Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja / Librería Laie
C/ Pau Claris nº 85
08010 Barcelona
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Blog del escritor Diego Prado.
La
capacidad de observación de Vergés y su voluntad didáctica, fruto de sus años
como periodista cultural, han quedado plenamente palpables en sus libros
anteriores y se corrobora ahora en éste, una entretenida iniciación al siempre
deslumbrante mundo de la astronomía. Desde tiempos inmemoriales, los seres
humanos hemos mirado el cielo nocturno con curiosidad y embeleso,
preguntándonos por nuestro papel en todo ese tinglado inabarcable, e imaginando
seres fantásticos entre las estrellas. Con un lenguaje claro y sencillo, Vergés
huye de enrevesados códigos científicos para apelar a la prehistoria, al arte, a
la mitología o a la religión. Nos explica, por ejemplo, la ancestral veneración
por el toro que, ya en tiempos remotos, llevó a otras civilizaciones a creer
vislumbrar uno en el firmamento, la famosa constelación de Tauro (que alberga
el inmenso sol de Aldebarán y las manchas de Las Pléyades). Y nos cuenta como
ya en la más antigua obra épica conocida (la Epopeya de Gilgamesh, cuya versión
sumeria ostenta 4.000 años de antigüedad) ya asoma la cornamenta de este toro.
Del mismo modo, en una gruta de Lascaux, en la Dordoña francesa, se hallaron
unas famosas pinturas rupestres del Paleolítico superior que se datan en unos
18.000 años. Adivinen que aparece en una de esas 2000 pinturas catalogadas. En
efecto, la imagen de un toro de gran cornamenta, lo que indujo a algunos
arqueólogos a afirmar que se trata en realidad de la representación de la
constelación de Tauro. Sin embargo, para el astrónomo griego Eratóstenes la
constelación de Tauro representaba a Zeus convertido en toro blanco para raptar
a la joven Europa. Cada uno a lo suyo.
Desde
la antigüedad, reyes, príncipes, aristócratas y papas ligaron sus acciones a la
interpretación de las constelaciones zodiacales. El cielo regía, por tanto, el
destino de los seres humanos y los astrólogos eran consultados antes de
cualquier evento trascendente. No obstante, la astronomía quiso separarse
pronto de la astrología, que nunca fue vista con buenos ojos por los científicos.
La estrellería, oficio de mirar las estrellas, era una de las siete artes
liberales y formaba parte del quadrivium junto
a las disciplinas básicas para el estudio de la filosofía y teología medieval. Con los siglos se computarían un total
de 88 constelaciones, que vienen a acotar todo el cielo y cuya presencia parece
seguir guiando nuestra existencia. 
Plataforma editorial, 125 pág.
Sería
Galileo el que, con un rudimentario telescopio de 20 aumentos construido por
él, descubriría en 1610 cuatro de los satélites de Júpiter y se percataría de
que Las Pléyades no eran los siete puntos brillantes que vemos a simple vista
desde la tierra, sino muchos más. Él contó unos cuarenta, pero hoy sabemos que
las siete hermanas de la constelación de Tauro son el resultado de un cúmulo de
entre 500 y 1000 estrellas. Con ello se evidenciaba que el cosmos no es sólo lo
que logramos ver, sino que en él existen miles de millones de astros repartidos
en miles de galaxias.
Hijas
de la ninfa Pléyone y de Atlas, el titán que para los griegos sostenía medio en
cueros la cúpula del cielo, las siete hermanas pléyades (protegidas siempre por
el Toro Celeste) marcaron desde tiempos primigenios el momento de la siega y de
la siembra, y así aparece explicado en Los
trabajos y los días de Hesíodo, calendario lírico compuesto hace 2700 años.
Las Pléyades, a unos 400 años luz de nosotros, se dejan ver en la noche
invernal, son fácilmente detectables (aunque a simple vista es más que probable
que sólo contemos seis), y nos han acompañado desde el inicio de los tiempos.
Lluís
Vergés nos explica todo esto y mucho más en este gozoso libro, con su prosa
siempre grata y accesible, en muy breves capítulos llenos de curiosidades,
retazos de historia, nombres de célebres científicos y artistas, de músicas,
pinturas, literatura, en un viaje apasionante que nos animará a tumbarnos de
noche sobre la hierba y observar ese infinito universo que nos alberga, que nos
contiene y del que formamos parte, tan viejo y necesario como la vida.
Médico,
judío y vienés son las tres condiciones que marcaron la vida y obra de Arthur
Schnitzler (1862-1931) y que, de algún modo, le emparenta con una generación de
escritores centroeuropeos de primer orden. Sin embargo, como ocurrió con Joseph
Roth en los setenta o más tarde con autores de la talla de Márai o Werfel,
Schnitzler no conoció demasiadas traducciones al castellano hasta hace relativamente
poco. Desde luego, aunque su calidad está fuera de toda duda, el autor aún hoy
está lejos de la fama que gozan Zweig, el mismo Roth y no digamos ya Kafka o
Hesse. Poco a poco, en ese incesante goteo con que nos van llegando autores
capitales de la Mitteleuropa esplendorosa
de principios del s. XX, Schnitzler empieza a sonar cuando, basándose libremente
en su novela hoy más celebre, Kubrick hizo en 1999 su canto del cisne con la
irregular Eyes wide shut, su personal
visión de Relato soñado (1926). A
partir de aquí, el autor vienés comienza tímidamente a ser “redescubierto” con
asombro y fascinación por los que deciden acercarse a sus obras.
Acantilado
Una
de las cosas que más sorprenden de las historias siempre perversas de
Schnitzler, es su increíble modernidad, no sólo temática (la muerte, la
sexualidad, el adulterio, la podredumbre moral de la sociedad austriaca de su
tiempo…) sino también técnica. Probablemente el médico escritor es el primero
en lengua alemana en utilizar recursos como el monólogo interior y, por tanto,
reforzar a los personajes de una complejidad psicológica que despertó la firme
admiración del mismísimo Freud. Schnitzler sabe poner frente a sus atribuladas
criaturas dilemas morales y éticos difíciles de ignorar, y lo hace en mitad de
un contexto muchas veces anodino o cotidiano. En el breve monólogo El teniente Gustl (de 1900) un engreído y
joven oficial se ve en la dicotomía de plantearse el suicidio tras una tonta
disputa a la salida de un concierto. En sus páginas, no exentas de un negro
humor, Schnitzler se burla del concepto del honor decimonónico de su época al
tiempo que se obvian, sin embargo, cualidades como la generosidad, la educación
y la ética. Por su lado, en La señorita
Else (de 1923), una hermosa joven de buena familia se tendrá que enfrentar
con las miserias soterradas de una sociedad corrupta a raíz de un lamentable
episodio familiar. 
Ediciones invisibles
Las claves en las obras de Schnitzler no siempre son fáciles, aunque su cadencia y su tono malsanos nos arrastren. Así ocurre en la citada Relato soñado, donde la atmósfera onírica que acompaña a todo el texto va introduciendo diferentes capas de lectura, niveles distintos donde subyace el juego malévolo del engaño, el peso de una sexualidad no resuelta y la tentación de lo desconocido, lo oscuro y lo supuestamente incorrecto. Temas, por tanto, que permanecen inalterables en el tiempo y que otorgan a la obra del autor vienés la extraordinaria actualidad del clásico moderno.
Que el
mundo literario está sembrado de errores y despistes es un hecho constatado, y
el caso de Stoner vendría a
confirmarlo una vez más. Cuando la novela de John E. Williams se reeditó en
2000 en EEUU, después de 35 años ignorada, The
New York Times afirmó categóricamente: Stoner
es algo más que una gran novela. Es una novela perfecta. No tardaron en
salir voces acreditadas de grandes autores alabándola efusivamente y
preguntándose cómo era posible que una obra maestra como aquella hubiera pasado
inadvertida en su momento. Pero así fue: cuando Stoner, la tercera novela de un desconocido John Williams apareció
en 1965, apenas obtuvo reseñas y sus ventas escasamente alcanzaron los 2000
ejemplares. Pronto fue olvidada y su autor tardó siete años en publicar una
nueva obra (Augustus, 1972) por la que, contra todo pronóstico, ganó el
prestigioso National Book Award,
aunque el escritor siguió siendo un autor sin lectores, un autor de culto para
unos pocos y oculto para la gran mayoría. La cosa empezó a cambiar cuando la
autora francesa Anna Gavalda habló de las excelencias de Stoner en una
entrevista. Tito Expósito, editor de la pequeña y modesta editorial canaria
Baile del Sol leyó dicha entrevista y, dada su admiración por Gavalda, se
sintió intrigado. Buscó Stoner, jamás
traducida en castellano hasta entonces, pero nadie en España había oído hablar
de un tal John Willians (no confundir con el compositor de películas ni con el
guitarrista clásico). Con su editorial a punto de echar el cierre, reuniendo algunos
ahorros de sus socios de negocio, compró los derechos de la novela y lo apostó
todo a una carta. La novela se editó por primera vez en español en 2010,
pasando sin pena ni gloria los primeros meses. Sin embargo, cuando aparecieron
en ABC los elogios de Rodrigo Fresán y acto seguido los de Vila Matas en El
País, se produjo uno de esos milagros que de vez en cuando se dan en la
literatura: el libro despegó aceleradamente, se activó el boca-oreja, fue
creciendo la sorpresa y la fascinación de los lectores, y Stoner pasó a tener numerosas ediciones y varias reimpresiones,
con 20.000 ejemplares vendidos, algo que salvó las cuentas de la pequeña
editorial y puso de manifiesto (una vez más) la miopía y estulticia de los
grandes grupos editoriales. Gavalda, por su parte, lo tradujo al francés en
2011 y el éxito fue tan arrollador que se produjo una especie de “efecto
llamada” en EEUU donde, viendo el éxito que tenía en Europa, vendió más de
150.000 ejemplares en poco tiempo. Mientras en España no ha dejado de venderse,
Holanda va por los 200.000 ejemplares, Italia por los 80.000 y no cesa de
traducirse, al tiempo que se asienta el prestigio de Williams (cuyas otras tres
novelas se han traducido también en España o en Hispanoamérica), elevando a Stoner a la categoría de clásico de las
letras norteamericanas de la segunda mitad del XX. Lamentablemente, Williams no
llegó a ver este descomunal éxito tardío ni pudo llegar a imaginarlo nunca,
pues falleció en 1994, siendo entonces un autor del que nadie apenas se acordaba.
Ironías de la vida, el creador de ese personaje gris, abocado al anonimato y la
aparente mediocridad que es William Stoner, logró zafarse de su destino
silencioso y del olvido al que parecía estar destinado para transformarse en
uno de los descubrimientos más sorprendentes (junto al de Lucia Berlin) de la
literatura norteamericana del último medio siglo. Un nuevo Nabokov.
No
pocos lectores en todo el mundo se han enternecido con este profesor de universidad aparentemente fracasado (pero
consciente de su fracaso), quizá porque no podemos evitar sentirnos íntimamente
reflejados. En última instancia, fracasados somos todos y lo prueba nuestra
actual incapacidad para superar la frustración. Nos enseñaron a triunfar, no a
ser los segundos, cuando la enseñanza debería mostrar a la sociedad cómo
encajar el fracaso. Y en este sentido, el rígido estoicismo que gobierna la
vida de Stoner lo transforma en realidad en un triunfador, porque el que
triunfa es el que sobrevive y no el que gana. Pero como los grandes libros, Stoner nos dice más. Nos dice algo que
nunca deberíamos olvidar: que la cultura
no nos va a salvar de la mediocridad (sólo nos hará conscientes de ella,
que puede ser incluso peor).
Stoner
es también una novela que nos habla todo el rato de la renuncia de los sueños.
En este sentido es una historia profundamente triste, desoladora y a ratos
pesimista. Quizá aquí cabría hacerle al libro el único reparo: su falta de
humor, tan característico en algunos grandes autores americanos contemporáneos
de Williams. Escrita en un estilo clásico, sin experimentalismos ni digresiones
inútiles, todo en la prosa de Williams
fluye con pasmosa y aparente sencillez, lo que viene a retomar la idea
del “nuevo Nabokov”: el resultado de una depuración estilística a la altura de
muy pocos.
Estamos
ante una novela “de personaje”, donde aparentemente no ocurre nada y ocurre
todo: ocurre la vida misma, ni más ni menos. El resultado final es sublime,
extraordinario, un absoluto milagro creativo.