El responsable del café

Mi foto
Nací en Mahón, isla de Menorca, en 1970. Estudié Delineación y Geografía e Historia, pero ejercí durante años multitud de empleos del más variado pelaje. También frecuenté desde muy joven los ambientes teatrales y culturales de mi isla natal, desempeñándome como actor, cantante lírico, locutor de radio y articulista de prensa. Desde entonces he venido ejerciendo el columnismo y la crítica literaria en numerosos medios, obteniendo en 1994 el premio Mateo Seguí Puntas de periodismo. Poeta oculto, como narrador he publicado las novelas "En algún lugar te espero" (accésit del Premio Gabriel Sijé, 2000) y "Hospital Cínico" (2013), y los libros de relatos "Las espigas de la imprudencia" (Bcn, 2003) , "Domingos buscando el mar" (Premio Café Món de Narrativa, 2007) y "Sopa de fauno" (2017). Cuento además con un puñado de premios y menciones en certámenes nacionales de cuento (Revista Mujer 21, El Fungible, Casa de Andalucía, Francisco Candel, Internacional Max Aub, etc.) y algunos de mis relatos figuran en varias antologías. Desde 2002 vivo y escribo en Hospitalet de Llobregat.

viernes, 22 de mayo de 2020

Leer la lectura

Por su calidad y clarividencia, reproduzco aquí el texto que el poeta Álex Chico escribió con motivo de la presentación en Barcelona de "Libros dedicados".
 
 
Leer la lectura
Firmando en la presentación del libro en Menorca.
 

Advertiré, ya desde el inicio, lo que puede ser un buen reclamo para que esta obra se lea: Libros dedicados habla de mí, de nosotros. Es decir, habla de todos aquellos que en un momento de sus vidas decidieron ligar su identidad a la literatura. Me parece que no existe mejor carta de presentación para un libro que esta, porque no hay mayor cualidad en un autor que la de ser capaz de interpelar al lector y que ese lector lo considere un libro propio porque en él se encuentra su biografía. Una biografía que, seguramente, no coincide con la biografía del autor, y sin embargo logramos encontrar puntos concomitantes y salvajes que solo el arte consigue producir.

Diego Prado lee la lectura. Así es, una redundancia que me ha rondado durante todo el libro y que, una vez concluido, seguía en mí. Lee la lectura porque Libros dedicados no es únicamente un compendio de artículos sobre otros autores, sino lo que le motivó a esas lecturas, sus circunstancias mientras ejercía de lector, los caminos azarosos, con ese azar provocado que ha tenido que suceder para que tuviera un libro entre las manos. Para alguien que, como yo, apuesta por un ensayo distinto, más cercano a la biografía o a la novela que al mero academicismo, estos libros me alegran y me entusiasman. Por un motivo: porque no se trata de un ejercicio de datos numéricos y olvidables, sino una apuesta por superponer planos: Diego Prado no habla de Virginia Woolf o de Bolaño o de Cunqueiro. O no solo eso. Nos explica quién fue mientras los leía, qué ha quedado de ellos pasado el tiempo, como si las lecturas en diferentes momentos de nuestras vidas nos advirtieran sobre cómo hemos cambiado. Leer un mismo libro en dos épocas distintas es también confrontar lo que somos con lo que hemos sido. Lo que esperábamos con lo que ya no podrá ocurrir de forma alguna.
Libros dedicados es algo más. Es también una apuesta y una declaración de intenciones. O dicho de otra manera: es un canto de amor a la literatura. Un amor que tiene, por una parte, algo reivindicativo, en su apuesta por una literatura híbrida, heterodoxa, y por tanto no mercantil. Es decir, una literatura cercana a los puestos de libros del mercado de Sant Antoni y alejada de los códigos de barra de Amazon. Los libros no son un producto, nos enseña Prado, sino un objeto valioso cuyo recuerdo, como el de una persona estimada, nunca muere. Por otra parte, es un canto de amor a la literatura porque nos incentiva a la lectura. Diré algo, si se me permite la comparación: mientras leía este libro, tenía el mismo ímpetu que imagino en un toro a punto de saltar a una plaza o el de un niño que quiere salir al recreo. En mi caso, esa plaza o ese patio de recreo eran mi propia biblioteca o una librería en la que continuar con la lectura de Delibes o Poe, para leerlos y releerlos con el mismo entusiasmo con el que escribe Diego Prado sobre ellos. Con un acierto más, a modo de vuelta de tuerca: me permitía acercarme a autores para mí desconocidos, propuestas literarias que Prado rescata y que nos obligan, bendita obligación, a ir a buscarlos. Autores semiolvidados que centran buena parte de los textos que integran Libros dedicados. Una cara menos conocida de la historia literaria que nos pone en la pista del porqué de un canon o de los compendios caprichosos, ese tipo de listados que tienen más de ausencias que de presencias incuestionables.

Libros dedicados, en fin, es una historia sobre cómo construir historias. O una lectura que encierra múltiples lecturas y planos, como una vieja leyenda de Bécquer. Unos textos escritos con el rigor del lector que acumula varios libros a sus espaldas, pero sobre todo con la emoción del que se sabe poseedor de un universo único. Con un tono adecuado para cada autor, como el extenso poema en prosa al hablarnos de Comala y de Juan Rulfo. Y, por si fuera poco, acompañado de las ilustraciones de Fernando Ferro, que nos ofrecen otro prisma u otra cara de una misma moneda. Esa moneda que uno lanza al aire y se queda suspendida, como nosotros, cuando sostenemos un libro entre las manos.
Álex Chico
Barcelona, noviembre de 2019




 

 
 
 
 
 

 

jueves, 2 de abril de 2020

Lo que el mar se lleva


El mar
John Banville
Anagrama, 219 pág
 
Con el sucinto título de El mar, que obtuvo el premio Man Booker de 2005, el  irlandés John Banville alcanzó plenamente el prestigio del que goza hoy, prestigio que coronó en 2013 con el Premio Austriaco de Literatura Europea y al año siguiente con el Príncipe de Asturias de las Letras. Conocido entre los aficionados al género negro por sus novelas firmadas con el seudónimo de Benjamin Black, a Banville le precedía ya una obra literaria mayor que contaba con títulos como El libro de las pruebas, Imposturas o Los Infinitos, amén de El mar, libro del que nos ocupamos hoy.

Novela extraña, con un poder de evocación que recuerda las obras parisinas de Modiano y la fina ironía nabokoviana, El mar es una doble historia cuyos desenlaces acaban desembocando en ese mismo perpetuo mar que es el de la pérdida y el del tiempo, un mar arrastrado por una extraña marea que la serpenteante prosa de Banville mimetiza con destreza. El argumento es simple: un otoñal historiador de arte regresa al pueblo costero donde veraneaba de niño, y en el cual vivió el primer amor de su vida siendo apenas un adolescente. Su intención parece ser la de combatir el dolor por la reciente muerte de su esposa, pero también la de huir de un presente que ya no le aporta nada. Mientras rememora los últimos momentos pasados junto a su mujer, el mar se conjura para hacer regresar a otros fantasmas: los de la familia Grace, a la que pertenecía Chloe, la muchacha malcriada y caprichosa con la que un lejano verano el narrador descubrió la amistad, el amor y el despertar al dolor. En un ejercicio de inútil redención, ambas historias se entremezclarán para mostrar la larga sombra que dejan en nosotros los muertos, la incompetencia humana para asimilar las pérdidas y reconciliarse con el pasado, todo ello trazado con el ondulante ir y venir de las olas, casi las mismas de aquel intenso verano de iniciación y juventud cuyo brusco final ejerce de dramática metáfora de la vida.

viernes, 13 de diciembre de 2019

Amok o la desesperación


   Si de las muchas cualidades de la literatura de Zweig hubiera que señalar sólo una, sin duda esta sería el trazo psicológico tan certero que logra imprimir en sus personajes a través de muy pocas páginas, especialmente (aunque no solo) en los femeninos. Zweig fue, ante todo, un conocedor de almas, un rastreador de los abismos que asolan al ser humano. Así lo demostró a lo largo de su extensa obra narrativa, incluyendo sus incisivas  biografías históricas y sus ensayos. Como muy pocos (y pienso ahora en Chejov, por ejemplo), Zweig poseía la capacidad de penetrar en el subconsciente humano para mostrarnos al desnudo sus miedos, flaquezas y obsesiones. En este sentido, la obra del autor vienés ha mantenido una actualidad y un interés sólo comparable al que siguen suscitando Joseph  Roth, Kafka, Mann y otros muy pocos autores de su tiempo.
Amok. Stefan Zweig.
Acantilado, 222 pág.

   Además de sus conocidas novelas, Zweig dejó valiosas narraciones breves entre las que sobresale siempre Amok. Historia de una obsesión y de un delirio, Zweig pone en ella lo mejor de su talento para ofrecernos una vez más un brillante ejemplo de la fragilidad (física y psicológica) del hombre contemporáneo enfrentado a los riscos pedregosos de la razón. El volumen publicado por Acantilado (¿quién si no?) y primorosamente traducido por Joan Fontcuberta, se completa con otras seis sugestivas narraciones: Historia de un ocaso, La cruz, Un vago, La calle del claro de luna, Leporella y Episodio en el lago Leman. En todas ellas figuran personajes extraños, derrotados y desnortados, absortos en sus pasiones y en sus miserias, que Zweig impregna de humanidad y de mezquindad como quien abre un muestrario de seres zarandeados por el azar caprichoso y volandero de la vida.

   Leer al maestro Stefan Zweig, a la par que gratificante, nos regala siempre la lucidez insobornable de uno de los autores que mejor supo entender el desvarío de una época convulsa que tanto empieza a parecerse a la nuestra.

sábado, 20 de mayo de 2017

Siempre hemos vivido en el castillo

Como suele suceder, Shirley Jackson era una desconocida entre nosostros hasta hace bien poco. Murió demasiado joven y ese manto de silencio que siempre está dispuesto a posarse como un sudario sobre la memoria de los justos, no tardó en dejar su obra cubierta igual que mueble de desván. Reivindicada
Siempre hemos vivido en el castillo
Shirley Jackson
Minúscula, 204 pág.
finalmente por maestros del terror como Stephen King, y recuperada en un volumen para la prestigiosa Library of America por Carol Oates, Jackson no ha tardado en vivir un nuevo resplandor que la ha situado justamente entre las grandes voces del gótico sureño norteamericano.
La editorial Minúscula se ha encargado en castellano de ir editando su obra: , Cuentos escogidos, La maldición de Hill House, y esta inquietante novela que nos ocupa, Siempre hemos vivido en el castillo (1962). 
Con una prosa hilvanada igual que una sutil pero tupida tela de araña, Jackson nos sumerge lentamente en un mundo lleno de traumas soterrados y grietas por donde asoma la locura. Para ello nos abre la puerta de la casa de la extraña familia Blackwood, un linaje maldito debido a un suceso truculento que sucedió en el comedor familiar seis años atrás. La historia, contada por la pequeña de la saga, la solitaria y soñadora Merricat, termina convirtiéndose en una pesadilla pegajosa y desasosegante que acaba por impregnarlo todo y que perfilará, sin mostrarlo de frente, la silueta negra del monstruo que vive en cada uno de nosotros. 
Una novela magníficamente narrada, con una cadencia que alberga los más funestos presagios, pero sin una gota de sangre ni un sólo fenómeno paranormal, y que, sin embargo, nos habla de algo que da mucho más miedo por su proximidad: las profundas tinieblas del alma humana. 

miércoles, 29 de junio de 2016

El invierno lo sabe


Estaciones de invierno
Adrián Bernal
Libros en su tinta, 68 pág.

                Confieso que uno ya se pierde con esto de la poesía contemporánea. Entre la postpoesía, la metapoesía, la poesía visual y los exabruptos líricos del greñudo cantautor de turno, todo parece remitir al conocido verso de Nicanor Parra en el que se afirma aquello de que “todo es poesía menos la poesía”. En efecto, la poesía es muchas cosas y ninguna, pero la trasgresión no es un valor artístico en sí mismo y sin el poder de la evocación no hay nada. Entre la mucha paja, en la nueva poesía española hay también grano (no siempre reconocido por aquellos que deberían detectarlo). En las últimas décadas han aflorado más jóvenes poetas que lectores de poesía, me temo. Esto, en el fondo, no es nuevo. Y quizá no ha ayudado tampoco el afán desmedido de ciertas editoriales y sus premios (Hiperión y Adonais sobre todo) por ir a la caza del nuevo Rimbaud patrio. Algunos son intuitivos pero han leído más bien poco. Otros, en cambio, son capaces de aunar envidiable conocimiento y cultura con frescura y talento.
                La voluntariosa editorial Libros en su Tinta nació con la voluntad de dar voz y salvavidas a autores que, en medio del huracán editorial, achican agua para no acabar en el cementerio marino. Adrián Bernal (Alicante, 1983) es uno de esos navegantes aguerridos, y su nuevo poemario, “Estaciones de invierno” da cuenta de ello. Escribe Bernal cosas como “(…) dejar de temer el alba/como la certidumbre de la nieve”, y escapa a inviernos que son estados emocionales repletos de guiños literarios, musicales y culturales. En algunos de sus poemas más narrativos hay una tendencia discursiva que nos evoca al viejo Whitman y, por efecto rebote, a Lee Frost y a ciertos poetas beats. Como músico que también es, según reza en la nota biográfica de la solapa, Bernal posee el don de la musicalidad, algo que demasiadas veces parece olvidarse y que da al poema una armonía definitoria. Sus versos se leen bien, suenan bien, trascienden la mera lectura rutinaria, ¿qué más se puede pedir?
                Como decía arriba, uno se pierde ya en la cosa poética, como en tantas otras. Es difícil saber si Bernal llegará a consolidarse como el buen poeta que sus versos anuncian, pero creo que en cuanto se despoje de las últimas amarras de sus maestros y asuma plenamente su propia voz, ésta se dejará oír con contundencia.     

viernes, 20 de mayo de 2016

Violeta en breve


Ciudad violeta
Juan Gaitán
Ilustraciones de Juan Carlos Hidalgo
Adeshoras, Madrid, 106 pág.

En la eterna teorización sobre la naturaleza del microcuento se ha podido llegar a conclusiones dispares que sobre todo han contribuido a señalar lo que no sería un micro (véase, la simple ocurrencia o el aforismo afortunado). En efecto, por un lado existe la exigencia de una necesaria tensión narrativa. Por otro, la posibilidad de un halo poético que a la narrativa extensa se le escurre. Estos 44 microrrelatos de Juan Gaitán (Málaga, 1966) tienen de lo uno y de lo otro. Son brevísimos textos que nos van insertando en la leyenda y la épica de una fantástica ciudad cuya peculiaridad reside en su color. La contraportada nos da las pistas de sus influjos, que efectivamente nos remiten a Calvino, a Perucho o a Cunqueiro, autores todos que cultivaron la veta fantástica. A esta heterogénea lista podríamos incluir a la Mercè Rodoreda cuentista (especialmente en “Viajes y flores”), a Carpentier, y a algunos autores más contemporáneos (Atxaga, Xuan Bello…). 
 Gaitán, también poeta, ha sabido dejar en estos relatos un poso lírico que lo acerca por momentos a la poesía en prosa. El gusto por el color que evocan las palabras y el juego que con ellas se establece es otro de los recursos utilizados por el autor malagueño, que amplía su capacidad fabuladora a las partes “Teogonía” y “Genealogía fantástica”, donde nos da cuenta de algunos de los curiosos dioses invocados en la Ciudad Violeta y también del árbol genealógico de la familia. Todo ello ha conformado un librito delicioso que, junto a las bellas ilustraciones del también malagueño Juan Carlos Hidalgo, se lee de un tirón con placer y nos reconforta en la necesidad de la fantasía, la mitología y la fábula.