El responsable del café

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Nací en Mahón, isla de Menorca, en 1970. Estudié Delineación y Geografía e Historia, pero ejercí durante años multitud de empleos del más variado pelaje. También frecuenté desde muy joven los ambientes teatrales y culturales de mi isla natal, desempeñándome como actor, cantante lírico, locutor de radio y articulista de prensa. Desde entonces he venido ejerciendo el columnismo y la crítica literaria en numerosos medios, obteniendo en 1994 el premio Mateo Seguí Puntas de periodismo. Poeta oculto, como narrador he publicado las novelas "En algún lugar te espero" (accésit del Premio Gabriel Sijé, 2000) y "Hospital Cínico" (2013), y los libros de relatos "Las espigas de la imprudencia" (Bcn, 2003) y "Domingos buscando el mar" (Premio Café Món de Narrativa, 2007). Cuento además con un puñado de premios y menciones en certámenes nacionales de cuento (Revista Mujer 21, El Fungible, Casa de Andalucía, Francisco Candel, Internacional Max Aub, etc.) y algunos de mis relatos figuran en varias antologías. Desde 2002 vivo y escribo en Hospitalet de Llobregat.

martes, 21 de julio de 2015

Se hace camino al andar



             Aunque exista ahora un debate sobre la novela de no ficción y los libros híbridos, esta obra de Miguel Barrero (Oviedo, 1980) debe ser considerada exclusiva y llanamente como un ejercicio literario, una narración sobre el acercamiento personal a la figura del Machado postrero, exiliado y deprimido, que acabó sus días azules de la infancia en el pueblecito costero de Collioure. Ni tan siquiera puede considerarse un libro de viaje al uso, aunque Barrero haga referencia a su visita al municipio francés para rastrear los últimos pasos del poeta y acabar mostrando sus respetos frente a su tumba en el viejo cementerio donde reposa desde 1939 junto a su madre. “Camposanto en Collioure” nace al amparo y recuerdo de un poema de Ángel González, algo así como el impulso para una peregrinación anunciada casi desde la infancia del propio autor.
Camposanto en Collioure
Miguel Barrero
Trea, 2015. 118 pág.
            Setenta y seis años después, es poco aún lo que se sabe de los últimos días de Antonio Machado en suelo extranjero, derrotado, enfermo y sin ilusiones. Barrero había leído previamente la monumental obra de Ian Gibson “Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado” (Aguilar, 2006) y algunas otras, pero no se trataba de escribir aquí un nuevo ensayo sobre el tema sino de dejar constancia de la propia búsqueda, del encuentro íntimo con el lugar, el paisaje y el eco de aquellos secundarios del drama machadiano. Por este motivo el librito que nos ocupa tiene tanto de personal, porque nos habla de Machado, sí, pero también de la fugacidad del tiempo, de la ignominia, de las casualidades y los caprichos del azar, del fin de un mundo donde la gente arriesgaba su vida por unos ideales que luego hemos malogrado con la desidia y la domesticación del pensamiento.
            Como quien regresa al lugar del crimen, Barrero va dando cuenta de los diferentes pasos del calvario del exilio (Porbou, donde asoma el fantasma de Walter Benjamin; la hoy apacible playa de Argelès-sur-mer, donde se hacinaron más de 100.000 personas esperando un destino incierto; la actualmente tranquila estación de Cerbère, de la cual salieron trenes cargados de refugiados; y finalmente Collioure, un pueblo que con su aspecto idílico parecería desmentir todo lo que sabemos).
            Pocos autores como Antonio Machado, nuestro gran poeta civil por excelencia, siguen despertando tanta admiración y respeto en lectores de todas las edades, y la prueba de ello es que su tumba no deja de ser visitada y engalanada con flores, cartas o recuerdos varios. Collioure dejó hace mucho de ser un simple y diminuto punto en el mapa para quedar ligado por siempre al sevillano. Existe incluso una fundación que lleva su nombre y que concede anualmente un premio internacional de literatura, galardón que hogaño ha obtenido “Camposanto en Collioure” con toda justicia. Escrito con amenidad y rigor, el joven autor asturiano no sólo ha sabido atender a los acontecimientos más conocidos, sino también a los detalles más mínimos, eso que llamamos intrahistoria y que no pocas veces contiene el valioso testimonio de lo humano. Un libro, en definitiva, delicioso. 

lunes, 4 de mayo de 2015

Perdido en el fondo de un vaso



            Del mismo modo que una gran adaptación cinematográfica puede inmortalizar a un mal libro, una magnífica película puede soterrar para siempre la excelente novela en que se ha basado. Algo parecido le ocurrió a “The lost Weekend” (1944), la primera obra de Charles R. Jackson (1903-1968), un hasta entonces anodino escritor americano que logró el mayor éxito de su carrera al vender los derechos de su novela a la Paramount Pictures en 1945 para que el gran Billy Wilder la convirtiera en un clásico del cine con el título de “Días sin huella”, que acaparó 4 Oscars, grabó para siempre en nuestra retina cinéfila la triste historia de un escritor alcohólico y, de paso, sepultó prácticamente aquella novela y el nombre de su autor.
Días sin huella
Charles R. Jackson
Alianza Editorial, 319 Pág
  Ahora la reciente reedición en bolsillo de la obra nos ofrece la posibilidad de leer la historia original, que incluye no pocos momentos excluidos de la película (por ejemplo, las veladas alusiones a los escarceos homosexuales del protagonista), así como un final lejos de la esperanzadora conclusión que Wilder nos filmó mostrándonos al escritor Don Birnam reestablecido, sentado frente a su máquina y dispuesto a contar su naufragio y posterior rescate del proceloso mar del alcohol. 
Jackson, hombre enfermizo, de sexualidad confusa, antiguo tuberculoso, adicto a sedantes y con problemas de alcohol desde muy joven, se desdobló en la imagen de Birnam para retratarse a sí mismo. Más allá de la terrible travesía del desierto de un borracho a lo largo de un fin de semana etílico, lo que le salió a Jackson en “Días sin huella” fue una confesión de sus propios fantasmas, una mirada fría y dramática de la propia zozobra destructiva que le arrastraba y contra la que luchó con altibajos a lo largo de su vida, hasta su suicidio por ingestión de barbitúricos en 1968. El autor, con esa rara lucidez que da la embriaguez, vaticinaba con 24 años de adelanto su propio fin, añadiendo a esta novela germinal cinco obras más completamente olvidadas. 
Narrada en tercera persona pero adquiriendo a ratos una especie de voz de conciencia en segunda, asistimos al descenso sin frenos de un hombre derrotado, agarrado al bolardo de una botella para acallar las voces que le gritan desde el interior, voces que parecen echarle en cara no sólo su incapacidad para ponerse en pie, no únicamente la dependencia que tiene de su hermano y de su sacrificada novia, sino también el recuerdo de un viejo escándalo homoerótico sucedido en sus años de universidad y que, de algún modo, marcó un punto de inflexión en su vida. 

Ray Milland en "The lost weekend" (1944)
Jackson, que conocía el drama de primera mano, cartografía con precisión agobiante los escollos, arrecifes y hondos precipicios del alma humana, prescindiendo de cualquier tono moralizador o condescendiente para limitarse a mostrar con asepsia casi médica las consecuencias de una voluntad anulada y anestesiada hasta el borde mismo del colapso. Lo que queda tras la accidentada excursión de Don Birnam por bares y licorerías es desolador y se parece bastante a las caspicias que el mar deja sobre la arena después de una tempestad, sólo que esta vez el sol se demora en salir.

lunes, 16 de marzo de 2015

Crónica de la bondad hecha pedazos



       He leído hasta la fecha la práctica totalidad de la obra narrativa de Román Piña (Palma de Mallorca, 1966) y si algún pero se le puede poner a su última novela es que no se parece a ninguna de las anteriores. En definitiva, no parece una novela de Piña. Esto no sé siquiera si es necesariamente negativo, pues las dos últimas entregas del autor (“Stradivarius Rex” y “El general y la musa”) aunque eran divertimentos bien escritos, pretendidamente ligeros y en la cuerda humorística que Piña ha venido cultivando, estaban exentos de auténtica ambición literaria. Como nunca he dudado del gran talento
Sacrificio
Román Piña
Salto de Página, Madrid. 120 pág.
literario del escritor mallorquín pensé (y otros me consta que también) que en realidad se entretenía en historias graciosas y disparatadas porque eso es lo que le divertía y porque no le exigían el esfuerzo descomunal de una gran novela, esfuerzo que por otro lado le obligaría a desatender su otras muchas facetas culturales. Sin embargo el tipo publica ahora este inesperado “Sacrificio” y se queda uno sin saber dónde mirar, sin saber qué pensar, rastreando aquí y allá pedacitos del Piña anterior sin mucha suerte, como si éste hubiera desertado hastiado de su viejo estilo y hubiera sacado toda la artillería para exclamar: “Se acabó la tontería. Aquí estoy yo y esto es lo que hay”. Patidifuso, oigan.
         Esta novela breve es dura y es cruel, tan dolorosa como debe serlo hurgarse las muelas con un estilete. Potente y sarcástica como una historia de Palahniuk, alegórica e inquietante como un texto de Felipe Hernández, que se lee cuesta abajo, sin frenos e intuyendo un desenlace calamitoso.
         Vaya por delante que no soy especialmente aficionado a los actos de crueldad ni de violencia física (ni en el cine ni en la literatura). Digamos que prefiero una violencia más sutil aunque no menos devastadora. Sin embargo hacer esa lectura de “Sacrificio” sería quedarse en lo superficial, porque bajo su falsa apariencia de novela negra Román Piña ha levantado en realidad una fábula demoledora del albañal del mundo literario, una crónica del emponzoñamiento de un alma cándida, de la corrupción de la bondad que se justifica a sí misma por medio del amor y sus urgencias. Que duda cabe que la maldad más atroz es aquella que va acompañada del intelecto. En esta historia la maldad proviene de altos despachos y de mentes capaces de sortear las vallas de la decencia, la ética y la compasión. Como en la vida misma.
         “Sacrificio” es una novela rara en la trayectoria de su autor, cierto, y también su más brillante obra narrativa hasta el momento. Y desde luego, guste o no, lo que no hace es dejarle a uno indiferente. Por ese motivo quizá deban leerla.

martes, 27 de enero de 2015

Una Antártida en el alma



       En las páginas de esta novela corta, como no podría ser de otra manera, hace mucho frío. Se te hielan las manos y te humea la respiración. Intuyes que hay algo oculto a punto de estallar, una falsa paz de nieve que precede al alud. Pero, en realidad, la tragedia ya ha sucedido y su onda expansiva se ha instalado en el interior de los personajes, unos personajes que se hallan unidos por el cordón umbilical de la pena, la culpa, la soledad y la desgracia, incapaces de hallar descanso y redención. David Aliaga (Hospitalet de Llobregat, 1989) desgrana con pulso firme y directo la desolación de cada uno de los implicados, aparentemente ajenos entre sí, hurgando de forma sutil pero implacable en sus atormentadas psiques.

Hielo. David Aliaga

Paralelo Sur Ediciones, 115 pág. 10 euros
         Hielo es una más que notable novela de personajes, donde el hilo argumental, por otra parte muy simple, queda supeditado a las posibles alteraciones de la acción conductual de los protagonistas, seres vapuleados por un acontecimiento traumático de su pasado que afrontan a través del silencio, la evasión y la huida.
         Este es el debut en la novela de Aliaga, autor anteriormente de un libro de relatos y un ensayo. Vaya por delante que, en opinión del que esto escribe, la precocidad artística nunca debe ser reconocida por sí sola como una cualidad, del mismo modo que tampoco ha de mover forzosamente a la indulgencia crítica. La juventud de un autor resulta poco menos que una simple curiosidad biográfica y no es necesario recurrir a conocidísimos ejemplos de incipiente genialidad como Rimbaud o Radiguet. Javier Marías, sin ir más lejos, publicó su primera novela con 19 años y Luis Goytisolo obtenía el premio Biblioteca Breve a los 23, la misma edad que contaba su hermano Juan cuando publicó “Juego de manos” o Vargas Llosa cuando aparecieron sus magníficos relatos de “Los jefes”. La historia de la literatura está, por tanto, llena de excelentes obras primerizas que anticipan ya una trayectoria brillante, lo mismo que de libros bisoños que jamás debieron publicarse. Ahora bien, dicho esto y respecto a Aliaga, creo estar en condiciones de afirmar que si alguien es capaz de escribir así a sus 25 años cabe esperar mucho y bueno de él en el futuro. 

miércoles, 7 de enero de 2015

Secundarios de lujo



       El premio literario Café 1916 (antes conocido como Cafè Món, local patrocinador que desgraciadamente cerró sus puertas) apostó en esta ocasión por un libro de relatos del poeta y novelista catalán Juan Vico. Y si siempre es motivo de alegría que un premio que se distingue por no discriminar género literario alguno reconozca, como hizo ya en otras ocasiones, a un libro de cuentos, más lo es si éste viene a dar otro pequeño empujón a la carrera de un autor emergente.
El Claustro Rojo
Juan Vico
Sloper, 134 pág

         Los 11 relatos de “El claustro rojo” tienen en común el tema del arte, en especial el pictórico, así como la aparición de artistas reales como Degas, Manet, Piranesi, van der Goes, Cagnacci, Bruno Schulz, etc. Pero si todos ellos están narrados en primera persona, en ninguno se da voz propia a estos personajes históricos, de los que sabemos parcialmente gracias a testigos secundarios, privilegiados espectadores de momentos esenciales de sus vidas. A través de estas voces inventadas, el libro indaga de forma necesariamente subjetiva en los profundos abismos que todo espíritu creador bordea con no poco riesgo, mostrándonos las peculiares obsesiones y grietas psicológicas de cada uno de ellos.
         Con una envolvente prosa teñida de matices diversos, sugerencias y presagios, capaz de describir con la justa economía verbal atmósferas y estados anímicos sin fallar el dardo de la precisión poética, Vico contrapone constantemente el brillo del arte con el fango de lo anodino, la genialidad con la demencia, lo sublime con lo vulgar, lo hermoso con lo deforme, la fantasía con la realidad, en un despliegue de grandes y -a veces- mínimas anécdotas vitales que ponen de manifiesto el gran muestrario de las contradicciones humanas. De este modo “El claustro rojo” se transforma, a través de la lectura, en una especie de museo en el que cuelgan las pinturas turbias del alma, esos lienzos que nos muestran, desde épocas distintas y trazos diversos, nuestro propio rostro confuso.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Las oscuridades de la amistad



         La recuperación tardía de las obras de Joseph Roth, y quizás el oportuno Nobel de 2002 otorgado a Imre Kertész, puso de evidencia no sólo el poco y parcial conocimiento que se tenía de la literatura húngara del último siglo, sino también de muchos autores centroeuropeos esenciales del XX. Por supuesto, en nuestro país la existencia de títulos disponibles era casi nula, puesto que las traducciones no empezaron a gotear hasta entrados los años 90. En lo que a la literatura húngara respecta, ésta fue ampliamente perjudicada por la unión a base de esparadrapo que supuso en viejo imperio austrohúngaro y, igual que sus países vecinos, por las consabidas purgas comunistas que no ayudaron a difundir las obras, mayormente prohibidas, de sus principales escritores, muchos de los cuales fueron sistemáticamente silenciados y conocieron exilio y desarraigo. La recuperación de este legado trajo consigo descubrimientos valiosísimos para la historia literaria europea, y en el caso de Hungría los libros de Magda Szabó, Agota Kristof o Sándor Marái comenzaron a circular en todos los idiomas con el parabién unánime de la crítica.
El último encuentro
Sándor Márai
Salamandra, 175 pág.
         Márai, nacido en una pequeña localidad que hoy forma parte de Eslovaquia, escribía en húngaro pese a su dominio absoluto del alemán, y en realidad gozó de gran fama en la década de los años 30 y hasta la llegada del estalinismo, que se encargó de apagar su estrella y obligarle a marchar. Sus libros dejaron de editarse y cayó en un olvido profundo durante décadas. Sólo el fin del régimen lo desempolvó y volvió a situarle en el lugar de honor que le correspondía, suponiendo un verdadero acontecimiento literario en la mayoría de países donde se tradujo. El autor, sin embargo, no regresó nunca a su país y se suicidó en 1989 en EEUU, donde se había nacionalizado, apenas unos meses antes de la caída del muro de Berlín. Este hecho luctuoso propició la reivindicación masiva de su obra y Márai pasó a ser considerado uno de los novelistas europeos más importantes del siglo XX.
         Su obra más famosa (éxito en Francia, Italia, e incluso en España en 1999) es “El último encuentro”, editada en 1942, la historia de dos viejos amigos que se reúnen de nuevo después de 41 años separados. Ambos han llevado existencias muy distintas, uno de ellos en Oriente y otro encerrado en su castillo del bosque, donde tiene lugar el reencuentro. Pese a su dilatada amistad, desde el principio planea sobre ellos la tácita complicidad de un hecho oscuro que en el pasado cambió la vida de ambos para siempre. La traición y la venganza, largamente esperada por parte de uno de ellos, irán asomando con lentitud en un combate de rememoraciones y reproches que envenenarán el encuentro.
         Con una prosa tendente a los circunloquios, espesa y en ocasiones aún deudora de un estilo decimonónico (no en vano Márai había nacido con el siglo), pero perfectamente trazada y ejecutada, la novela se desliza a través de largos monólogos y constantes disquisiciones que, sin embargo, no empañan la atractiva sensación de estar andando sobre un peligroso lago helado. El final de una época suntuosa y la extinción de una burguesía anclada todavía en un nostálgico pasado subyacen en cada página como un responso por el finito imperio, mientras la mentira, el desengaño y la infamia van sustituyendo los viejos códigos del honor y la camaradería. 

Con la parsimonia de un halcón sobre su presa, sin precipitaciones ni vacilaciones, Márai acaba trazando un dibujo gris de la decadencia física y moral de la vieja Europa posterior a la segunda Gran Guerra, un escenario ocupado por los fantasmas del ayer y la más honda desesperanza.   

viernes, 10 de octubre de 2014

El pasado pesa



                Hace unos quince años David Torres irrumpió brillantemente en el panorama literario con dos libros simultáneos, la novela corta Nanga Parbat y el libro de cuentos Donde no irán los navegantes, ambos premiados. En aquel espléndido debut el autor señalaba ya algunos de los temas y obsesiones que le han ido acompañando: la afición por los escenarios inhóspitos, el gusto por los personajes fracasados, la búsqueda de la redención a través del sacrificio, la desolación o la muerte… Y todo ello, además, servido con una prosa contundente y magnética. Han pasado los años y, tras algunas magníficas novelas que le han consolidado como uno de los narradores más valiosos de su generación, Torres regresa a sus orígenes con este libro de relatos que contiene también una novela breve, El último concierto de Toño Balandros.
Dos toneladas de pasado
David Torres
Sloper, 224 pág. 16 Euros
            La literatura de David Torres siempre se ha destacado por la importancia que en ella tiene el trazo de los personajes. Torres es un retratista meticuloso, capaz de ahondar hasta la médula de sus criaturas, seres cargados con un pasado por lo general oscuro, lleno de costurones y remiendos sentimentales y psicológicos. Por eso, aunque pudiera parecer que el fracaso es el tema común de estos cuentos, en realidad el título ya indica que lo que los une es el cordón umbilical del pasado, un pasado que pesa como un yunque y condiciona la vida de sus protagonistas. Si vivir es ir construyendo futuros recuerdos, como decía Sábato, los personajes de estas historias viven para sostener un pasado que se les cae encima, que les aplasta. Le sucede a la camarera de un refugio de los Alpes que perdió a su novio en una montaña maldita; a una fotógrafa que inmortaliza con su cámara a una tribu perdida del Amazonas; a un viejo torero que se ensarta con el tráfico de Madrid. Y lo mismo le pasa al tipo que ha hecho de la propia mutilación un arte o al viejo buscador de tesoros en una playa de Benidorm. Y por supuesto, como un Sísifo feo y homosexual, también Toño Balandros carga con su pedrusco particular, a la sombra de su único y lejano éxito musical. El pasado, sí, los ha estigmatizado a todos.
            No descubriremos nada a estas alturas si afirmamos que Torres es un escritor repleto de vigor verbal y dueño de unas cualidades narrativas de primerísima división. Sus personajes nunca son planos ni hablan como si fueran monigotes de tebeo, y sus historias siempre persiguen el derechazo en el estómago. Y si bien es cierto que en este nuevo libro hay una mayor preocupación social, también lo es que el autor madrileño no transita por el simple y burdo realismo, puesto que su peculiar visión del mundo exterior está condimentada por múltiples lecturas, así como por referencias culturales y artísticas variadas, por una capacidad de mirar, en definitiva, que tiene su origen en la misma imaginería literaria. Porque David Torres, no sé si ya lo han pillado, es eso: un verdadero escritor.