvió de su propio pueblo levítico y del recuerdo de un jefe de la Guardia Municipal que había cuando él era niño. De esta forma nació Manuel González, alias Plinio, quien ayudado por su fiel amigo Don Lotario, el veterinario, protagonizó 8 libros y gozó en los primeros setenta de gran popularidad entre los lectores (hasta el punto de llevarse a la TV y obtener Pavón el premio Nadal y el Nacional de la Crítica con dos de los mejores títulos de la saga). El estilo de Pavón, una mezcla bien dosificada de realismo castellano e intriga, lirismo y fino humor, era muy personal. En pleno auge de vanguardismos narrativos, típicos del tardofranquismo en reacción a la novela realista, Pavón supo conjugar la mirada social-rural de Delibes con el ritmo propio de la novela de detectives sin dejar por ello de resultar algo muy español. En el fondo, Plinio no es un investigador a lo anglosajón, sino un modesto empleado municipal, un hombre observador e intuitivo cuyo mérito reside en conocer bien a sus convecinos. Representante de la quintaesencia del español medio de su tiempo, Plinio es un héroe en alpargatas, ni un superdotado ni un lumbreras. Fue el digno antecesor del Carvalho de Montalbán, del inspector Méndez de González Ledesma, de la pareja de picoletos de Lorenzo Silva o de la Petra Delicado de Giménez Barlett, por citar algunos de los más conocidos. Pero, ante todo, era buena literatura, hoy injustamente olvidada. O casi. Destino ha publicado recientemente un tomo con todas las entregas de Plinio juntas. Un homenaje merecido. Y Pavón cuenta con un premio de novela de cierto prestigio que lleva su nombre. Quizá, más que de obra olvidada, convendría mejor hablar de desconocida. La moda de la novela negra actual hace palidecer cualquiera de las aventuras de Plinio, pero notamos a faltar la calidad de una pluma como la de García Pavón, para el que el caso criminal no es más que una línea de la que se ramifican historias secundarias y apuntes sociológicos que son el retrato mismo de una tierra y de unas gentes.
Fco. García Pavón

            Cuando encontré aquel lejano verano del 83 u 84 el tomito “Historias de Plinio” en un kiosco callejero, recordé enseguida los escasos datos que tenía a través del libro de lecturas “Como tú...”. Aquel tomo lo componían las historias “El Carnaval” y “El charco de sangre”. Mi andanza como lector de rarezas apenas comenzaba. Algún tiempo después me regalaron otra novela de Pavón –no del ciclo de Plinio, aunque éste aparecía brevemente- llamada “Los liberales”. En todas sus obras Tomelloso era el gran protagonista, el universo natural del autor. Con los años cayeron en mis manos otras novelas de Plinio, pescadas en librerías de viejo. Pero a Pavón aún le debo otro placer, su excelente e imprescindible Antología del Cuento Español Contemporáneo, la más completa de cuantas conozco y en cuyas profusas páginas se recogían los más grandes cuentistas españoles de la segunda mitad del siglo XX, gran parte de ellos incomprensiblemente olvidados hoy. Rarología literaria cien por cien, en definitiva.
            Plinio estaba ligado a la tierra, a sus eternos campos de hidalgos locos y dulcineas soñadas, y en aquel descubrimiento primerizo y feliz de sus páginas mis manos olían también a tierra, la tierra tan distinta y tan cercana del huerto de mi padre, donde aquel verano iba a cavar, a trazar surcos de los que brotarían el fruto y el tubérculo, a sembrar la terca añoranza que hoy rebrota en mí cuando sólo piso asfalto.            
Francisco García Pavón, enfermo, dejó de escribir en 1983, casualmente por las fechas en que yo descubría su obra. Cuando falleció en 1989 publiqué en el diario “Menorca” un artículo laudatorio que apenas recuerdo. 23 años ya, como quien dice. Pero la vida ha continuado y allá, en el viejo Tomelloso que Pavón nos hizo imaginar, los jubilados del lugar aprenden a bailar country en el Casino los sábados por la noche. Fumando impasible en algún rincón oscuro, el fantasma de Plinio vela por todos ellos. Por todos nosotros.    

sábado, 21 de abril de 2012

Psicoanálisis literario para raros

El cuerpo en que nací
Guadalupe Nettel
                   Anagrama, 2011. 196 pág
En su cuento “Ptósis”, la escritora mexicana Guadalupe Nettel contaba la historia de un solitario fotógrafo que se enamoraba de una hermosa muchacha con un ligero defecto en su párpado izquierdo, hasta el punto de cifrar en ello su peculiar encanto. Porque, en efecto, Nettel ha hecho de la diferencia, e incluso de la imperfección, uno de los motivos esenciales de su obra. Ella misma sufre desde que nació un problema ocular en el ojo derecho, una mancha que vela su visión y que aún hoy le reporta una mirada descompensada pero sugestiva, llena de extraño encanto. Esta especie de mácula física es el hilo del que tira Nettel para componer una especie de memorias de infancia y primera juventud, en el estilo de lo que viene llamándose pseudo-novela, muy en la línea de otros libros recientes como “Tiempo de vida” de Giralt Torrente o “Paseos con mi madre” de Pérez Andújar.
“El cuerpo en que nací”, como su título indica, hace referencia a un poema de Allen Ginsberg, y desde el principio supone un ejercicio de aceptación personal en modo psicoanalítico (de hecho la mujer protagonista está contando su vida desde un diván). La autora, afincada en Barcelona, narra sin demasiados pudores y con grácil sinceridad su vida en el seno de una peculiar familia que cree en las relaciones abiertas, que apuesta por la educación de sus hijos en las escuelas activas y que aboga por la libertad sexual, el nomadismo y la integración racial. Marcado todo ello por el fino humor que impregna la mirada infantil de esa niña “distinta”, dada a la lectura y a la ensoñación, vamos asistiendo a la desmembración familiar, a la ausencia del padre encarcelado, a la afición de la madre por las comunas hippies, al exilio francés en un barrio de emigrantes de todos los colores, a los veranos en Ciudad de México junto a una abuela intransigente y llena de raras manías, y a las primeras amistades de la narradora, amigos siempre marginales o decididamente diferentes a los que etiqueta como “los trilobites”, y en cuyo grupo ella misma, de forma consciente, se incluye. Porque, como hemos dicho al inicio, Nettel hace de la diferencia, de la supuesta anormalidad, un estandarte para lograr entenderse no sólo a sí misma, sino también a los demás.
En otros libros de la autora asomaban ya personajes que arrastraban ciertas “irregularidades” físicas o psíquicas (no sabemos hasta que punto podemos hablar de “deficiencias”), hombre y mujeres al filo de la extrañeza y la marginalidad, aunque en realidad no sea lo meramente físico lo que los distingue a posteriori. En el fondo, y si atendemos a la sabiduría popular, todos a nuestro modo somos raros o peculiares. La misma normalidad es rara, a veces hasta monstruosa. Siempre he dicho que hay que desconfiar de la gente supuestamente perfecta, si es que existe esa raza, ya de entrada bastante deleznable. En este libro es la propia Nettel la que se pone ante el espejo, ese oráculo plagiador que nunca miente, y no sólo no tiene piedad consigo misma, sino que lo sabe hacer con humor. Ignoro cómo se habrá tomado su familia este libro (la madre anticipa en sus páginas un lacónico “seguro que hablas mal de mí”), pero la verdad es que no deja de ser una saludable cura de humildad, de honestidad y de autoafirmación esencial.
La solvencia literaria de Guadalupe Nettel está fuera de toda duda y nos demuestra otra vez más la notable narradora que hay en ella, una narradora excéntrica y llena de sutiles intuiciones. “El cuerpo en que nací” es la mejor manera de sumergirse por primera vez en el peculiar universo narrativo de esta autora con vocación de rara.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Un hombre que se parecía a Cunqueiro


Un hombre a una máquina de escribir pegado

            Cuando alguna vez me han preguntado qué autor español del siglo XX considero infravalorado o injustamente olvidado, mi respuesta se ha alargado a un número significativo de nombres. En efecto, son muchos los escritores que hoy merecerían seguir siendo leídos porque no han perdido ni su frescura ni su interés, ingredientes básicos de cualquier buena literatura que se precie. De otros, por canónicos que sean, no puede decirse lo mismo y han envejecido mal, a la sombra de la lectura obligada de la enseñanza secundaria.
            De entre todos aquellos nombres, que hoy duermen en anaqueles de polvo, siempre incluyo a Álvaro Cunqueiro, sin duda el escritor gallego más personal y brillante del pasado siglo, aunque jamás alcanzara las bodas tardías de Torrente Ballester  ni, por descontado, el éxito de Cela.
            Cunqueiro era de Mondoñedo, al norte de Lugo, y este Mondoñedo con catedral propia y no más de cuatro mil habitantes será siempre el paisaje interior del autor, consagrado al periodismo y a la literatura como oficio, un oficio –dicho sea de paso- prácticamente perdido salvo que te den el Planeta o seas Ruiz Zafón. Cunqueiro era un escritor total, sin medias tintas, capaz de rellenar el sólo medio periódico y escribir en gallego y castellano. Lo mismo se le daba la poesía, la novela, el teatro, el artículo o el libro misceláneo (gastronomía, leyendas, etc). Su obra no sólo es vasta, sino que en ella logró algo muy difícil de conseguir: mantener la calidad literaria siempre alta. Pese a ello, la revoltosa fama se le resistió de forma permanente.
            Cunqueiro era un hombre de amplios saberes, de una fantasía desbordada y torrencial, capaz de subvertir los clásicos (La Odisea, Las aventuras de Simbad, Hamlet…) para poner en sus libros su acendrada vena galaica y su peculiar estilo barroco, cargado, descomunal y lleno de humor. Fabulador portentoso, toda su obra está construida sobre el pavimento lustroso de la imaginación, donde personajes históricos se dan la mano con aparecidos, con seres fantásticos o con otros más legendarios que probables. Por todo ello, en pleno erial del realismo social español de posguerra, Cunqueiro fue el primero en aislarse desde el principio de esa corriente, sellando su condición de autor marginal, raro, único. Se adelantó al menos dos décadas al advenimiento del “realismo mágico” hispanoamericano, y en su línea iconoclasta quizá sólo podría citarse la obra (en mi opinión, de inferior calidad) de Juan Perucho.
            Como tantos jóvenes de entonces, Cunqueiro flirteó con la Falange, llegando a escribir algunos panfletos entusiastas, pero como su paisano Torrente Ballester, pronto se desencantó. En realidad, se sabe hoy que nunca tramitó el carnet del partido y que se arrimó a él por prudencia, en mitad de la confusión del alzamiento y aconsejado por un cura amigo. Más tarde, viviendo en Madrid y trabajando para ABC, tuvo problemas con el régimen, que le retiró el carnet de periodista, su único sustento. Desde entonces, rompiendo con el franquismo, Cunqueiro decidió volver a su mundo, Mondoñedo, encerrarse en la provincia y pasar lo más desapercibido posible, sobreviviendo de sus múltiples colaboraciones clandestinas en la prensa gallega. Este autismo social y político se reflejará también en todos sus libros, siempre anclados en la intemporalidad y el anacronismo histórico, lejos del devenir de su tiempo y de los problemas reales, pero no ajenos a las veleidades y a las pasiones humanas.
Estatua de Cunqueiro frente a la catedral de Mondoñedo

            En su obra existe una clara voluntad evasiva, por tanto, que entronca de una forma particular con las leyendas artúricas y los mitos celtas, no en vano sentía Cunqueiro fascinación por la Bretaña francesa, fantasmal, neblinosa, encrespada, tan parecida a su tierra natal. Esta comparación no es baladí si tenemos en cuenta que gran parte de la etnología moderna sitúa Galicia entre los 7 territorios celtas. De esa querencia a Bretaña nacen tres libros esenciales: Crónicas del Sochantre, El Caballero, la Muerte y el Diablo, y Merlín y familia.
            El primer libro que leí de Cunqueiro fue precisamente Crónicas del Sochantre, una deliciosa obrita breve que pasó inadvertida en su momento, pese a obtener el Premio Nacional de la Crítica de 1959. En ella una serie de disparatados fenecidos se llevan con ellos a un pobre sochantre (componente del coro en los oficios divinos) para que les amenice con su bombardino su vagar fantasmagórico en mitad del vendaval de la Revolución Francesa. Mientras, las ajusticiadas estantiguas van contando sus vidas en una sucesión de estampas llenas de humor e ironía, donde brilla no sólo el ingenio del autor sino el esmalte de una prosa de pura orfebrería. Como en muchos de sus libros, los capítulos que estructuran la novela funcionan con cierta autonomía, como si Cunqueiro realmente escribiera cuentos enlazados entre sí.
            Cunqueiro escribía en las dos lenguas, y en las dos era un maestro, pero en España fue durante mucho tiempo un autor “provincial”, con todas las negativas consecuencias que eso supone. Ni tan sólo la obtención del premio Nadal en 1968 por “Un hombre que se parecía a Orestes”, una recreación totalmente descacharrante del mito clásico del asesinato de Agamenón, logró darle completamente la fama que merecía. La literatura española estaba sumergida por entonces en otras aguas, en otros intereses, y la naciente fase experimental de la narrativa contribuía a darle al gallego una pátina como de autor pasado.
            Pero la fantasía es lo menos caduco del mundo de la literatura. Nada ha envejecido tan bien como los cuentos de Poe o Stevenson, como las aventuras ya no tan utópicas de Verne o Wells, como los relatos de London, Conrad o Conan Doyle. A su modo, Cunqueiro construyó también un universo literario propio, inimitable, cargado de referencias cultas e imaginación a espuertas, en la que revisó toda la historia occidental partiendo de las leyendas clásicas y medievales y llevándolas a su terreno. En cualquier otro país sería venerado. Pero ni tan siquiera la actual pujanza de la literatura fantástica ha conseguido que sus libros se lean. De hecho, el pasado año se celebró el centenario de su nacimiento, y salvo algunos voluntariosos actos en su Galicia natal y ciertas reivindicaciones puntuales por parte de algunos autores, a nivel institucional la efeméride pasó sin pena ni gloria. El hombre bonachón, sencillo y condescendiente con los agravios de los demás, el hombre del que el mismísimo García Márquez dijo que deberían haberle dado el Nobel antes que a muchos, el maestro indiscutible de la literatura fantástica castellana del siglo XX, continúa su lento viaje en silencio, quizá camino de las islas de Simbad, allí donde los héroes no envejecen ni mueren nunca.      

viernes, 2 de marzo de 2012

El poeta de más aire

            Tenía aspecto de arcángel de huerta, ojos verde oliva y tez de pan de hogaza recién salido de la tahona del pueblo. Sus alas eran la poesía, ansia de pastor por volar sobre las sementeras y hacerse verso. Nunca salió del más hondo germinal de la tierra una voz tan pura, honesta y brillante como la suya, un prodigio de intuición lírica como pocas veces se ha dado en la historia de la literatura. Risueño y jovial, de alma ingenua y soñadora, Miguel Hernández estaba condenado a quedarse en los campos de Orihuela, pero su genio y la testaruda creencia en su valía lo llevaron al martirio y al mito. Cualquier otro, frente a tantos impedimentos y falsas palmadas en la espalda, habría abandonado. Cualquier otro, claro. Pero Miguel no era cualquier otro. Tocó a puertas, llamó a cuantas aldabas se le pusieron por delante, persistió sin mesura, agotó con su insistencia a todo aquel que pudiera ayudarle, se forró la cara ante quien hiciera falta, sin asomo de vergüenza, y bombardeó con cartas a escritores y conocidos de mejor posición social. Su empuje vital no tuvo límites, y gracias a su aura peculiar no tardó en granjearse la simpatía de poetas como Neruda y Aleixandre, sus valedores más sinceros en la capital junto con de Cossío, que vieron en él no sólo un incuestionable talento, sino la sencillez de un hombre sano y sin dobleces, incapaz de comprender las malicias del espíritu humano.   
Aleixandre llegó a escribir en sus memorias estas significativas palabras: Era un hombre abierto, de corazón libre (…), un ser alegre, de fondo dramático. Un ser generoso al máximo (…) Ha sido uno de los amigos más íntimos, cómo diría yo, más entrañables que yo he tenido a lo largo de la vida. Acierta de pleno el gran poeta andaluz cuando señala la dualidad interior de Hernández: por un lado el hombre feliz -que andaba con sandalias de labrador y pantalones de pana por la capital, subiéndose a los árboles del paseo e imitando el trino de los pájaros-, y por otra el hombre que cargaba con la realidad dramática de aquellos sometidos al yugo y los sinsabores. Lo que en Lorca era un canto telúrico aprendido de oídas en escapadas nocturnas de señorito de cortijo, en Hernández es sabor de tierra estercolada, grito de azadas y llanto de aldea, vidas de seres en barbecho anclados al terruño. No hay un poeta castellano, después de Machado, que haya calado más íntimamente en el espíritu del pueblo que Miguel Hernández, condenado desde entonces a ser cantado y revisitado constantemente. Por ese motivo Lorca le granjeó una animadversión más que justificada, temiendo perder su trono de poeta popular pasado por los metros clásicos. No en vano los dos se parecían mucho, eran festivos y de gran magnetismo personal, se ganaban a la gente de inmediato, llenaban cualquier reunión con su presencia, pero les separaba un mundo al mismo tiempo. Lorca, con todo, no era un alma tan cándida como pudiera parecer. Miguel, sí, tanto que nunca entendió la razón del rechazo de Lorca, a quien admiraba.
            Existe la leyenda, repetida siempre, de la falta de formación de Hernández y de la pobreza que asoló su infancia. En realidad todo esto ha formado parte de cierta ansia hagiográfica por engrandecer aún más su figura, dotándola de cierta heroicidad. Si bien es verdad que su familia no nadaba en la abundancia, tampoco puede decirse que pasara penurias. Como señala José Luis Ferris en su magnífica biografía del poeta (Temas de Hoy, 2002), Hernández tuvo una infancia modesta y austera, pero no pobre. Su padre, tratante de ganado, no era pues un simple jornalero o un asalariado, sino un negociante respetado en su campo, aunque de trato adusto y áspero. Educó a sus hijos sin mostrar afecto ni comprensión, en el sentido conservador del esfuerzo y el sacrificio. Hombre básicamente práctico, estaba incapacitado para entender las inclinaciones líricas del hijo, lo que originaría no pocos conflictos y disputas familiares. También hay que decir al respecto que Miguel cursó estudios más allá de lo que era normal en un niño de su condición social. Se sabe que fue matriculado ya a los 5 años, y que cursó la primaria con los jesuitas. En total, repartido en tres colegios, su educación abarcaría 10 años, aunque con frecuentes ausencias por tener que ayudar en las esporádicas faenas propias del negocio familiar. Aún así, si tenemos en cuenta el medio rural y agrario en que creció Miguel, y si sumamos el hecho probado de que la mayor parte de la gente adulta de aquellos años era analfabeta y que los hijos de campesinos no solían recibir más que un año o dos de escolarización básica, entenderemos que la formación de Hernández fue muy amplia para lo que era corriente entonces. Se sabe que fue un estudiante brillante y que los jesuitas animaron al padre para que el chico cursara el Bachillerato, pero no acabó el primer año. Las dificultades por las que atravesaba el negocio familiar, unidos a la opinión autoritaria de un progenitor que no entendía la necesidad de más estudios para un hijo que, sin más remedio, debía dedicarse al ganado, acabaron con las expectativas de Miguel, que se vio arrancado de las aulas para incorporarse al pastoreo y al reparto de leche. Por tanto, el mítico autodidactismo de Hernández no comenzó hasta los 15 años, cuando la mayoría de los chicos de su edad ya llevaban varios trabajando. Entonces sí, a partir de ahí, el futuro poeta aprende y asimila en la soledad de los campos todo cuanto puede leer en libros prestados, copiando en un cuaderno los versos que le gustan y aprendiendo de un modo natural el arte de la versificación, para la que poseía un don casi sobrenatural. Precisamente la conciencia de ese don acabó provocándole una profunda frustración y le llevó a intentar, de manera desesperada, su asalto a Madrid varias veces, sin apenas dinero para comer ni amigos a los que acudir. No obstante, y frente a su inicial fracaso, la voluntad de acero del pastor no declinó nunca. Imaginemos lo que tuvo que suponer para alguien con la sensibilidad de Hernández tener que volver a Orihuela y a sus cabras tras su primer y desastroso viaje a Madrid, con la humillación añadida de un progenitor que no dejó pasar la oportunidad de tirarle en cara el fracaso de su intento. Otro se habría resignado amargamente, pero Hernández persistió y acabó saliéndose con la suya.
            Cuesta hallar un poeta en el que la vocación y los ideales vayan tan profundamente ligados, en el que la vida y la poesía sean una misma e indivisible cosa. Miguel Hernández despertó a su ideal social y político al ser detenido y maltratado por la Guardia Civil por no llevar la documentación encima, tan despreocupado era. Fue la detonante para entregarse a una militancia entusiasta que él proyectó desde su condición proletaria, rehusando los despachos en retaguardia desde donde platicaban los intelectuales de izquierdas (Alberti entre otros) para acogerse a penosas labores en primera línea de las trincheras. Hasta el final fue fiel a sí mismo, y sólo su ingenuidad explicaría que, abandonado a su suerte por unos supuestos “camaradas” que lo primero que hicieron fue salvar su propio trasero, volviera confiado a Orihuela, creyéndose a salvo entre gentes que le conocían de toda la vida. Allí fue denunciado y encarcelado. Lo demás es historia.
            En Alicante, con motivo de recoger un premio, conocí hace años a Vicente Ramos, poeta, ensayista (experto en la obra de Miró) y Cronista Oficial de la ciudad, quien a sus 80 y tantos años me refirió con un punto de emoción el día que conoció en persona a Miguel Hernández. Fue en el Ateneo de Alicante en 1937, donde rendían homenaje al poeta, que habló de sus experiencias en las trincheras y acabó recitando versos de “Viento del pueblo” entre vítores y aplausos. “Nunca olvidaré –me dijo Ramos, de ideología opuesta a Hernández, por cierto- aquella tarde de agosto ni la voz de Miguel, que prendió en mi alma con una intensidad que jamás he vuelto a experimentar en mi vida”. La misma sensación hipnotizadora que fascinó, allá en el frente, a sus compañeros, hombres rudos y en su mayoría iletrados, que le escuchaban embelesados cuando Miguel se subía a un tanque o a una silla y empezaba a declamar sus encendidos versos.
Hernández poseía, sí, la capacidad de hacer felices a cuantos le rodeaban, incluso estando en prisión y sabiéndose ya enfermo. Mientras, él sangraba (como decía) hacia adentro, hecho un cuajo de metáforas espeluznantes y bellas. Más que un miliciano comprometido, Miguel militaba en el ejército de la poesía, partidario de la libertad por encima de todo. El más libre de los hombres murió en una prisión inmunda e insalubre (donde poderosos valedores de antaño hubieran podido salvarlo y prefirieron hacer la vista gorda, como el cura Luis Almarcha), decepcionado ante la locura colectiva como testimonian los dos últimos versos de Nanas de la cebolla, el más grande poema testamentario de nuestras letras, cuando le dice a su hijo (al que apenas conoció): No sepas lo que pasa/ ni lo que ocurre.
            Ahora, frente al centenario de su nacimiento, parece que disputas e intereses mercenarios por la herencia y los derechos de su obra ponen la pátina miserable a la celebración, puesto que su mujer, Josefina Manresa, y su hijo, fallecieron ya. Pero Miguel hubiera querido, ante todo, que su poesía la poseyera el pueblo. Y, en esencia, así ha sido, pues sólo a través de la sabia voz del pueblo se ha visto cumplida la triple intuición de su verso: “Para la libertad/ sangro, lucho, pervivo.”

domingo, 19 de febrero de 2012

El brillo de un guijarro en el barro

Espera a la primavera, Bandini
John Fante
Anagrama, Compactos. 216 pág. 7 euros
           Tal y como aseguran esas obras maestras del ingenio que son las cartas de rechazo de las editoriales, el mundo editorial está plagado de equívocos. Si ellos lo dicen no seré yo quien afirme lo contrario. Será que tienen mala conciencia, lo cual no me extraña nada viendo los truños que algunas publican sin ruborizarse. En efecto, el mundo editorial está sembrado de errores, pero también sus aledaños, principalmente el campo de la crítica (entonemos un mea culpa), incapaz ésta de vislumbrar muchas veces el grano entre la paja. Sólo ello podría explicar, en parte, que un autor como John Fante (1909-1983) pasara desapercibido en vida y que tardara décadas en traducirse al castellano. Esto no sucedió hasta el año 2000 o 2001, cuando la siempre lúcida Anagrama inició la publicación de la tetralogía Bandini, alter ego del propio Fante. Para entonces el autor ya había sido reivindicado como uno de los más importantes novelistas americanos del siglo XX. ¿Que les suena esta historia? Por supuesto.
            Fante, hijo de humildes emigrantes italianos, se ganó la vida como guionista en el Hollywood dorado y aunque publicó un puñado de novelas, apenas se le prestó atención. Murió ciego, mordido por la diabetes que le tenía atado a una silla de ruedas con las piernas amputadas. ¿Qué les sigue sonando? Claro.
            La tetralogía Bandini está compuesta por las novelas “Espera a la primavera, Bandini” (1938), “Pregúntale al polvo” (1939, probablemente la mejor de ellas), “Camino de Los Ángeles” y “Sueños de Bunker Hill”. Fuera de la tetralogía habría aún que mencionar novelas notables como “La hermandad de la uva” o “Al oeste de Roma”. De todas ellas sólo la que nos ocupa obtuvo algún reconocimiento. Las demás fueron sistemáticamente ignoradas en vida de Fante.
Reivindicado por Bukoswski como el auténtico padre del realismo sucio (membrete que creo que le hace flaco favor), su prosa descarnada, desnuda y directa le sitúa ciertamente en los antecedentes de Carver, Ford, David Foster Wallace y otros, pero su contenido social le hermana también con autores tan dispares como Dos Passos, Steinbeck o el nazi Knut Hamsun. Sirva todo ello de mera referencia, porque John Fante posee un estilo peculiar, donde la tragedia y la farsa apenas se sueltan de la mano, donde la violencia y el optimismo se asocian en mitad de un escenario siempre difícil y hostil, con personajes que tienen mucho de dostoievskianos y que despliegan ante el lector todo el muestrario de dobleces, miserias y sinsentidos del alma humana.
           El argumento de “Espera a la primavera, Bandini” es simple. Arturo Bandini, hijo de emigrantes italianos, tiene 14 años cuando, en mitad de un crudo invierno de nieve en el que escasea el trabajo, su padre albañil acaba largándose de casa para acabar viviendo accidentalmente con una viuda rica. El peso de la culpa inculcado por una madre fervorosamente católica y el asfixiante mundo de privación en que debe desenvolverse su vida hacen de Bandini un ser al tiempo soñador y cruel, contradictorio y conmovedor, el producto justo de una América desmembrada y empobrecida tras la Gran Depresión que logra que el Holden Caulfield de Salinger se nos antoje un malcriado de escuela de pago. El miedo, la culpa y la redención asolan las páginas de esta novela, al mismo tiempo llena de la sutil belleza que desprende el brillo de un guijarro entre el barro. Con unos diálogos ágiles, que escapan del habitual tono engolado y casi de tebeo de la mayoría de las novelas de su tiempo (y del nuestro), en un lenguaje vivo, callejeado, real, Fante colocó con esta novela inicial la primera piedra de esa peculiar revisión del mito del sueño americano que es en realidad toda la tetralogía Bandini.
                                                    (Publicado en la Revista Literaria La Bolsa de Pipas, nº Enero-Marzo)

sábado, 4 de febrero de 2012

¿Para qué sirve un premio literario?

A raiz de un comentario mío en facebook, criticando lo previsible del fallo del premio Nadal, mi amiga Raquel Marqués, coordinadora del suplemento "Culturalia", me pidió un artículo sobre el tema de los premios literarios. Es este:


La joven Laforet, primer Nadal.

En 1944, en plena posguerra, Destino, una editorial de corte conservador, convocó por primera vez un premio que llamó Eugenio Nadal en homenaje a un miembro de la casa fallecido en accidente poco antes. El ganador parecía que iba a ser el gran periodista madrileño César González Ruano, con una carrera literaria ya consolidada. Pero al final el jurado se arriesgó a dar el premio a una completa desconocida llamada Carmen Laforet que, además, presentaba una novela (“Nada”) cuya grisura ambiental era una radiografía certera de la oscura realidad española del momento. Imaginemos, pues, la aparentemente absurda apuesta de este jurado: votar a una mujer, autora joven e inédita, y encima con una obra incómoda al régimen. Era una locura, sino una provocación. Pero el tiempo dio la razón a aquel primer jurado que eligió la calidad al prestigio, la honestidad al amiguismo, y “Nada” se convirtió en uno de los títulos clave de la literatura española de posguerra, sin que ello afectara para bien ni para mal a la carrera de Ruano, por otro lado notable narrador. Con este gesto, Destino cumplió a rajatabla la naturaleza primera de cualquier premio literario: dar a conocer nuevos autores, dar voz a una promesa con talento. En cambio, si la editorial hubiera apostado sobre seguro (y además, no hubiera resultado tan raro tratándose de la primera edición de un certamen), González Ruano habría ganado (lo cual en poco o nada habría incrementado su peso literario), y la joven Laforet, desengañada quizá e inmersa en una época hostil para una mujer escritora, puede que hubiera abandonado. “Nada” jamás se habría publicado.
Cuando veo que anualmente más de trescientos escritores se presentan con toda ingenuidad, llenos de sueños, a un premio comercial y mediático como el propio Nadal o el Planeta (por citar sólo los más conocidos a pie de calle), no puedo sino pensar cuántas obras merecedoras de ser publicadas acaban en la cuneta, cuántos nuevos talentos se frustran, cuantas carreras literarias se quedan en el anden de la letra impresa. Y todo ello porque el espíritu idealista que empujó al primer jurado del Nadal a premiar a una desconocida se esfumó hace tiempo en aras de los números, las ventas, el dorar la píldora del prestigio a algunos autores hambrientos de gloria. El objetivo inicial del premio literario (galardonar la mejor obra presentada) se ha corrompido hace tiempo, ha perdido su significado para convertirse en un baile de vanidades y egos revueltos, carta de bienvenida a autores que cambian de editorial, jubilación dorada para autores consagrados, plataforma de reciclaje profesional para oportunistas de otros medios. En definitiva, un paripé con bases ante notario.
Hay que aclarar que no toda la culpa es del jurado, muchas veces presionado indirectamente por los intereses comerciales de la editorial convocante que les paga. En los premios de este tipo existe un pre-jurado, un grupo de lectores a sueldo de la editorial que en la mayoría de los casos utiliza la injusta y arbitraria técnica de la “calidad de página”, es decir, abren una página del manuscrito al azar y si ésta es floja o está mal escrita ya no se sigue leyendo, lo cual no deja de ser un error descomunal puesto que existen contados escritores capaces de mantener el mismo nivel de escritura a lo largo de 300 páginas. El jurado selecto, que intenta dar una pátina de dignidad al galardón, sólo ve los 10 o 12 escasos originales que pasan a la final, O sea, les dan el trabajo hecho como quien dice. Podemos imaginarnos lo desacertado del filtro en la mayoría de ocasiones, claro. Ello explicaría que haya habido en ocasiones algún sonado caso de dimisión por parte de un miembro de jurado en desacuerdo con el fallo alcanzado.
La clave la dio en una ocasión el viejo Lara, creador de Planeta, a un periodista: si usted convocara un premio de pintura y se le presentara Picasso, ¿a quién le daría el premio? Más claro, agua. Si encima, escudados en el ya manido argumento de la crisis, premios como el mismo Nadal o el Herralde han eliminado el premio finalista, feudo para autores poco conocidos o directamente inéditos, cabe preguntarse ¿para qué molestarse en convocar un premio a todo bombo?
Huelgue decir, por cierto, que un servidor no abomina a priori de los premios, como quizá podría desprenderse de este artículo. Sigo creyendo que son un vehículo necesario y útil para encarrilar una carrera literaria. Valga también la anotación de que me parece completamente lícito que un autor poco conocido, con escasos lectores o de presencia mediática tímida se presente a un premio y compita con honestidad para alcanzar más visibilidad. Lo que ya no me parece ético es que un autor consagrado, con la estantería llena de galardones y sin problemas para editar donde quiera, acepte ganar tal o cual premio para alimentar aún más su ego (a veces, como pasa con el Nadal, ni siquiera es una cuestión monetaria –que aún podría entenderse-, sino de mero prestigio) y chupar portada en los periódicos. Me parece inmoral quitarle la oportunidad a otros autores que carecen de sus influencias y que, en ocasiones, han presentado también obras dignas de ser tomadas en justa consideración. Porque, además, no todos estos autores consagrados justifican siempre el galardón con una buena obra. Bastaría ver algunos truños aparecidos en los últimos años con la faja de un premio comercial. Por descontado, pocos se resisten a una bolsa millonaria si se la regalan, con excepción de un puñado de rara avis. Delibes declinó ganar el Planeta porque eso de que “se lo dieran” le parecía poco serio. Y Delibes tenía un montón de hijos a mantener. Del mismo modo, el Planeta no logró sacar de su letargo creativo a Sabato, que se excusó diciendo que no tenía ninguna novela para presentar. Dos casos de rara honestidad profesional, con uno mismo y con su obra.
Aún así, y para clarear el negro panorama que puede intuirse ante el camino de un escritor en ciernes, aún existen un puñado de premios de novela que mantienen el sentido primigenio del galardón literario, esto es: dar oportunidad al que mejor escriba. Certámenes como el Lengua de Trapo o las últimas ediciones del veterano Café Gijón, por ejemplo, han apostado por autores desconocidos. Y hay otros, premios provinciales en su mayoría, pero que suelen salir editados en editoriales visibles.
              En resumen, este país está demasiado acostumbrado a la subvención cultural, al premio, a la bicoca. La crisis ha empujado a muchos escritores profesionales, ciertamente que con derechos de autor paupérrimos, a lanzarse sobre el salvavidas de los galardones. Y hasta cierto punto es comprensible y aceptable. Lo que no puede ser es que el Picasso de turno, por usar el ejemplo del inefable Lara, venga a quitarle la posibilidad al meritorio, a la promesa, al nuevo talento. Para los prestigiosos bustos parlantes, digo yo, ya existen los oropeles de los museos y las almidonadas academias.

viernes, 27 de enero de 2012

Últimos días en el puesto del Este

Últimos días en el puesto del Este,
de Cristina Fallarás.
DVD Ediciones, 132 pág. 14 euros
Convengamos en que Sartre tenía razón, convengamos en que el infierno son los otros. De acuerdo. Pero, ¿quiénes son los otros? En la novela corta “Últimos días en el puesto del Este”, Cristina Fallarás los llama simplemente “los bárbaros”, los que están afuera. No acabamos de saber nunca quiénes son realmente. Acechan, eso sí. Se nota su presencia amenazante. Están ahí, fuera del Puesto del Este en el que se refugian unas pocas personas, resistentes de lo que parece un mundo abatido, tomado por el fanatismo montaraz, por la pura ignorancia del adoctrinamiento, por el extremismo religioso y la común lobotomización a través de una moral radical y estreñida. Los otros, no obstante, podrían ser cualquiera. De hecho, no haría falta mucha imaginación para ponerles un rostro.
En mitad de esta distopia no tan descabellada, una mujer joven intenta sobrevivir junto a sus dos hijos pequeños y el recuerdo de un hombre ausente. La hostilidad de los sitiados, las rivalidades, envidias, mezquindades y miserias no tardarán en aflorar, quizá como forma de conjurar el miedo y la conciencia de una muerte cercana. Para ello Fallarás, autora que si en algo se destaca es en que no le tiembla el pulso, ha desarrollado una prosa fría y descarnada, terriblemente apocalíptica y poética, que oprime el gaznate como un puño rabioso para conducirnos a la sofocante tragedia anunciada.
Novela-parábola sobre la destrucción, el fin sin parusía, la locura colectiva y el sinsentido humano, “Últimos días en el puesto del Este” es un canto desesperanzado y atroz, al tiempo que un intento último por agarrarse a la vida, al amor, a la redención. Después de todo no podemos olvidar que, si bien el infierno son los otros, cada uno de nosotros lo es también para los demás.