El responsable del café

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Nací en Mahón, isla de Menorca, en 1970. Estudié Delineación y Geografía e Historia, pero ejercí durante años multitud de empleos del más variado pelaje. También frecuenté desde muy joven los ambientes teatrales y culturales de mi isla natal, desempeñándome como actor, cantante lírico, locutor de radio y articulista de prensa. Desde entonces he venido ejerciendo el columnismo y la crítica literaria en numerosos medios, obteniendo en 1994 el premio Mateo Seguí Puntas de periodismo. Poeta oculto, como narrador he publicado las novelas "En algún lugar te espero" (accésit del Premio Gabriel Sijé, 2000) y "Hospital Cínico" (2013), y los libros de relatos "Las espigas de la imprudencia" (Bcn, 2003) y "Domingos buscando el mar" (Premio Café Món de Narrativa, 2007). Cuento además con un puñado de premios y menciones en certámenes nacionales de cuento (Revista Mujer 21, El Fungible, Casa de Andalucía, Francisco Candel, Internacional Max Aub, etc.) y algunos de mis relatos figuran en varias antologías. Desde 2002 vivo y escribo en Hospitalet de Llobregat.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Cronopio a la fuga


   Aunque esta monumental y esperada biografía de Cortázar tenía que haber aparecido mucho antes, Miguel Dalmau se encontró de frente con un toro que no había previsto tener que torear: la primera esposa del gran cronopio, la traductora Aurora Bernárdez, heredera de sus derechos. Con el libro ya prácticamente compuesto en el sello Circe, la señora Bernárdez puso todos los impedimentos que pudo para que el libro saliera, incluido insertar citas. La edición tuvo que retirarse ante la amenaza de posibles demandas y Dalmau hubo de rehacer el libro, un libro ni complaciente ni hagiográfico, polémico sin duda en muchas de sus consideraciones, que de ningún modo podía ser del agrado de la viuda. Por fin, la biografía pudo salir, sin una sola fotografía interior.     
Julio Cortazar
Miguel Dalmau
Edhasa, 639 pág.
      
      En efecto, el libro de Miguel Dalmau (Barcelona, 1957) es una disección meticulosa que, en ocasiones, roza el análisis psicoanalítico. En sus páginas nos encontramos a un Cortázar humano, con sus miedos, sus extrañas pulsiones suicidas, sus manías, sus tendencias sexuales escabrosas, y asistimos a su evolución política y social, al peso que en su vida tuvo una familia compuesta por mujeres que dependían de él, la relación casi incestuosa con una hermana inestable o sus desencuentros tempranos con Argentina. Dalmau, biógrafo incisivo e implacable, desmonta el mito del cronopio santurrón que se creó en torno a la figura y el posterior recuerdo de Cortázar. Y lo hace desde un respeto no exento de admiración y comprensión. Su trabajo se basa especialmente en leer entrelíneas las propias obras del autor, siempre dadas a poder ser interpretadas desde diversos ángulos. En no pocos de esos textos universales asoma el otro Cortázar, a veces la parte oscura, en ocasiones el lado obsesivo y recurrente de un hombre hipersensible y complejo. Como buen escritor, Dalmau sabe ir más allá del texto, perforar el subsuelo del inconsciente para delinearnos a un Cortázar poco divulgado y nada debatido. No obstante, no cae en el juego de hipótesis y suposiciones gratuitas, y contrasta toda su información con el testimonio de amigos muy cercanos al autor, y también a través de cartas propias y ajenas que se salvaron de la quema. Todo ello da como resultado una biografía excelente, magníficamente expuesta y escrita, en la que se nos aparece un Cortázar si no inédito sí inusual, un Cortázar con sus claroscuros, sus aciertos y sus fracasos. Un Cortázar, en definitiva, de carne y hueso.

viernes, 8 de enero de 2016

Persiguiendo a un fantasma


Un hombre espera
Álex Chico
Libros en su tinta, 92 pág.

Aunque en la portada figure el aviso de novela, su autor, el poeta Álex Chico (Plasencia, 1980) ya explica que no lo es, que se trataba simplemente de darle un apellido al texto. Podríamos definirlo como una mezcla de ensayo ficción, notas de viaje e investigación literaria. El título parte del libro “Un homme qui attend” de Jean Jacques Ventoux, un autor maldito que se empeñó en retratar los barrios populares de París. Y hasta allí viaja Chico durante un agosto en busca de las reminiscencias de José Antonio Gabriel y Galán (1940-1993), nieto del famoso poeta. Novelista, periodista y asimismo poeta, hoy injustamente olvidado, José Antonio Gabriel y Galán vivió en París entre 1963 y 1966 y escribió allí dos libros inéditos hasta la fecha: la novela “Idea fija de Montparnasse” y el poemario “La paz así encontrada”. Estos manuscritos sustituyen a la típica guía de la ciudad, y Álex Chico se vale de ellos para recorrer los rincones, los bulevares, los cafés y las calles del París más popular, un París que ya no existe pero cuyo recuerdo flota aún en el aire de la ciudad. Para ello se aloja en un piso de la Rue des Rosiers, en el barrio judío de Le Marais, cerca de Montparnasse, una confluencia de avenidas y calles repletas de restos de aquel París bohemio, cosmopolita y hasta existencial. Por las aceras, en las terrazas, en cada esquina, asoman espectros con la cara de Sartre, Picasso, Aragon, Perec, Godard, Duchamp, Edith Piaf, etc. Y también los personajes ficticios de las obras de Gabriel y Galán, que acompañan al poeta en su deambular.
               Es este un libro peripatético, un delicioso texto de búsqueda y, del mismo modo, un intento literario -siempre infructuoso- por atrapar al tiempo bajo la red de las palabras. Como buen poeta, Chico se recrea en la mirada, en los detalles y en la pequeña esencia de las cosas. No le interesan la Torre Eiffel o el Louvre más que un viejo caserón abandonado, un pequeño cine anacrónico o los vetustos cafés caliginosos y llenos de secretos. Chico ejerce de arqueólogo de la intrahistoria, revuelve en el polvo del siglo, palpa las paredes desconchadas y lee manuscritos que apenas conoce nadie. Va detrás de un fantasma que podría ser el de José Antonio Gabriel y Galán, pero también el de una época que dejó su impronta en la cultura occidental con tal fuerza que su evocación nos mueve a la nostalgia. Con una prosa envolvente y un punto melancólica (que el editor Andreu Navarra ha comparado acertadamente con la cadencia de la escritura de Modiano), Chico nos lleva de la mano por algunas de las callejas más llenas de leyendas y de vida que hayamos podido pisar, dejándonos de paso la justa reivindicación de un gran autor español que murió demasiado pronto y que fue moroso y exigente con su obra. Un hombre que, efectivamente, aún espera su momento.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Más allá del frío



       Si aceptamos que el horror exclamado por Kurtz es aquel que cada uno lleva dentro y si el aviso de Camus de que ya no quedan islas induce a pensar que las más recónditas geografías se hallan en el interior del ser humano, entonces tendremos la ecuación de esta novela. Una historia, dicho sea de paso, que hace reencontrarnos con aquellas aventuras clásicas de travesías marítimas y destinos inhóspitos. De todo eso hay en Polaris, pero sobre todo hay culpa, miedo, huida y búsqueda de redención. Fernando Clemot, narrador poderoso y alejado de las blandas corrientes argumentales y formales que hoy parecen el magro pan nuestro de cada día, ha sabido reducir a las dimensiones de un barco las miserias y las pocas bondades que afloran en todo grupo humano condenado a convivir, describiendo a la perfección las rencillas, la incomunicación, las frustraciones y las débiles esperanzas de unos seres cargados de traumas y soledades que, alejados de la civilización, se han encontrado con algo peor: con ellos mismos.
Polaris
Fernando Clemot
Salto de Página, 187 pág.
            El Eridanus es un vetusto barco de prospecciones anclado en la lejana y desértica isla de Jan Mayen, en el Océano Ártico. Después de una serie de graves sucesos a bordo, dos oscuros representantes de la compañía para la que trabajan se erigirán en jueces y verdugos en un afán discutible por esclarecer, a través de unos interrogatorios propios de un régimen policial, lo sucedido. La novela se desarrolla a través del testimonio embarullado del doctor Christian, el médico del barco, un hombre psicológicamente agotado y físicamente enfermo, temeroso, inestable y con heridas del pasado aún supurando. Sin duda uno de los grandes aciertos de la novela radica en la minuciosa construcción de este personaje, contradictorio y casi entrañable en su fragilidad, para lo cual Clemot ha desplegado todos sus amplios recursos de narrador. A través de su relato, casi un monólogo sólo interrumpido por las preguntas de sus interrogadores, el doctor Christian da cuenta de su propia vida, de su traumática experiencia bélica y de sus viajes anteriores, dejando al descubierto debilidades y zozobras de una dolorosa humanidad.
            Se ha citado, aquí y en otras partes, la influencia de la ineludible novela de Conrad El corazón de las tinieblas, quizá no tanto por la afinidad marítima de la historia como por la indagación que Clemot hace del funcionamiento de los mecanismos del poder. También podríamos citar, sin embargo, la única novela de Poe, ese viaje de Arthur Gordon Pym hacia un horror que el de Boston dejó aparentemente inacabado como para hacer hincapié en el hecho de que lo terrible es indescriptible. Tampoco Clemot nos cuenta del todo el final del doctor Christian, cuyo desenlace habremos de imaginar o intuir, enteleridos (y no sólo de frío).
          Y, en fin, ahora es cuando uno debe escribir aquella tontada de “estamos ante una estupenda novela de género”. Pero no: Polaris es una magnífica novela, sin géneros que valgan. Una novela de las de antes, de las siempre. 

martes, 21 de julio de 2015

Se hace camino al andar



             Aunque exista ahora un debate sobre la novela de no ficción y los libros híbridos, esta obra de Miguel Barrero (Oviedo, 1980) debe ser considerada exclusiva y llanamente como un ejercicio literario, una narración sobre el acercamiento personal a la figura del Machado postrero, exiliado y deprimido, que acabó sus días azules de la infancia en el pueblecito costero de Collioure. Ni tan siquiera puede considerarse un libro de viaje al uso, aunque Barrero haga referencia a su visita al municipio francés para rastrear los últimos pasos del poeta y acabar mostrando sus respetos frente a su tumba en el viejo cementerio donde reposa desde 1939 junto a su madre. “Camposanto en Collioure” nace al amparo y recuerdo de un poema de Ángel González, algo así como el impulso para una peregrinación anunciada casi desde la infancia del propio autor.
Camposanto en Collioure
Miguel Barrero
Trea, 2015. 118 pág.
            Setenta y seis años después, es poco aún lo que se sabe de los últimos días de Antonio Machado en suelo extranjero, derrotado, enfermo y sin ilusiones. Barrero había leído previamente la monumental obra de Ian Gibson “Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado” (Aguilar, 2006) y algunas otras, pero no se trataba de escribir aquí un nuevo ensayo sobre el tema sino de dejar constancia de la propia búsqueda, del encuentro íntimo con el lugar, el paisaje y el eco de aquellos secundarios del drama machadiano. Por este motivo el librito que nos ocupa tiene tanto de personal, porque nos habla de Machado, sí, pero también de la fugacidad del tiempo, de la ignominia, de las casualidades y los caprichos del azar, del fin de un mundo donde la gente arriesgaba su vida por unos ideales que luego hemos malogrado con la desidia y la domesticación del pensamiento.
            Como quien regresa al lugar del crimen, Barrero va dando cuenta de los diferentes pasos del calvario del exilio (Porbou, donde asoma el fantasma de Walter Benjamin; la hoy apacible playa de Argelès-sur-mer, donde se hacinaron más de 100.000 personas esperando un destino incierto; la actualmente tranquila estación de Cerbère, de la cual salieron trenes cargados de refugiados; y finalmente Collioure, un pueblo que con su aspecto idílico parecería desmentir todo lo que sabemos).
            Pocos autores como Antonio Machado, nuestro gran poeta civil por excelencia, siguen despertando tanta admiración y respeto en lectores de todas las edades, y la prueba de ello es que su tumba no deja de ser visitada y engalanada con flores, cartas o recuerdos varios. Collioure dejó hace mucho de ser un simple y diminuto punto en el mapa para quedar ligado por siempre al sevillano. Existe incluso una fundación que lleva su nombre y que concede anualmente un premio internacional de literatura, galardón que hogaño ha obtenido “Camposanto en Collioure” con toda justicia. Escrito con amenidad y rigor, el joven autor asturiano no sólo ha sabido atender a los acontecimientos más conocidos, sino también a los detalles más mínimos, eso que llamamos intrahistoria y que no pocas veces contiene el valioso testimonio de lo humano. Un libro, en definitiva, delicioso. 

lunes, 4 de mayo de 2015

Perdido en el fondo de un vaso



            Del mismo modo que una gran adaptación cinematográfica puede inmortalizar a un mal libro, una magnífica película puede soterrar para siempre la excelente novela en que se ha basado. Algo parecido le ocurrió a “The lost Weekend” (1944), la primera obra de Charles R. Jackson (1903-1968), un hasta entonces anodino escritor americano que logró el mayor éxito de su carrera al vender los derechos de su novela a la Paramount Pictures en 1945 para que el gran Billy Wilder la convirtiera en un clásico del cine con el título de “Días sin huella”, que acaparó 4 Oscars, grabó para siempre en nuestra retina cinéfila la triste historia de un escritor alcohólico y, de paso, sepultó prácticamente aquella novela y el nombre de su autor.
Días sin huella
Charles R. Jackson
Alianza Editorial, 319 Pág
  Ahora la reciente reedición en bolsillo de la obra nos ofrece la posibilidad de leer la historia original, que incluye no pocos momentos excluidos de la película (por ejemplo, las veladas alusiones a los escarceos homosexuales del protagonista), así como un final lejos de la esperanzadora conclusión que Wilder nos filmó mostrándonos al escritor Don Birnam reestablecido, sentado frente a su máquina y dispuesto a contar su naufragio y posterior rescate del proceloso mar del alcohol. 
Jackson, hombre enfermizo, de sexualidad confusa, antiguo tuberculoso, adicto a sedantes y con problemas de alcohol desde muy joven, se desdobló en la imagen de Birnam para retratarse a sí mismo. Más allá de la terrible travesía del desierto de un borracho a lo largo de un fin de semana etílico, lo que le salió a Jackson en “Días sin huella” fue una confesión de sus propios fantasmas, una mirada fría y dramática de la propia zozobra destructiva que le arrastraba y contra la que luchó con altibajos a lo largo de su vida, hasta su suicidio por ingestión de barbitúricos en 1968. El autor, con esa rara lucidez que da la embriaguez, vaticinaba con 24 años de adelanto su propio fin, añadiendo a esta novela germinal cinco obras más completamente olvidadas. 
Narrada en tercera persona pero adquiriendo a ratos una especie de voz de conciencia en segunda, asistimos al descenso sin frenos de un hombre derrotado, agarrado al bolardo de una botella para acallar las voces que le gritan desde el interior, voces que parecen echarle en cara no sólo su incapacidad para ponerse en pie, no únicamente la dependencia que tiene de su hermano y de su sacrificada novia, sino también el recuerdo de un viejo escándalo homoerótico sucedido en sus años de universidad y que, de algún modo, marcó un punto de inflexión en su vida. 

Ray Milland en "The lost weekend" (1944)
Jackson, que conocía el drama de primera mano, cartografía con precisión agobiante los escollos, arrecifes y hondos precipicios del alma humana, prescindiendo de cualquier tono moralizador o condescendiente para limitarse a mostrar con asepsia casi médica las consecuencias de una voluntad anulada y anestesiada hasta el borde mismo del colapso. Lo que queda tras la accidentada excursión de Don Birnam por bares y licorerías es desolador y se parece bastante a las caspicias que el mar deja sobre la arena después de una tempestad, sólo que esta vez el sol se demora en salir.