El responsable del café

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(Mahón, isla de Menorca,1970). Desde muy joven he venido ejerciendo el columnismo y la crítica literaria en numerosos medios, obteniendo en 1994 el premio Mateo Seguí Puntas de periodismo. Actualmente soy colaborador de la revista Librújula (Premio Nacional al Fomento de la Lectura, 2023). Poeta oculto, como narrador he publicado las novelas "En algún lugar te espero" (accésit del Premio Gabriel Sijé, 2000. Reeditada en ebook en 2020, Amazon), "Hospital Cínico" (2013) y "Summertime blues" (finalista del premio Ateneo-Ciudad de Valladolid, 2019); y los libros de relatos "Las espigas de la imprudencia" (Bcn, 2003) , "Domingos buscando el mar" (Premio Café Món de Narrativa, 2007) y "Sopa de fauno" (2017). En el año 2019 apareció el recopilatorio de artículos sobre literatura "Libros dedicados". He obtenido un puñado de premios y menciones en certámenes nacionales de cuento y algunos de mis relatos figuran en varias antologías. Desde 2002 vivo y escribo en Hospitalet de Llobregat.

domingo, 30 de octubre de 2011

El Premio Setenil


El premio Setenil se pensó para premiar al mejor libro de cuentos editado durante el año en curso. Se trata, pues, de un premio necesario, puesto que el género cuentístico se halla comunmente  fuera del foco de atención de suplementos, revistas y librerías. Desde el principio este galardón, que otorga el Ayuntamiento de Molina de Segura, se destacó por no casarse con nadie. La prueba de ello es que en sus 8 convocatorias lo mismo ha premiado a autores ya consagrados (Fernández Cubas, Juan Pedro Aparicio, etc) como a nombres poco conocidos fuera del "circuito" cuentístico (Francisco López Serrano, Fernando Clemot...) Esto honora siempre a cualquier certamen. Sus listas de finalistas, además, no han estado nunca exentas de polémica. Sin ir más lejos, y para no echar mano ahora de hemerotecas, este año se han quedado fuera de la final autores tan incuestionables como el veterano maestro del cuento Medardo Fraile, amén de Fernández Mallo, Luis Magrinyá, Juan A. Masoliver Ródenas, Juan Carlos Márquez, etc.

El ganador de esta edición ha resultado ser el profesor y narrador David Roas por su libro "Distorsiones". Me alegro por varias razonés. Primero, porque  Roas no es precisamente un autor muy conocido ni un asiduo en premios y certámenes. Segundo, porque sus cuentos pervierten con imaginación, humor y maestría los relatos clásicos y eso es siempre sugerente. Y tercero, porque se trata de un cuentista nato, un autor que ha apostado siempre por hacer cuento, además de desempeñarse como defensor y estudioso del género fantástico en España.
         Con Roas he coincidio una sola vez. Fue durante la presentación de la magnífica antología de relato fantástico "Perturbaciones" elaborada por mi amigo Juan Jacinto Muñoz Rengel, un volumen en el que colaboraron diversos amigos. Es probable que él no lo recuerde, claro. De todos modos, desde aquí nos congratulamos por este reconocimiento, una nueva apuesta por aquellos que velan por el siempre maltrecho género corto.    

domingo, 23 de octubre de 2011

El eterno caminante

         Por esos extraños lazos que teje la vida, yo llegué a la poesía a través de las matemáticas, concretamente por el sopor que me producían las clases de esta materia cuando tenía diez u once años. El aburrimiento me arrastró a hojear el libro de Lenguaje, que era una edición azul con lecturas diversas y una columna a la derecha de la página donde se daba cuenta de los autores. Entre otros hoy olvidados, allí aparecían los poetas típicos de los libros de texto de aquellos años: Espronceda y su inefable “Canción del pirata”, Bécquer y su arpa, Iriarte y sus fábulas, Campoamor y sus ripios. El viernes que llegué a casa recitando aquello de “En el salón del ángulo oscuro” mi madre debió pensar que al fin había encontrado algo que me gustaba, pues yo jamás hasta entonces me había molestado en aprenderme nada de memoria. Tal vez debido a que yo era el primer sorprendido por tan extraño hecho, continué visitando a escondidas aquel libro de Lenguaje en las horas de Matemáticas. Y así me ha ido luego, claro, aunque descubrir la belleza bien valía acabar multiplicando con los dedos.
            De esta forma casi fortuita, en esos años sin Internet ni videoconsolas, donde coleccionábamos cromos y leíamos tebeos, yo hice de la poesía mi refugio particular, sobre todo cuando las cosas pintaban mal y los profesores me echaban broncas por no esforzarme, aunque me guardaba mucho de ir diciéndolo por ahí, pues eso hubiera equivalido a declararme extraterrestre, es decir, más raro de lo que ya era porque, por si no fuera poco, me había dado también por intentar emular a mis recién descubiertos amigos. La vocación, entre papelotes con versos ilegibles y bocadillos de chorizo, ya estaba ahí, limando al hombre que, para bien o para mal, me iba a tocar ser.
 
            En aquella especie de iglú confesional que había montado virtualmente en mi pupitre fui descubriendo que las palabras tenían vida, que te hacían cosquillas en el alma y que, en mi caso concreto, te aliviaban de tu propia mediocridad. Con el tiempo fui conociendo a muchos autores –algunos de los cuales ya nunca me abandonaron-, y pude establecer mi propio ranking de poetas. En los primeros puestos siempre estaban algunos de los más habituales en los libros de entonces: Juan Ramón, Miguel Hernández, Lorca. También me habían entusiasmado varios vates hoy muy poco recordados (empezaba ya mi afición por los autores olvidados), como José Carlos de Luna y su clásico “El piyayo” (estaba en todos los libros de texto de hace 30 años) y “Mi vaquerillo” de José Mª Gabriel y Galán, un poema que literalmente me hacía rozar el cielo y que para mí, parco aún en lecturas, resultaba la más alta expresión de la belleza poética.
            Pero si había en esa lista un poeta que me parecía el mejor de todos, el que siempre situaba en el primer puesto, ese era Antonio Machado. En mi parnaso particular sólo Juan Ramón Jiménez le hacía sombra desde lejos. Machado representaba para mí la materialización de lo que muchas veces sentía confusamente, la descripción de un estado anímico poco usual en un niño de 10 años, más bien dado a la fantasía y a los juegos solitarios.
            Ahora, mirado desde esta atalaya en la que peino canas y alopecia, la elección no me parece tan extraña. No en vano, Machado es el poeta de la soledad y la nostalgia, el hombre solo que hace de su poesía un castillo de versos, un refugio de recuerdos, un cuartel de invierno donde morar esperando primaveras que se presentan en forma de viejos olmos que reverdecen. Todo en Machado es una rememoración del tiempo ido, de aquello que ya no va a volver (“Mi infancia son recuerdos/ de un patio de Sevilla”, “…y recuerdo otro viaje/ hacia las tierras del Duero”,), y al mismo tiempo un diálogo incesante consigo mismo. Su poesía está escrita desde la sinceridad más abierta, nada en ella es engolado ni fingido, por eso es emotiva y siempre verdadera, un desgarro mismo de su propio ser, triste e incompleto tras la pronta muerte de su compañera Leonor. Pero su obra trasciende el mero luto interior para establecer una visión desengañada de España, personalizada en las tierras castellanas, de la que en ocasiones Machado intenta evadirse por medio de la ensoñación y del amor por la naturaleza (“Soñé que tú me llevabas/por una blanca vereda”, “Anoche cuando dormía/ soñé ¡bendita ilusión!/ que era Dios lo que tenía/ dentro de mi corazón”, “Yo voy soñando caminos/de la tarde…”).
            Machado era un hombre sencillo y desaliñado, un sevillano atípico dado a la melancolía. Quienes le conocieron le tildaron de bueno y generoso, como debe ser todo verdadero poeta. Hoy, a pesar de que no sé si le lee ya mucha gente, continúa siendo el cantor eterno de los olivares, las lechuzas, las alamedas, los olmos secos. El pueblo entero –incluso aquellos que jamás han leído un solo verso- recita la monotonía de lluvia tras los cristales, el caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Porque su obra atemporal sigue viva en la memoria colectiva de un país que, pese a su tendencia a olvidar, ha sabido erigir a Machado como su más grande poeta civil.
             El ímpetu de la juventud me alejó bastantes años de Machado, en pos de otras lecturas, de otras poéticas (soberbias de verso libre) que parecían más cercanas, más de hoy. Pero después de todo “Hoy es siempre todavía”, y uno acaba por volver tarde o temprano de donde partió, echando de menos lo esencial e inmutable, lo eternamente humano. Machado no sólo me parece hoy un poeta de clara y necesaria lucidez actual, sino todo un ejemplo de la imposible disociación entre la vida y la literatura. Su cuerpo se quedó en la tierra lejana de aquellos días azules y aquel sol de la infancia, cerca del mar, pero todo lo demás vuela para siempre en esa luz germinal que alumbró también un tramo de mi vida, aunque para ello me quedara sin saber cómo demonios se resuelve una raíz cuadrada.   

domingo, 16 de octubre de 2011

¿Otro Planeta es posible?

No hablamos de ecología esta vez, sino del premio por autonomasia, bastante desprestigiado en la última década por seguir criterios estrictamente comerciales, algo lógico si tenemos en cuenta lo que de entrada se invierte. De vez en cuando, para reparar los desaguisados y dar lustre al premio, se lo otorgan a algún autor prestigioso e incontestable, como Mendoza.
Este año las quinielas daban como finalista a un buen amigo mío, Andrés Pérez Domínguez, que no concursaba. Otro año, justamente en una edición en la que no se presentó, también dieron como ganadora a mi amiga Ángela Vallvey. Las apuestas ya forman parte de este circo que es el Planeta.



Como se sorprendía hace más de un siglo Clarín por la masiva afluencia de participantes en el concurso de cuentos del diario El Liberal, a mí me sorprende mucho cada año la ingenuidad de 500 o 600 personas presentándose al Planeta. Tengo amigos que se han presentado por curiosidad, por comprobar si leen todas las obras, y lo cierto es que algunos de ellos (no especialmente conocidos) han llegado incluso a la lista de finalistas. Ahora bien, ganar es otra cosa, incluso ser segundo. Aunque uno fuera un Faulkner, sin agente y sin un nombre detrás lo tiene crudo. Lejos queda aquel premio Planeta que arriesgó para descubrir a nuevos autores. La mayoría de los premios conocidos apuestan sobre seguro, eso debe saberlo cualquiera que se preste a iniciar una carrera como participante de premios de novela. De todos modos, hace tiempo que la finalidad natural del premio (descubrir a un nuevo autor, dar visibilidad a escritores con poca presencia en las librerías, etc) se desvirtuó. Los premios de envergadura, hoy día, son una mera transacción entre editorial, autor y agente.
Así pues, respondiendo a la pregunta que encabeza estas rápidas líneas, no, no lo creo. 

domingo, 9 de octubre de 2011

Con Gaston Leroux en Faváritx


Como muchos niños de mi generación, tuve mi etapa de lector de novelas de detectives (no me gusta la denominación, por otra parte no del todo correcta, de “policíaca”), allá por los 12 o 13 años. Al principio eran los autores clásicos y tópicos del género: Conan Doyle, Agatha Christie, etc. Pero pronto, llevado por mi curiosidad a la rareza y a los autores marginados, empecé a interesarme por escritores escasamente conocidos que escribieron sus obras en la época sin duda dorada de la novela detectivesca, entre fines del XIX y principios del XX. Era un tipo de novela muy distinta a la policíaca actual, pues la acción solía aparecer relegada a un segundo plano en beneficio del misterio y de la reflexión deductiva. Algunos estudiosos dieron en llamarla “novela problema”, pues su estructura siempre seguía el mismo patrón: presentar un problema criminal, aparentemente sin solución, e ir desentrañándolo paso a paso hasta la solución final, generalmente inesperada. En realidad los antecedentes hay que rastrearlos ya en Poe, el gran maestro, y en Wilkie Collins. El primero, que llegó a Francia póstumamente a través de su obra poética -avalada por Baudelaire-, influyó poderosamente en algunos escritores no ingleses (que aunque lo parezca no tenían la exclusiva). Autores como los franceses Gaston Leroux, Emilie Gaboriau o Maurice Leblanc cogieron el testigo del gran Poe y explotaron la novela folletinesca de misterio que, dada su naturaleza por entregas, les obligaba a cerrar cada capítulo en un in crecendo de intriga para enganche del público, lo que a la postre se convirtió en una de las características propias de este género generalmente ligado a lo decimonónico. Calles brumosas, alumbradas con luz de gas; lluvia en los cristales, sombreros hongo, bastones que escondían a veces defensivos cuchillos, bigotes afilados, damas misteriosas cubiertas con velos oscuros, carruajes... Todo un adrezo ya clásico para un estilo muy concreto que se desnaturaliza entrando el siglo XX en la novela negra, donde la deducción pierde fuelle para otorgarle más protagonismo a la acción y a lo sórdido.Gaston Leroux
            A mis 12 años leí “El misterio del cuarto amarillo” de Leroux en aquella inolvidable y lujosa colección llamada “Tus libros” de la entonces conocida como Ediciones Generales Anaya, acompañada de las magníficas ilustraciones de la edición original de 1907. Por esos años aquel autor era escasamente conocido en España y sus libros imposibles de encontrar, casi igual que hoy (Anaya publicó posteriormente “El perfume de la dama de negro”, continuación de la primera). Hombre con cara de notario provinciano, armado con unos quevedos que se deslizaban en el tobogán de su gran nariz burguesa, había nacido en París en 1868 y vivió su infancia en Normandía. Fue periodista hasta que pudo dejar los rotativos para dedicarse sólo a la literatura. Murió tempranamente, en 1927, y su fama se apagó con la misma rapidez con la que le llegó. Su obra está centrada en la novela de detectives y en la de terror, pero subyace en ella un fondo social crítico, sin duda originado por su mirada periodística. Hoy día se le sigue recordando únicamente por la novela “El fantasma de la ópera” (de 1910, falsamente interpretada como historia de terror y que en realidad trata del amor idealizado e imposible y del rechazo que despiertan en los demás los seres diferentes), obra que superó con mucho la fama de su autor. Pero también escribió otros memorables libros como “La muñeca sangrienta”, “La máquina de asesinar” o el ciclo de novelas protagonizadas por el prófugo Caro- Bibi. “El misterio del cuarto amarillo”, probablemente la mejor de sus obras y un clásico dentro de la aún mal conocida literatura decimonónica de detectives, fue la primera entrega de una serie de ocho novelas protagonizadas por un jovencísimo periodista, Josep Rouletabille, con un desarrollado sentido para la deducción. Con este personaje, Leroux pretendió emular las gestas de los muy populares Sherlock Holmes o Dupin y puso ya toda la carne en el asador en aquella primera novela. En realidad, “El misterio del cuarto amarillo” es una particular vuelta de tuerca a “Los crímenes de la Calle Morgue” de Poe, porque el problema planteado es similar (en una habitación cerrada a cal y canto se comete un crimen y es necesario saber cómo pudo entrar el asesino y huir sin ser visto), sólo que Leroux limita el espacio de una amplia sala a un pequeño dormitorio. Con ello el francés intentó llevar al límite un misterio que se consideraba imposible de resolver y cuyo desenlace posee menos fantasía que el relato de Poe pero, por contra, está más cercano a la resolución lógica. No en vano Leroux debió estar años dándole vueltas al tema del famoso caso de la Rue Morgue.
            Para mí Gaston Leroux y “El misterio del cuarto amarillo” siempre estarán ligados a los desolados parajes de Faváritx, donde íbamos los domingos de invierno a torrar sobrasada y chuletas mientras mi padre pescaba. El libro, como una mascota silenciosa, venía conmigo, acompañándome en aquellas jornadas festivas para entretener la soledad de aquel paisaje brumoso y lunar donde el faro mostraba su erguida exclamación de luz. Faváritx, con su yermo silencio y su fin del mundo asomando, siempre me pareció la versión salitre y menorquina del gris páramo de Haworth desde el que las pálidas Hermanas Brontë imaginaron sus obras entre los silbidos enloquecidos del aire. En sus peñascos cariados iba Rouletabille en busca del escurridizo asesino, un criminal listo y de guante blanco, capaz de entrar en un cuarto cerrado por dentro, de ventana enrejada e impracticable, como si todo él fuese una tramontana melancólica como la que asolaba Favárixt. Aquel libro me acompañó por las pesqueras y las calas, por los altos acantilados donde empezaba la terra incógnita, cuando Menorca era para mí todo el mundo conocido, un universo portátil con olor a sobrasada frita y salmuera.

Favàritx, siempre aguardando

            Cada vez que retorno a Favárixt, donde el demonio del tiempo sostiene en el cáliz del faro su cetro inmóvil, gulusmeo el aire en busca de ese olor de brasas y erosión en que se cifró la felicidad de la infancia. Lejos, perdidos ya los domingos, abro las hojas amarillentas de “El misterio del cuarto amarillo” y casi como si fueran un mapa de regreso a lo perdido, vuelvo a reconocer el perfume del mar de la isla en sus páginas de hojaldre, los restos dactilares del otro que fui un día, el peso inaudito de los años. Leroux, seguramente, sigue dando vueltas por aquellos cerros, oteando el horizonte y buscando a las hermanas Brontë, hecho todo él un oleaje de palabras que el eco de las piedras guarda para siempre como la oración eterna del viento.

sábado, 1 de octubre de 2011

Para almas atormentadas




Juan de Madre –Tislit er-Rbia
Sloper, 2011, 239 pàg.

            Por medio del supuesto hallazgo de seis manuscritos árabes donde se relatan la vida cotidiana de algunos miembros del primer manicomio que se abrió en Fez en el siglo XIII, Juan de Madre (Molins de Rei, 1979), junto al no sabemos si heterónimo Tislit er-Rbia, compone un libro extrañamente hermoso, alejado de los patrones narrativos actuales, empezando por la imposible definición del género, que navega entre el libro de relatos y la falsa novela testimonial. El libro, surcado por una fantasía casi infantil que nos remite a los cuentos clásicos para niños y a las Mil y Una Noches, pero también a los laberintos borgianos o a las historias sin edad de Ana Mª Matute, ofrece una mirada desprejuiciada sobre esos primeros habitantes de la “casa de cura de almas” al tiempo que nos deja una reflexión humanista sobre la locura, una locura no pocas veces lúcida, hermanada a la del Quijote y a la de los grandes dementes de la literatura, aquellos que frente a un mundo no pocas veces hostil y despiadado se aferraron a su redentora capacidad de soñar.
        Libro rebosante de imaginación, fingidamente ingenuo y apto para todos los públicos, “El libro de los vivos” nos descubre una nueva y original voz dentro del a veces manido panorama de nuestra narrativa.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Otoño

Cada vez que llega un nuevo otoño me acuerdo de César González Ruano, el gran articulista madrileño que señoreó con su prosa de orfebre de la Olivetti la “tercera” de ABC durante años. El motivo no es otro que una lecturita insertada en las páginas variopintas de aquellos hoy ya olvidados libros de lectura del viejo EGB de los que actualmente pasamos de los 40. Se titulaba “Las castañeras” y siempre me pareció un prodigio de sencillez y de observación, urdido con esa voluntad de estilo que antaño practicaban los periodistas de opinión, quizá sin saber que fundaban un nuevo género literario: la columna de periódico. Aquel fragmento en cuestión destilaba el mismo aroma que el aire arrastraba por las calles en los otoños de nuestra infancia, cuando los otoños existían de verdad y ya en septiembre había que sacar los chubasqueros y las botas de agua. Recuerdo que empezaba diciendo: “En invierno huele en Madrid, antes de que llegue, a castañas”. Al final, en un bello ejercicio metafórico, acababa comparando a la castañera (siempre vieja, siempre inmutable) con la abuelita imperecedera de Caperucita, pronta a ser devorada por el lobo del frío. Eso, según Umbral, era “el estilo”.


González Ruano se jactaba de poder escribir casi sobre cualquier cosa. El propio Umbral, no recuerdo dónde, refería la anécdota de un Ruano apostado al ventanal del Café Gijón, sin ideas para el artículo diario. Acababa de llover y por el canal de la acera, camino del desagüe, vio que bajaba un barquito de papel. Con esa imagen llenó una “tercera” del diario, divagando sobre la fugacidad de la vida.
Aquellos columnistas de ayer (Pla, Ruano, Cunqueiro, Alcántara, más tarde Umbral) eran, ante todo, escritores, peones entregados a la calderilla alimenticia del artículo, que aplazaban no pocas veces su ingenio y su valía para rellenar los huecos de un diario, o de varios.
Hoy, al llegar otra vez el otoño, con esta climatología de sol tuberculoso que parece desmentirlo un poco, me temo que ya nadie se acuerda de González Ruano ni creo que vaya en ningún libro de texto convenientemente progresista. En cuanto a las castañeras, ese símbolo humilde de la estación, tampoco son ya ni viejas ni jóvenes, a veces ni tan siquiera son mujeres, sólo sombras anacrónicas de una economía subterránea que sustenta la esperanza de tantos, que apuntala un próximo invierno a todas luces difícil y duro. A buen seguro que no será esta vez el lobo del frío el único depredador al que habrá que enfrentarse.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Siestas con Sabato

Apenas un mes y medio antes de su muerte, en una suerte de rara intuición, publiqué este artículo sobre Sabato en el suplemento Culturalia del diario Menorca. Valgan esas mismas líneas como modesto homenaje.


            Argentina ha dado por lo menos tres autores capitales a la historia de la literatura del siglo XX: Borges, Cortázar y Sabato, de entre ellos el más raro, el menos prolífico y el único que aún vive, próximo a cumplir los 100 años. Probablemente también sea el más mal leído de los tres, lo que no ha impedido que con el tiempo se haya convertido en uno de esos autores esenciales, a los que tarde o temprano hay que conocer.
Contrariamente a lo que suele sucederle a la mayor parte de la gente, para mí el impacto de Sabato fue en su momento mayor que el de Cortázar y, desde luego, que el de Borges. Recuerdo perfectamente aquella siesta de verano en que llegaron a mí las tremendas palabras de su gran novela “El túnel”: Existió una persona que podría entenderme. Pero fue, precisamente, la persona que maté”. Esta frase, que cierra el segundo capítulo, resume de un modo exacto no sólo el argumento de “El túnel” sino todo el transfondo de la obra de Ernesto Sabato, es decir, la incapacidad del individuo para convivir con los demás. La más extrema soledad, el egoísmo de las relaciones afectivas, la obsesión enfermiza por redimirnos a través del ser creado a nuestra necesidad y la aparición de una locura lúcida por la que asoma el dolor pero no el arrepentimiento, son algunos de los ingredientes de “El túnel” (1948), la primera gran novela existencialista de las letras castellanas. El mismo título no es sino exposición de la gran parábola que Sabato levanta a través del pintor Juan Pablo Castel, uno de esos personajes que se quedan tatuados en el imaginario colectivo, un pobre desgraciado que intenta ser entendido por los demás sin conseguirlo, que anda solo por un túnel a través de cuyas ventanas se mueve el mundo exterior, ajeno a él, con sus fiestas y sus alegrías. La capacidad metafórica del libro es paradigmática y por sus páginas corre un cauce de onírica pesadilla.

Ernesto Sábato
Sabato también era cafetero

De tendencias depresivas y dueño de una autoexigencia enfermiza que le llevó a destruir algunas obras, Ernesto Sabato no volvió a publicar una novela hasta 1961, cuando apareció la monumental “Sobre héroes y tumbas”, un “Apocalipsis de nuestro tiempo” en palabras del poeta Salvatore Quasimodo; una obra barroca, dostoievsquiana, plagada de metáforas escalofriantes (como la que cruza toda la III parte titulada “Informe sobre ciegos”), una amplificación a gran escala de los temas y obsesiones que ya asomaban en “El túnel”. La novela fue recibida con enormes elogios por la crítica europea y autores como Gombrowicz o Sartre se rindieron a su poder de fascinación, una fascinación nuevamente enlazada con el mundo de los sueños, los presagios, lo oscuro. Una novela de cierta complejidad y, al tiempo, arrebatadora, que llené de subrayados a lápiz hace tantos años que ni recuerdo cuándo. Entonces yo dormía con Sabato, leía su obra antes de entregarme a las siestas de un verano lleno de preguntas, y con sus divagaciones en torno al ser entraba en el duermevela feliz y despreocupado del adolescente.
En 1974 apareció su última novela, “Abaddón el exterminador”, de corte autobiográfico y tono fragmentario, que fue premiada en Francia como mejor libro extranjero y en Italia con el Premio Médicis. Desde entonces no publicaría ninguna otra obra de ficción más, sólo una sucesión de ensayos que ahondan en la problemática del hombre moderno (“Uno y el universo”, “El escritor y sus fantasmas”, etc.) y en 1985, fruto de su condición de presidente de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de personas, un estremecedor volumen conocido como “informe Sabato”. A finales de los 90 apareció un nuevo libro con tono de testamento vital titulado “Antes del fin”, lúcido pero escrito ya con la extenuación del que no quiere seguir escribiendo, casi como si le hubieran obligado.
Lo mismo que sucedió en su día con Rulfo, se especuló durante muchos años sobre la posibilidad de una novela inédita de Sabato. En el caso del argentino existió, pero él la destruyó. No obstante, ha bastado su trilogía para situarle entre los más grandes novelistas del siglo pasado, aunque la academia sueca lo ignore.
Comunista en su juventud, prontamente descreído, Sabato supo como nadie plasmar el nihilismo de una sociedad abocada al fracaso. Al mismo tiempo, como Físico de formación, supo ver y aún preconizar los peligros de un mundo en exceso tecnificado. Su pensamiento evolucionó desde el más absoluto escepticismo a un humanismo filosófico muy marcado en los libros postreros, ensayos agónicos que apenas aportan nada nuevo a su obra.
Refugiado desde hace años en la pintura, sus problemas de visión le impiden leer y escribir, aunque el Sabato escritor muriese hace mucho para convertirse en un clásico contemporáneo, en ese visionario que veló siestas de estío, sueños de un ayer que hoy es humo, cenizas, nada.