El responsable del café

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Nací en Mahón, isla de Menorca, en 1970. Estudié Delineación y Geografía e Historia, pero ejercí durante años multitud de empleos del más variado pelaje. También frecuenté desde muy joven los ambientes teatrales y culturales de mi isla natal, desempeñándome como actor, cantante lírico, locutor de radio y articulista de prensa. Desde entonces he venido ejerciendo el columnismo y la crítica literaria en numerosos medios, obteniendo en 1994 el premio Mateo Seguí Puntas de periodismo. Poeta oculto, como narrador he publicado las novelas "En algún lugar te espero" (accésit del Premio Gabriel Sijé, 2000) y "Hospital Cínico" (2013), y los libros de relatos "Las espigas de la imprudencia" (Bcn, 2003) y "Domingos buscando el mar" (Premio Café Món de Narrativa, 2007). Cuento además con un puñado de premios y menciones en certámenes nacionales de cuento (Revista Mujer 21, El Fungible, Casa de Andalucía, Francisco Candel, Internacional Max Aub, etc.) y algunos de mis relatos figuran en varias antologías. Desde 2002 vivo y escribo en Hospitalet de Llobregat.

viernes, 8 de enero de 2016

Persiguiendo a un fantasma


Un hombre espera
Álex Chico
Libros en su tinta, 92 pág.

Aunque en la portada figure el aviso de novela, su autor, el poeta Álex Chico (Plasencia, 1980) ya explica que no lo es, que se trataba simplemente de darle un apellido al texto. Podríamos definirlo como una mezcla de ensayo ficción, notas de viaje e investigación literaria. El título parte del libro “Un homme qui attend” de Jean Jacques Ventoux, un autor maldito que se empeñó en retratar los barrios populares de París. Y hasta allí viaja Chico durante un agosto en busca de las reminiscencias de José Antonio Gabriel y Galán (1940-1993), nieto del famoso poeta. Novelista, periodista y asimismo poeta, hoy injustamente olvidado, José Antonio Gabriel y Galán vivió en París entre 1963 y 1966 y escribió allí dos libros inéditos hasta la fecha: la novela “Idea fija de Montparnasse” y el poemario “La paz así encontrada”. Estos manuscritos sustituyen a la típica guía de la ciudad, y Álex Chico se vale de ellos para recorrer los rincones, los bulevares, los cafés y las calles del París más popular, un París que ya no existe pero cuyo recuerdo flota aún en el aire de la ciudad. Para ello se aloja en un piso de la Rue des Rosiers, en el barrio judío de Le Marais, cerca de Montparnasse, una confluencia de avenidas y calles repletas de restos de aquel París bohemio, cosmopolita y hasta existencial. Por las aceras, en las terrazas, en cada esquina, asoman espectros con la cara de Sartre, Picasso, Aragon, Perec, Godard, Duchamp, Edith Piaf, etc. Y también los personajes ficticios de las obras de Gabriel y Galán, que acompañan al poeta en su deambular.
               Es este un libro peripatético, un delicioso texto de búsqueda y, del mismo modo, un intento literario -siempre infructuoso- por atrapar al tiempo bajo la red de las palabras. Como buen poeta, Chico se recrea en la mirada, en los detalles y en la pequeña esencia de las cosas. No le interesan la Torre Eiffel o el Louvre más que un viejo caserón abandonado, un pequeño cine anacrónico o los vetustos cafés caliginosos y llenos de secretos. Chico ejerce de arqueólogo de la intrahistoria, revuelve en el polvo del siglo, palpa las paredes desconchadas y lee manuscritos que apenas conoce nadie. Va detrás de un fantasma que podría ser el de José Antonio Gabriel y Galán, pero también el de una época que dejó su impronta en la cultura occidental con tal fuerza que su evocación nos mueve a la nostalgia. Con una prosa envolvente y un punto melancólica (que el editor Andreu Navarra ha comparado acertadamente con la cadencia de la escritura de Modiano), Chico nos lleva de la mano por algunas de las callejas más llenas de leyendas y de vida que hayamos podido pisar, dejándonos de paso la justa reivindicación de un gran autor español que murió demasiado pronto y que fue moroso y exigente con su obra. Un hombre que, efectivamente, aún espera su momento.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Más allá del frío



       Si aceptamos que el horror exclamado por Kurtz es aquel que cada uno lleva dentro y si el aviso de Camus de que ya no quedan islas induce a pensar que las más recónditas geografías se hallan en el interior del ser humano, entonces tendremos la ecuación de esta novela. Una historia, dicho sea de paso, que hace reencontrarnos con aquellas aventuras clásicas de travesías marítimas y destinos inhóspitos. De todo eso hay en Polaris, pero sobre todo hay culpa, miedo, huida y búsqueda de redención. Fernando Clemot, narrador poderoso y alejado de las blandas corrientes argumentales y formales que hoy parecen el magro pan nuestro de cada día, ha sabido reducir a las dimensiones de un barco las miserias y las pocas bondades que afloran en todo grupo humano condenado a convivir, describiendo a la perfección las rencillas, la incomunicación, las frustraciones y las débiles esperanzas de unos seres cargados de traumas y soledades que, alejados de la civilización, se han encontrado con algo peor: con ellos mismos.
Polaris
Fernando Clemot
Salto de Página, 187 pág.
            El Eridanus es un vetusto barco de prospecciones anclado en la lejana y desértica isla de Jan Mayen, en el Océano Ártico. Después de una serie de graves sucesos a bordo, dos oscuros representantes de la compañía para la que trabajan se erigirán en jueces y verdugos en un afán discutible por esclarecer, a través de unos interrogatorios propios de un régimen policial, lo sucedido. La novela se desarrolla a través del testimonio embarullado del doctor Christian, el médico del barco, un hombre psicológicamente agotado y físicamente enfermo, temeroso, inestable y con heridas del pasado aún supurando. Sin duda uno de los grandes aciertos de la novela radica en la minuciosa construcción de este personaje, contradictorio y casi entrañable en su fragilidad, para lo cual Clemot ha desplegado todos sus amplios recursos de narrador. A través de su relato, casi un monólogo sólo interrumpido por las preguntas de sus interrogadores, el doctor Christian da cuenta de su propia vida, de su traumática experiencia bélica y de sus viajes anteriores, dejando al descubierto debilidades y zozobras de una dolorosa humanidad.
            Se ha citado, aquí y en otras partes, la influencia de la ineludible novela de Conrad El corazón de las tinieblas, quizá no tanto por la afinidad marítima de la historia como por la indagación que Clemot hace del funcionamiento de los mecanismos del poder. También podríamos citar, sin embargo, la única novela de Poe, ese viaje de Arthur Gordon Pym hacia un horror que el de Boston dejó aparentemente inacabado como para hacer hincapié en el hecho de que lo terrible es indescriptible. Tampoco Clemot nos cuenta del todo el final del doctor Christian, cuyo desenlace habremos de imaginar o intuir, enteleridos (y no sólo de frío).
          Y, en fin, ahora es cuando uno debe escribir aquella tontada de “estamos ante una estupenda novela de género”. Pero no: Polaris es una magnífica novela, sin géneros que valgan. Una novela de las de antes, de las siempre. 

martes, 21 de julio de 2015

Se hace camino al andar



             Aunque exista ahora un debate sobre la novela de no ficción y los libros híbridos, esta obra de Miguel Barrero (Oviedo, 1980) debe ser considerada exclusiva y llanamente como un ejercicio literario, una narración sobre el acercamiento personal a la figura del Machado postrero, exiliado y deprimido, que acabó sus días azules de la infancia en el pueblecito costero de Collioure. Ni tan siquiera puede considerarse un libro de viaje al uso, aunque Barrero haga referencia a su visita al municipio francés para rastrear los últimos pasos del poeta y acabar mostrando sus respetos frente a su tumba en el viejo cementerio donde reposa desde 1939 junto a su madre. “Camposanto en Collioure” nace al amparo y recuerdo de un poema de Ángel González, algo así como el impulso para una peregrinación anunciada casi desde la infancia del propio autor.
Camposanto en Collioure
Miguel Barrero
Trea, 2015. 118 pág.
            Setenta y seis años después, es poco aún lo que se sabe de los últimos días de Antonio Machado en suelo extranjero, derrotado, enfermo y sin ilusiones. Barrero había leído previamente la monumental obra de Ian Gibson “Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado” (Aguilar, 2006) y algunas otras, pero no se trataba de escribir aquí un nuevo ensayo sobre el tema sino de dejar constancia de la propia búsqueda, del encuentro íntimo con el lugar, el paisaje y el eco de aquellos secundarios del drama machadiano. Por este motivo el librito que nos ocupa tiene tanto de personal, porque nos habla de Machado, sí, pero también de la fugacidad del tiempo, de la ignominia, de las casualidades y los caprichos del azar, del fin de un mundo donde la gente arriesgaba su vida por unos ideales que luego hemos malogrado con la desidia y la domesticación del pensamiento.
            Como quien regresa al lugar del crimen, Barrero va dando cuenta de los diferentes pasos del calvario del exilio (Porbou, donde asoma el fantasma de Walter Benjamin; la hoy apacible playa de Argelès-sur-mer, donde se hacinaron más de 100.000 personas esperando un destino incierto; la actualmente tranquila estación de Cerbère, de la cual salieron trenes cargados de refugiados; y finalmente Collioure, un pueblo que con su aspecto idílico parecería desmentir todo lo que sabemos).
            Pocos autores como Antonio Machado, nuestro gran poeta civil por excelencia, siguen despertando tanta admiración y respeto en lectores de todas las edades, y la prueba de ello es que su tumba no deja de ser visitada y engalanada con flores, cartas o recuerdos varios. Collioure dejó hace mucho de ser un simple y diminuto punto en el mapa para quedar ligado por siempre al sevillano. Existe incluso una fundación que lleva su nombre y que concede anualmente un premio internacional de literatura, galardón que hogaño ha obtenido “Camposanto en Collioure” con toda justicia. Escrito con amenidad y rigor, el joven autor asturiano no sólo ha sabido atender a los acontecimientos más conocidos, sino también a los detalles más mínimos, eso que llamamos intrahistoria y que no pocas veces contiene el valioso testimonio de lo humano. Un libro, en definitiva, delicioso. 

lunes, 4 de mayo de 2015

Perdido en el fondo de un vaso



            Del mismo modo que una gran adaptación cinematográfica puede inmortalizar a un mal libro, una magnífica película puede soterrar para siempre la excelente novela en que se ha basado. Algo parecido le ocurrió a “The lost Weekend” (1944), la primera obra de Charles R. Jackson (1903-1968), un hasta entonces anodino escritor americano que logró el mayor éxito de su carrera al vender los derechos de su novela a la Paramount Pictures en 1945 para que el gran Billy Wilder la convirtiera en un clásico del cine con el título de “Días sin huella”, que acaparó 4 Oscars, grabó para siempre en nuestra retina cinéfila la triste historia de un escritor alcohólico y, de paso, sepultó prácticamente aquella novela y el nombre de su autor.
Días sin huella
Charles R. Jackson
Alianza Editorial, 319 Pág
  Ahora la reciente reedición en bolsillo de la obra nos ofrece la posibilidad de leer la historia original, que incluye no pocos momentos excluidos de la película (por ejemplo, las veladas alusiones a los escarceos homosexuales del protagonista), así como un final lejos de la esperanzadora conclusión que Wilder nos filmó mostrándonos al escritor Don Birnam reestablecido, sentado frente a su máquina y dispuesto a contar su naufragio y posterior rescate del proceloso mar del alcohol. 
Jackson, hombre enfermizo, de sexualidad confusa, antiguo tuberculoso, adicto a sedantes y con problemas de alcohol desde muy joven, se desdobló en la imagen de Birnam para retratarse a sí mismo. Más allá de la terrible travesía del desierto de un borracho a lo largo de un fin de semana etílico, lo que le salió a Jackson en “Días sin huella” fue una confesión de sus propios fantasmas, una mirada fría y dramática de la propia zozobra destructiva que le arrastraba y contra la que luchó con altibajos a lo largo de su vida, hasta su suicidio por ingestión de barbitúricos en 1968. El autor, con esa rara lucidez que da la embriaguez, vaticinaba con 24 años de adelanto su propio fin, añadiendo a esta novela germinal cinco obras más completamente olvidadas. 
Narrada en tercera persona pero adquiriendo a ratos una especie de voz de conciencia en segunda, asistimos al descenso sin frenos de un hombre derrotado, agarrado al bolardo de una botella para acallar las voces que le gritan desde el interior, voces que parecen echarle en cara no sólo su incapacidad para ponerse en pie, no únicamente la dependencia que tiene de su hermano y de su sacrificada novia, sino también el recuerdo de un viejo escándalo homoerótico sucedido en sus años de universidad y que, de algún modo, marcó un punto de inflexión en su vida. 

Ray Milland en "The lost weekend" (1944)
Jackson, que conocía el drama de primera mano, cartografía con precisión agobiante los escollos, arrecifes y hondos precipicios del alma humana, prescindiendo de cualquier tono moralizador o condescendiente para limitarse a mostrar con asepsia casi médica las consecuencias de una voluntad anulada y anestesiada hasta el borde mismo del colapso. Lo que queda tras la accidentada excursión de Don Birnam por bares y licorerías es desolador y se parece bastante a las caspicias que el mar deja sobre la arena después de una tempestad, sólo que esta vez el sol se demora en salir.

lunes, 16 de marzo de 2015

Crónica de la bondad hecha pedazos



       He leído hasta la fecha la práctica totalidad de la obra narrativa de Román Piña (Palma de Mallorca, 1966) y si algún pero se le puede poner a su última novela es que no se parece a ninguna de las anteriores. En definitiva, no parece una novela de Piña. Esto no sé siquiera si es necesariamente negativo, pues las dos últimas entregas del autor (“Stradivarius Rex” y “El general y la musa”) aunque eran divertimentos bien escritos, pretendidamente ligeros y en la cuerda humorística que Piña ha venido cultivando, estaban exentos de auténtica ambición literaria. Como nunca he dudado del gran talento
Sacrificio
Román Piña
Salto de Página, Madrid. 120 pág.
literario del escritor mallorquín pensé (y otros me consta que también) que en realidad se entretenía en historias graciosas y disparatadas porque eso es lo que le divertía y porque no le exigían el esfuerzo descomunal de una gran novela, esfuerzo que por otro lado le obligaría a desatender su otras muchas facetas culturales. Sin embargo el tipo publica ahora este inesperado “Sacrificio” y se queda uno sin saber dónde mirar, sin saber qué pensar, rastreando aquí y allá pedacitos del Piña anterior sin mucha suerte, como si éste hubiera desertado hastiado de su viejo estilo y hubiera sacado toda la artillería para exclamar: “Se acabó la tontería. Aquí estoy yo y esto es lo que hay”. Patidifuso, oigan.
         Esta novela breve es dura y es cruel, tan dolorosa como debe serlo hurgarse las muelas con un estilete. Potente y sarcástica como una historia de Palahniuk, alegórica e inquietante como un texto de Felipe Hernández, que se lee cuesta abajo, sin frenos e intuyendo un desenlace calamitoso.
         Vaya por delante que no soy especialmente aficionado a los actos de crueldad ni de violencia física (ni en el cine ni en la literatura). Digamos que prefiero una violencia más sutil aunque no menos devastadora. Sin embargo hacer esa lectura de “Sacrificio” sería quedarse en lo superficial, porque bajo su falsa apariencia de novela negra Román Piña ha levantado en realidad una fábula demoledora del albañal del mundo literario, una crónica del emponzoñamiento de un alma cándida, de la corrupción de la bondad que se justifica a sí misma por medio del amor y sus urgencias. Que duda cabe que la maldad más atroz es aquella que va acompañada del intelecto. En esta historia la maldad proviene de altos despachos y de mentes capaces de sortear las vallas de la decencia, la ética y la compasión. Como en la vida misma.
         “Sacrificio” es una novela rara en la trayectoria de su autor, cierto, y también su más brillante obra narrativa hasta el momento. Y desde luego, guste o no, lo que no hace es dejarle a uno indiferente. Por ese motivo quizá deban leerla.

martes, 27 de enero de 2015

Una Antártida en el alma



       En las páginas de esta novela corta, como no podría ser de otra manera, hace mucho frío. Se te hielan las manos y te humea la respiración. Intuyes que hay algo oculto a punto de estallar, una falsa paz de nieve que precede al alud. Pero, en realidad, la tragedia ya ha sucedido y su onda expansiva se ha instalado en el interior de los personajes, unos personajes que se hallan unidos por el cordón umbilical de la pena, la culpa, la soledad y la desgracia, incapaces de hallar descanso y redención. David Aliaga (Hospitalet de Llobregat, 1989) desgrana con pulso firme y directo la desolación de cada uno de los implicados, aparentemente ajenos entre sí, hurgando de forma sutil pero implacable en sus atormentadas psiques.

Hielo. David Aliaga

Paralelo Sur Ediciones, 115 pág. 10 euros
         Hielo es una más que notable novela de personajes, donde el hilo argumental, por otra parte muy simple, queda supeditado a las posibles alteraciones de la acción conductual de los protagonistas, seres vapuleados por un acontecimiento traumático de su pasado que afrontan a través del silencio, la evasión y la huida.
         Este es el debut en la novela de Aliaga, autor anteriormente de un libro de relatos y un ensayo. Vaya por delante que, en opinión del que esto escribe, la precocidad artística nunca debe ser reconocida por sí sola como una cualidad, del mismo modo que tampoco ha de mover forzosamente a la indulgencia crítica. La juventud de un autor resulta poco menos que una simple curiosidad biográfica y no es necesario recurrir a conocidísimos ejemplos de incipiente genialidad como Rimbaud o Radiguet. Javier Marías, sin ir más lejos, publicó su primera novela con 19 años y Luis Goytisolo obtenía el premio Biblioteca Breve a los 23, la misma edad que contaba su hermano Juan cuando publicó “Juego de manos” o Vargas Llosa cuando aparecieron sus magníficos relatos de “Los jefes”. La historia de la literatura está, por tanto, llena de excelentes obras primerizas que anticipan ya una trayectoria brillante, lo mismo que de libros bisoños que jamás debieron publicarse. Ahora bien, dicho esto y respecto a Aliaga, creo estar en condiciones de afirmar que si alguien es capaz de escribir así a sus 25 años cabe esperar mucho y bueno de él en el futuro. 

miércoles, 7 de enero de 2015

Secundarios de lujo



       El premio literario Café 1916 (antes conocido como Cafè Món, local patrocinador que desgraciadamente cerró sus puertas) apostó en esta ocasión por un libro de relatos del poeta y novelista catalán Juan Vico. Y si siempre es motivo de alegría que un premio que se distingue por no discriminar género literario alguno reconozca, como hizo ya en otras ocasiones, a un libro de cuentos, más lo es si éste viene a dar otro pequeño empujón a la carrera de un autor emergente.
El Claustro Rojo
Juan Vico
Sloper, 134 pág

         Los 11 relatos de “El claustro rojo” tienen en común el tema del arte, en especial el pictórico, así como la aparición de artistas reales como Degas, Manet, Piranesi, van der Goes, Cagnacci, Bruno Schulz, etc. Pero si todos ellos están narrados en primera persona, en ninguno se da voz propia a estos personajes históricos, de los que sabemos parcialmente gracias a testigos secundarios, privilegiados espectadores de momentos esenciales de sus vidas. A través de estas voces inventadas, el libro indaga de forma necesariamente subjetiva en los profundos abismos que todo espíritu creador bordea con no poco riesgo, mostrándonos las peculiares obsesiones y grietas psicológicas de cada uno de ellos.
         Con una envolvente prosa teñida de matices diversos, sugerencias y presagios, capaz de describir con la justa economía verbal atmósferas y estados anímicos sin fallar el dardo de la precisión poética, Vico contrapone constantemente el brillo del arte con el fango de lo anodino, la genialidad con la demencia, lo sublime con lo vulgar, lo hermoso con lo deforme, la fantasía con la realidad, en un despliegue de grandes y -a veces- mínimas anécdotas vitales que ponen de manifiesto el gran muestrario de las contradicciones humanas. De este modo “El claustro rojo” se transforma, a través de la lectura, en una especie de museo en el que cuelgan las pinturas turbias del alma, esos lienzos que nos muestran, desde épocas distintas y trazos diversos, nuestro propio rostro confuso.