El responsable del café

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(Mahón, isla de Menorca,1970). Desde muy joven he venido ejerciendo el columnismo y la crítica literaria en numerosos medios, obteniendo en 1994 el premio Mateo Seguí Puntas de periodismo. Actualmente soy colaborador de la revista Librújula (Premio Nacional al Fomento de la Lectura, 2023). Poeta oculto, como narrador he publicado las novelas "En algún lugar te espero" (accésit del Premio Gabriel Sijé, 2000. Reeditada en ebook en 2020, Amazon), "Hospital Cínico" (2013) y "Summertime blues" (finalista del premio Ateneo-Ciudad de Valladolid, 2019); y los libros de relatos "Las espigas de la imprudencia" (Bcn, 2003) , "Domingos buscando el mar" (Premio Café Món de Narrativa, 2007) y "Sopa de fauno" (2017). En el año 2019 apareció el recopilatorio de artículos sobre literatura "Libros dedicados". He obtenido un puñado de premios y menciones en certámenes nacionales de cuento y algunos de mis relatos figuran en varias antologías. Desde 2002 vivo y escribo en Hospitalet de Llobregat.

domingo, 16 de octubre de 2011

¿Otro Planeta es posible?

No hablamos de ecología esta vez, sino del premio por autonomasia, bastante desprestigiado en la última década por seguir criterios estrictamente comerciales, algo lógico si tenemos en cuenta lo que de entrada se invierte. De vez en cuando, para reparar los desaguisados y dar lustre al premio, se lo otorgan a algún autor prestigioso e incontestable, como Mendoza.
Este año las quinielas daban como finalista a un buen amigo mío, Andrés Pérez Domínguez, que no concursaba. Otro año, justamente en una edición en la que no se presentó, también dieron como ganadora a mi amiga Ángela Vallvey. Las apuestas ya forman parte de este circo que es el Planeta.



Como se sorprendía hace más de un siglo Clarín por la masiva afluencia de participantes en el concurso de cuentos del diario El Liberal, a mí me sorprende mucho cada año la ingenuidad de 500 o 600 personas presentándose al Planeta. Tengo amigos que se han presentado por curiosidad, por comprobar si leen todas las obras, y lo cierto es que algunos de ellos (no especialmente conocidos) han llegado incluso a la lista de finalistas. Ahora bien, ganar es otra cosa, incluso ser segundo. Aunque uno fuera un Faulkner, sin agente y sin un nombre detrás lo tiene crudo. Lejos queda aquel premio Planeta que arriesgó para descubrir a nuevos autores. La mayoría de los premios conocidos apuestan sobre seguro, eso debe saberlo cualquiera que se preste a iniciar una carrera como participante de premios de novela. De todos modos, hace tiempo que la finalidad natural del premio (descubrir a un nuevo autor, dar visibilidad a escritores con poca presencia en las librerías, etc) se desvirtuó. Los premios de envergadura, hoy día, son una mera transacción entre editorial, autor y agente.
Así pues, respondiendo a la pregunta que encabeza estas rápidas líneas, no, no lo creo. 

domingo, 9 de octubre de 2011

Con Gaston Leroux en Faváritx


Como muchos niños de mi generación, tuve mi etapa de lector de novelas de detectives (no me gusta la denominación, por otra parte no del todo correcta, de “policíaca”), allá por los 12 o 13 años. Al principio eran los autores clásicos y tópicos del género: Conan Doyle, Agatha Christie, etc. Pero pronto, llevado por mi curiosidad a la rareza y a los autores marginados, empecé a interesarme por escritores escasamente conocidos que escribieron sus obras en la época sin duda dorada de la novela detectivesca, entre fines del XIX y principios del XX. Era un tipo de novela muy distinta a la policíaca actual, pues la acción solía aparecer relegada a un segundo plano en beneficio del misterio y de la reflexión deductiva. Algunos estudiosos dieron en llamarla “novela problema”, pues su estructura siempre seguía el mismo patrón: presentar un problema criminal, aparentemente sin solución, e ir desentrañándolo paso a paso hasta la solución final, generalmente inesperada. En realidad los antecedentes hay que rastrearlos ya en Poe, el gran maestro, y en Wilkie Collins. El primero, que llegó a Francia póstumamente a través de su obra poética -avalada por Baudelaire-, influyó poderosamente en algunos escritores no ingleses (que aunque lo parezca no tenían la exclusiva). Autores como los franceses Gaston Leroux, Emilie Gaboriau o Maurice Leblanc cogieron el testigo del gran Poe y explotaron la novela folletinesca de misterio que, dada su naturaleza por entregas, les obligaba a cerrar cada capítulo en un in crecendo de intriga para enganche del público, lo que a la postre se convirtió en una de las características propias de este género generalmente ligado a lo decimonónico. Calles brumosas, alumbradas con luz de gas; lluvia en los cristales, sombreros hongo, bastones que escondían a veces defensivos cuchillos, bigotes afilados, damas misteriosas cubiertas con velos oscuros, carruajes... Todo un adrezo ya clásico para un estilo muy concreto que se desnaturaliza entrando el siglo XX en la novela negra, donde la deducción pierde fuelle para otorgarle más protagonismo a la acción y a lo sórdido.Gaston Leroux
            A mis 12 años leí “El misterio del cuarto amarillo” de Leroux en aquella inolvidable y lujosa colección llamada “Tus libros” de la entonces conocida como Ediciones Generales Anaya, acompañada de las magníficas ilustraciones de la edición original de 1907. Por esos años aquel autor era escasamente conocido en España y sus libros imposibles de encontrar, casi igual que hoy (Anaya publicó posteriormente “El perfume de la dama de negro”, continuación de la primera). Hombre con cara de notario provinciano, armado con unos quevedos que se deslizaban en el tobogán de su gran nariz burguesa, había nacido en París en 1868 y vivió su infancia en Normandía. Fue periodista hasta que pudo dejar los rotativos para dedicarse sólo a la literatura. Murió tempranamente, en 1927, y su fama se apagó con la misma rapidez con la que le llegó. Su obra está centrada en la novela de detectives y en la de terror, pero subyace en ella un fondo social crítico, sin duda originado por su mirada periodística. Hoy día se le sigue recordando únicamente por la novela “El fantasma de la ópera” (de 1910, falsamente interpretada como historia de terror y que en realidad trata del amor idealizado e imposible y del rechazo que despiertan en los demás los seres diferentes), obra que superó con mucho la fama de su autor. Pero también escribió otros memorables libros como “La muñeca sangrienta”, “La máquina de asesinar” o el ciclo de novelas protagonizadas por el prófugo Caro- Bibi. “El misterio del cuarto amarillo”, probablemente la mejor de sus obras y un clásico dentro de la aún mal conocida literatura decimonónica de detectives, fue la primera entrega de una serie de ocho novelas protagonizadas por un jovencísimo periodista, Josep Rouletabille, con un desarrollado sentido para la deducción. Con este personaje, Leroux pretendió emular las gestas de los muy populares Sherlock Holmes o Dupin y puso ya toda la carne en el asador en aquella primera novela. En realidad, “El misterio del cuarto amarillo” es una particular vuelta de tuerca a “Los crímenes de la Calle Morgue” de Poe, porque el problema planteado es similar (en una habitación cerrada a cal y canto se comete un crimen y es necesario saber cómo pudo entrar el asesino y huir sin ser visto), sólo que Leroux limita el espacio de una amplia sala a un pequeño dormitorio. Con ello el francés intentó llevar al límite un misterio que se consideraba imposible de resolver y cuyo desenlace posee menos fantasía que el relato de Poe pero, por contra, está más cercano a la resolución lógica. No en vano Leroux debió estar años dándole vueltas al tema del famoso caso de la Rue Morgue.
            Para mí Gaston Leroux y “El misterio del cuarto amarillo” siempre estarán ligados a los desolados parajes de Faváritx, donde íbamos los domingos de invierno a torrar sobrasada y chuletas mientras mi padre pescaba. El libro, como una mascota silenciosa, venía conmigo, acompañándome en aquellas jornadas festivas para entretener la soledad de aquel paisaje brumoso y lunar donde el faro mostraba su erguida exclamación de luz. Faváritx, con su yermo silencio y su fin del mundo asomando, siempre me pareció la versión salitre y menorquina del gris páramo de Haworth desde el que las pálidas Hermanas Brontë imaginaron sus obras entre los silbidos enloquecidos del aire. En sus peñascos cariados iba Rouletabille en busca del escurridizo asesino, un criminal listo y de guante blanco, capaz de entrar en un cuarto cerrado por dentro, de ventana enrejada e impracticable, como si todo él fuese una tramontana melancólica como la que asolaba Favárixt. Aquel libro me acompañó por las pesqueras y las calas, por los altos acantilados donde empezaba la terra incógnita, cuando Menorca era para mí todo el mundo conocido, un universo portátil con olor a sobrasada frita y salmuera.

Favàritx, siempre aguardando

            Cada vez que retorno a Favárixt, donde el demonio del tiempo sostiene en el cáliz del faro su cetro inmóvil, gulusmeo el aire en busca de ese olor de brasas y erosión en que se cifró la felicidad de la infancia. Lejos, perdidos ya los domingos, abro las hojas amarillentas de “El misterio del cuarto amarillo” y casi como si fueran un mapa de regreso a lo perdido, vuelvo a reconocer el perfume del mar de la isla en sus páginas de hojaldre, los restos dactilares del otro que fui un día, el peso inaudito de los años. Leroux, seguramente, sigue dando vueltas por aquellos cerros, oteando el horizonte y buscando a las hermanas Brontë, hecho todo él un oleaje de palabras que el eco de las piedras guarda para siempre como la oración eterna del viento.

sábado, 1 de octubre de 2011

Para almas atormentadas




Juan de Madre –Tislit er-Rbia
Sloper, 2011, 239 pàg.

            Por medio del supuesto hallazgo de seis manuscritos árabes donde se relatan la vida cotidiana de algunos miembros del primer manicomio que se abrió en Fez en el siglo XIII, Juan de Madre (Molins de Rei, 1979), junto al no sabemos si heterónimo Tislit er-Rbia, compone un libro extrañamente hermoso, alejado de los patrones narrativos actuales, empezando por la imposible definición del género, que navega entre el libro de relatos y la falsa novela testimonial. El libro, surcado por una fantasía casi infantil que nos remite a los cuentos clásicos para niños y a las Mil y Una Noches, pero también a los laberintos borgianos o a las historias sin edad de Ana Mª Matute, ofrece una mirada desprejuiciada sobre esos primeros habitantes de la “casa de cura de almas” al tiempo que nos deja una reflexión humanista sobre la locura, una locura no pocas veces lúcida, hermanada a la del Quijote y a la de los grandes dementes de la literatura, aquellos que frente a un mundo no pocas veces hostil y despiadado se aferraron a su redentora capacidad de soñar.
        Libro rebosante de imaginación, fingidamente ingenuo y apto para todos los públicos, “El libro de los vivos” nos descubre una nueva y original voz dentro del a veces manido panorama de nuestra narrativa.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Otoño

Cada vez que llega un nuevo otoño me acuerdo de César González Ruano, el gran articulista madrileño que señoreó con su prosa de orfebre de la Olivetti la “tercera” de ABC durante años. El motivo no es otro que una lecturita insertada en las páginas variopintas de aquellos hoy ya olvidados libros de lectura del viejo EGB de los que actualmente pasamos de los 40. Se titulaba “Las castañeras” y siempre me pareció un prodigio de sencillez y de observación, urdido con esa voluntad de estilo que antaño practicaban los periodistas de opinión, quizá sin saber que fundaban un nuevo género literario: la columna de periódico. Aquel fragmento en cuestión destilaba el mismo aroma que el aire arrastraba por las calles en los otoños de nuestra infancia, cuando los otoños existían de verdad y ya en septiembre había que sacar los chubasqueros y las botas de agua. Recuerdo que empezaba diciendo: “En invierno huele en Madrid, antes de que llegue, a castañas”. Al final, en un bello ejercicio metafórico, acababa comparando a la castañera (siempre vieja, siempre inmutable) con la abuelita imperecedera de Caperucita, pronta a ser devorada por el lobo del frío. Eso, según Umbral, era “el estilo”.


González Ruano se jactaba de poder escribir casi sobre cualquier cosa. El propio Umbral, no recuerdo dónde, refería la anécdota de un Ruano apostado al ventanal del Café Gijón, sin ideas para el artículo diario. Acababa de llover y por el canal de la acera, camino del desagüe, vio que bajaba un barquito de papel. Con esa imagen llenó una “tercera” del diario, divagando sobre la fugacidad de la vida.
Aquellos columnistas de ayer (Pla, Ruano, Cunqueiro, Alcántara, más tarde Umbral) eran, ante todo, escritores, peones entregados a la calderilla alimenticia del artículo, que aplazaban no pocas veces su ingenio y su valía para rellenar los huecos de un diario, o de varios.
Hoy, al llegar otra vez el otoño, con esta climatología de sol tuberculoso que parece desmentirlo un poco, me temo que ya nadie se acuerda de González Ruano ni creo que vaya en ningún libro de texto convenientemente progresista. En cuanto a las castañeras, ese símbolo humilde de la estación, tampoco son ya ni viejas ni jóvenes, a veces ni tan siquiera son mujeres, sólo sombras anacrónicas de una economía subterránea que sustenta la esperanza de tantos, que apuntala un próximo invierno a todas luces difícil y duro. A buen seguro que no será esta vez el lobo del frío el único depredador al que habrá que enfrentarse.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Siestas con Sabato

Apenas un mes y medio antes de su muerte, en una suerte de rara intuición, publiqué este artículo sobre Sabato en el suplemento Culturalia del diario Menorca. Valgan esas mismas líneas como modesto homenaje.


            Argentina ha dado por lo menos tres autores capitales a la historia de la literatura del siglo XX: Borges, Cortázar y Sabato, de entre ellos el más raro, el menos prolífico y el único que aún vive, próximo a cumplir los 100 años. Probablemente también sea el más mal leído de los tres, lo que no ha impedido que con el tiempo se haya convertido en uno de esos autores esenciales, a los que tarde o temprano hay que conocer.
Contrariamente a lo que suele sucederle a la mayor parte de la gente, para mí el impacto de Sabato fue en su momento mayor que el de Cortázar y, desde luego, que el de Borges. Recuerdo perfectamente aquella siesta de verano en que llegaron a mí las tremendas palabras de su gran novela “El túnel”: Existió una persona que podría entenderme. Pero fue, precisamente, la persona que maté”. Esta frase, que cierra el segundo capítulo, resume de un modo exacto no sólo el argumento de “El túnel” sino todo el transfondo de la obra de Ernesto Sabato, es decir, la incapacidad del individuo para convivir con los demás. La más extrema soledad, el egoísmo de las relaciones afectivas, la obsesión enfermiza por redimirnos a través del ser creado a nuestra necesidad y la aparición de una locura lúcida por la que asoma el dolor pero no el arrepentimiento, son algunos de los ingredientes de “El túnel” (1948), la primera gran novela existencialista de las letras castellanas. El mismo título no es sino exposición de la gran parábola que Sabato levanta a través del pintor Juan Pablo Castel, uno de esos personajes que se quedan tatuados en el imaginario colectivo, un pobre desgraciado que intenta ser entendido por los demás sin conseguirlo, que anda solo por un túnel a través de cuyas ventanas se mueve el mundo exterior, ajeno a él, con sus fiestas y sus alegrías. La capacidad metafórica del libro es paradigmática y por sus páginas corre un cauce de onírica pesadilla.

Ernesto Sábato
Sabato también era cafetero

De tendencias depresivas y dueño de una autoexigencia enfermiza que le llevó a destruir algunas obras, Ernesto Sabato no volvió a publicar una novela hasta 1961, cuando apareció la monumental “Sobre héroes y tumbas”, un “Apocalipsis de nuestro tiempo” en palabras del poeta Salvatore Quasimodo; una obra barroca, dostoievsquiana, plagada de metáforas escalofriantes (como la que cruza toda la III parte titulada “Informe sobre ciegos”), una amplificación a gran escala de los temas y obsesiones que ya asomaban en “El túnel”. La novela fue recibida con enormes elogios por la crítica europea y autores como Gombrowicz o Sartre se rindieron a su poder de fascinación, una fascinación nuevamente enlazada con el mundo de los sueños, los presagios, lo oscuro. Una novela de cierta complejidad y, al tiempo, arrebatadora, que llené de subrayados a lápiz hace tantos años que ni recuerdo cuándo. Entonces yo dormía con Sabato, leía su obra antes de entregarme a las siestas de un verano lleno de preguntas, y con sus divagaciones en torno al ser entraba en el duermevela feliz y despreocupado del adolescente.
En 1974 apareció su última novela, “Abaddón el exterminador”, de corte autobiográfico y tono fragmentario, que fue premiada en Francia como mejor libro extranjero y en Italia con el Premio Médicis. Desde entonces no publicaría ninguna otra obra de ficción más, sólo una sucesión de ensayos que ahondan en la problemática del hombre moderno (“Uno y el universo”, “El escritor y sus fantasmas”, etc.) y en 1985, fruto de su condición de presidente de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de personas, un estremecedor volumen conocido como “informe Sabato”. A finales de los 90 apareció un nuevo libro con tono de testamento vital titulado “Antes del fin”, lúcido pero escrito ya con la extenuación del que no quiere seguir escribiendo, casi como si le hubieran obligado.
Lo mismo que sucedió en su día con Rulfo, se especuló durante muchos años sobre la posibilidad de una novela inédita de Sabato. En el caso del argentino existió, pero él la destruyó. No obstante, ha bastado su trilogía para situarle entre los más grandes novelistas del siglo pasado, aunque la academia sueca lo ignore.
Comunista en su juventud, prontamente descreído, Sabato supo como nadie plasmar el nihilismo de una sociedad abocada al fracaso. Al mismo tiempo, como Físico de formación, supo ver y aún preconizar los peligros de un mundo en exceso tecnificado. Su pensamiento evolucionó desde el más absoluto escepticismo a un humanismo filosófico muy marcado en los libros postreros, ensayos agónicos que apenas aportan nada nuevo a su obra.
Refugiado desde hace años en la pintura, sus problemas de visión le impiden leer y escribir, aunque el Sabato escritor muriese hace mucho para convertirse en un clásico contemporáneo, en ese visionario que veló siestas de estío, sueños de un ayer que hoy es humo, cenizas, nada.      

sábado, 10 de septiembre de 2011

Volverás a Comala

Contados han sido los escritores que, como Juan Rulfo, escribieron tan poco a lo largo de su vida y sin embargo vieron con sorpresa cómo se incrementaba su fama y también el modo en que sus lectores se iban relevando década tras década con el entusiasmo creciente de una cofradía entregada a la adoración más absoluta. Cuanto más tiempo pasaba sin aparecer otra obra maestra del mexicano, eternamente demorada, más crecía su leyenda y más se exaltaba su incuestionable importancia en las letras del siglo XX. En realidad, tras dos obras prácticamente insuperables, Rulfo no tenía ninguna intención seria de seguir escribiendo. Su caso es uno de los más ejemplarizantes de lo que se ha venido llamando “síndrome bartleby”, nombre acuñado por Vila-Matas para referirse a esos escritores que, de pronto y por las buenas, dejaron de escribir para siempre.
Las historias en torno al repentino silencio de Rulfo son muchas y él mismo contribuyó a alimentarlas. Que si se había muerto el tío Celerino, el que le contaba las historias; que si se le había apagado la llamita; que si había perdido las ganas… Y así anduvo, entre excusas y mentirijillas para que le dejaran en paz, desde el año 1955 en que se publicó su primera y única novela “Pedro Páramo”, una de las cumbres de la novelística hispanoamericana de todos los tiempos. El libro de relatos “El llano en llamas” (1953) y unos pocos guiones cinematográficos completaban su exigua obra.
Durante años él mismo habló de la escritura de una nueva novela (La cordillera) que debía romper su largo mutismo y confirmarle definitivamente como el mejor escritor latinoamericano de su tiempo. Se aguardó en vano: no sólo no se publicó nunca, sino que tras su muerte (en 1986) no se halló ni rastro de ella.
Siempre he pensado que Rulfo se quedó atrapado en su Comala y no supo salir. O no quiso. Los muertos eran lo suyo y lo retenían a su lado. Consciente de haber creado dos obras maestras con treinta y pocos años, al autor le daba mucha pereza tener que cumplir las expectativas que público y crítica esperaban de él. Hombre tendente al hastío vital, aficionado al alcohol y a la melancolía, no obstante siguió intentado escribir una nueva obra (según algunos amigos y testigos cercanos), pero su autoexigencia le impidió quedar satisfecho, prefiriendo no hacerlo, no publicar, como el personaje de Melville.
En realidad a Rulfo no le entusiasmaba demasiado escribir, lo pasaba mal en ese trance. A él lo que realmente le gustaba era contar, inventar historias. Escribirlas era un suplicio por el que no siempre estaba dispuesto a pasar. Y, aunque cuando no le apetecía hablar podía ser el hombre más críptico y moroso (baste de muestra ver la histórica entrevista que el gran Soler Serrano le hizo en los 70 para el mítico programa de TV “A fondo”, donde apenas logró que se soltara a hablar), lo cierto es que en un ambiente de amigos Rulfo gustaba de contar historias. Era un entusiasta narrador oral, y precisamente en la tradición oral estaba el germen de su obra. Una lectura atenta de “Pedro Páramo” confirmaría mi afirmación, puesto que la novela carece de linealidad temporal, va y viene, se demora en meandros, es tan errática como una historia narrada de viva voz por un anciano frente al fuego. Todo en la novela da la sensación de haber sido transcrito directamente de una voz narradora, una voz que, como en las historias orales, se entrega a los saltos temporales y a las analepsis sin ningún pudor ni pulcritud formal. Eso explicaría la rara manera en que está contada la historia de “Pedro Páramo”, un libro que, aún así, sigue poseyendo un extraño poder de fascinación que no mengua con los años y en el que no se describe la realidad, sino que ésta es recreada.
Octavio Paz dijo, acertadamente, que en la obra rulfiana la visión del mundo era, en realidad, la visión de otro mundo. En “Pedro Páramo”, una novela de apenas 120 páginas, no podía ser de otra forma. El mítico territorio literario de Comala, el pueblo fantasma en el que incluso Juan Preciado, el falso narrador, es un difunto sin saberlo, se extiende como parábola universal del propio mundo. Comala es, en el fondo, el mundo mismo en que vivimos, un mundo en el que se exalta y se venera a los muertos, junto a los que convivimos desde el albor de los tiempos. El recuerdo de los que marcharon, su presencia en cada objeto, frase, retrato u obra, nos rodea con un peso mayúsculo. Los muertos están por todas partes, están en nuestra vida con mayor protagonismo que muchos vivos. La mayoría de los grandes libros que leemos fueron escritos por personas que ya murieron. La mayoría de la música, la pintura, las películas, las casas en las que vivimos, los árboles que nos cobijan, las iglesias, son obras de gentes que ya no están, fantasmas que de algún modo siguen ahí, como los personajes errabundos de Comala.
Quizá sea por eso que cada vez tengo menos dudas ante el interrogante de si no seremos todos habitantes de ese pueblo de aparecidos y difuntos que es la Comala de Rulfo. Cada vez que retorno a la isla ese mismo verbo, retornar, adquiere para mí su expresión más amplia. Retorno, sí, al pasado, incluso a lo perdido. El mero espejismo del tiempo, al que la isla entera parece impermeable, es una verdad a medias, casi un lenguaje funcional contra la locura. Y en el más pueril rincón me asolan los espectros que siempre van conmigo y son ya parte de mí, los recuerdos inmarchitables que varan –como una barca ancestral- este presente nunca poseído, este presente de todos nosotros que nada es sino un ensayo torpe de la vida, un argumento más para que el pasado nos muestre que todo permanece de algún modo intacto, que nada arde ni perece por completo en los días plagiados y llenos de luz de la isla.
Vivimos y existimos en una Comala interior cuyo fin de recorrido, como le sucede al personaje de “Pedro Páramo”, no es sino la muerte. Pero no sólo respecto a nuestra propia finitud irremediable, sino también en cuanto a la caducidad de todo lo que nos rodea: paisajes, personas, cosas, bagatelas que componen nuestro paseo por la calle principal de este pueblo sin salida donde únicamente quedan marañas, visiones y mentiras a las que se aferra la mente cuando la vida empieza a alargar nuestra sombra.

domingo, 4 de septiembre de 2011

El otro Verdaguer


Mario Verdaguer, autor olvidado

Noticia del olvido

            El 13 de junio de 2010 se cumplieron, en medio de un previsible silencio, 125 años del nacimiento de Mario Verdaguer, el mayor prosista menorquín en lengua castellana hasta el día de hoy. Dudo mucho de que el ciudadano de a pie sepa quién fue el personaje que vio la luz en el número 52 (hoy 62) de la mahonesa calle de Isabel II en 1885. Mientras los fastos de su pariente Jacinto Verdaguer aún retumban, la memoria de Mario duerme entre las sombras de un inmerecido olvido. Y lo que es aún más triste, gran parte de este silencio nace en su propia tierra, en la probada desidia de las instituciones locales encargadas teóricamente de velar por la cultura y por el recuerdo de aquellos isleños destacados que dedicaron su vida al arte. Una política cultural ésta ya por desgracia demasiado habitual en las islas, donde la memoria colectiva brilla por su ausencia y la apuesta (honesta pero inaceptablemente única) por la hegemonía de una cultura catalana ha desterrado al silencio a aquellos que cometieron el pecado de construir su obra en castellano. Porque, digámoslo de una vez, Mario Verdaguer era un menorquín que escribía en castellano, como Valle-Inclán fue un gallego que escribió en la lengua de Cervantes y resulta difícil hallar unas páginas donde la esencia galaica esté más presente. Lo mismo sucede en “Piedras y viento” (1927), la gran novela que nuestro paisano dedicó a Menorca y que supone el más certero y evocador ejercicio literario que sobre la isla y su idiosincrasia se ha escrito.

Un poco de vida
           
            Mario Verdaguer pasó poco tiempo en su Mahón natal, ya que la familia, aficionada al peregrinaje, pasó en pocos años por Segovia, Logroño, Tarragona, y finalmente Barcelona. En 1893 el padre, Magín Verdaguer, obtiene la cátedra de Retórica del Instituto de Baleares, en Palma de Mallorca, hacia donde partirán, y donde nuestro escritor pasará su juventud. En esta ciudad nacería su hermano Joaquín, asimismo destacado escritor (este sí en lengua catalana), autor de un impagable cuento lleno de humor e ironía, “Al caire de la vida”, como de un libro sobre la vida del Dr. Guardia, “Un menorquí indòmit”. 
            En 1902 Mario se traslada a Barcelona para cursar Derecho, carrera elegida por el padre y que él, impregnado ya por el maleficio de las letras, aborrece. Finalmente, a trancas y barrancas, se licencia en 1914 tras un abandono de cuatro años. En 1904 aparece su primer artículo en el diario La Almudaina y en 1908 publica sus dos primeros libros, el poemario “En el Angelus de la tarde” y la novela corta “La venus llora”, ambas de marcado acento modernista y consideradas posteriormente por su autor “pecados de juventud”. En 1910 obtiene su primer premio literario en los Juegos Florales de Palma con dos poemas.
            La obra de Verdaguer no es moco de pavo: tres guiones cinematográficos, diez obras de teatro, trece novelas, dos libros de cuentos, dieciséis traducciones, tres libros de poemas, cuatro de misceláneas, tres biografías noveladas y dos libros de recuerdos. A ello debería añadirse su importante labor periodística (especialmente como crítico literario) en rotativas tan importantes como La Vanguardia, donde acabó fijo en 1920 con un sueldo de 220 pts al mes. Esto unido a su puesto paralelo como director de la Agencia de Noticias Radio (1918-1928) y la aparición de su primera gran novela, “La isla de oro” (1926) le llevan al umbral de la fama. Así mismo es director literario de la editorial Lux y en 1935 le nombran director de Internacional en La Vanguardia. En 1927 es nombrado director de la revista Mundo Ibérico, por cuyas páginas aparecen Gómez de la Serna, Cansino Assens, Benjamín Jarnés, López-Picó, etc. Nuestro autor se ha convertido, por tanto, en un hombre que vive por y para las letras, y es ya ampliamente conocido y valorado en el mundo literario peninsular. Pero su prestigio va más allá y sus libros reciben elogiosas críticas en Roma, París, Moscú, La habana o México. Todo este hermoso panorama acabará para él cuando estalle la guerra del 36. El mismísimo Antonio Machado le recomienda el exilio pero Verdaguer, tranquilo con su conciencia, se queda. Es encarcelado y pasa por diversas prisiones, hasta acabar en Montjuic. Tras unos meses de cautiverio, que relata en su novela corta “Contraluz” (1954) es puesto en libertad. Harto del ambiente violento de Barcelona el escritor decide retirarse a Palma en 1940. La tragedia de la guerra, la falta de amigos y las pesimistas perspectivas laborales tras años de éxito y bonanza le sumieron en un periodo negro, un periodo que, como para tantos otros intelectuales, supuso un handicap para el reconocimiento de su obra y un paulatino abocamiento hacia el olvido que dura hasta hoy. Verdaguer sobrevivió como empleado en una compañía de seguros de Palma hasta su jubilación en 1958, triste fin para un hombre de su talento y condiciones.  Durante estos años tuvo dificultades para publicar sus obras, se dedicó a la traducción, y hasta finales de los 50 no logra que nuevamente una editorial importante, la barcelonesa Barna, edite alguno de sus libros: “Medio siglo de vida íntima barcelonesa” (1957) y “Un verano en Mallorca” (novela, 1959). Pero el gran momento de Verdaguer ha pasado, su prestigio de los años 20 y 30 no puede recuperarse ya (pese a que se traduce “La isla de oro” al francés). Por nostalgia, y como último intento, regresa a vivir a Barcelona en 1958. Se agrava el Parkinson que sufre y está casi ciego, aunque recupera la visión tras ser operado en 1961. En su amada La Vanguardia publica un artículo sobre esta experiencia que le reporta su último triunfo literario, un segundo premio en un concurso organizado por la “Cruzada de protección Ocular”. Sus últimos años son tristes, sólo endulzados por algún homenaje a cargo de amigos, como el que recibe en el Ateneo de Mahón en 1960, o en 1962 al ser nombrado Hijo Ilustre de la ciudad. Fallece en Barcelona el 7 de noviembre de 1963.

La obra

            Verdaguer siempre ha sido considerado un autor vanguardista, de esa vanguardia efímera de entreguerras que acabó abruptamente en 1936, proveniente en gran parte del Novecentismo, claramente europeísta, rupturista y original. Con la excepción de Ramón Gómez de la Serna, esta hornada de prosistas de vanguardia ha sido a menudo perjudicialmente eclipsada por la brillante generación poética del 27. El gris panorama narrativo de posguerra, y el retorno a posturas y corrientes conservadoras, no ayudó tampoco a revalorizarlos.
            El profesor López Antuñano, en una esclarecedora introducción al tomo de cuentos de Verdaguer editado por la editorial mallorquina Bitzoc en 1992, se complace en dividir la obra del autor mahonés en tres grandes periodos. Primeramente el que denomina “Modernista” (1908-1920), con obras de escaso interés; un segundo llamado “Intelectual-Vanguardista” (1924-34), que alberga sus mejores obras: “La isla de oro” (alabada por Azorín), “Piedras y viento”, “El marido, la mujer y la sombra” o “Un intelectual y su carcoma” (1934, considerada su obra maestra y reeditada al menos en cuatro ocasiones por Editorial Planeta en los sesenta); finalmente cerraría el ciclo el periodo “Memorialista” (1945-63), donde se aparta del tono intelectual, el estilo se empobrece y hay una mayor preocupación social y política, así como el peso del recuerdo, en novelas y libros diversos como “El camino de todos”, “Un verano en Mallorca”, “Maravilloso laberinto”, etc.

Retorno al olvido   
            ¿Qué ha sido de esta ingente obra? ¿Dónde podemos encontrar sus libros?
             Hace casi dos décadas apareció una voluntariosa y del todo insuficiente traducción catalana de “Piedras y viento”, que apenas circuló fuera de la isla, y en 1992 la excelente edición ya citada de Bitzoc. Finalmente, en 2008 se reeditó en tirada limitada a cargo de la Universidad de las Illes Balears su libro "Medio siglo de memoria íntima barcelonesa". Desde entonces nada, el mutismo más absoluto. Hace unos años leí que el Govern Balear participaba junto a la Generalitat y el Institut d’Estudis Catalans en la magna edición de las Obras Completas de Pompeu Fabra. Loable iniciativa, sin duda, que choca en cambio con el total desamparo institucional en que se ven grandes autores isleños como el propio Verdaguer, digno merecedor también de unas Obras Completas. No es el único, la lista sería larga. Dado los tiempos poco propicios que corren, es evidente que esa necesaria recuperación deberá seguir esperando.
            No obstante hay motivos para la esperanza. Verdaguer vuelve, de tarde en tarde, a asomarse a los suplementos culturales nacionales. No hace mucho tiempo, con motivo de la reedición en bolsillo de “La montaña mágica” de Thomas Mann (cuya traducción, aún en uso y considerada la mejor, se debe a nuestro paisano), el prestigioso crítico ya fallecido Rafael Conte se hacía eco en las páginas de El País de la labor traductora y literaria del “injustamente olvidado Mario Verdaguer”. Y es que aún les queda a los menorquines, gracias a sus ineficaces instituciones culturales, pasar la vergüenza de que sean otros, quizá con iniciativas privadas, los que  tarde o temprano rescaten la memoria de nuestro autor.