El responsable del café

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Nací en Mahón, isla de Menorca, en 1970. Estudié Delineación y Geografía e Historia, pero ejercí durante años multitud de empleos del más variado pelaje. También frecuenté desde muy joven los ambientes teatrales y culturales de mi isla natal, desempeñándome como actor, cantante lírico, locutor de radio y articulista de prensa. Desde entonces he venido ejerciendo el columnismo y la crítica literaria en numerosos medios, obteniendo en 1994 el premio Mateo Seguí Puntas de periodismo. Poeta oculto, como narrador he publicado las novelas "En algún lugar te espero" (accésit del Premio Gabriel Sijé, 2000) y "Hospital Cínico" (2013), y los libros de relatos "Las espigas de la imprudencia" (Bcn, 2003) y "Domingos buscando el mar" (Premio Café Món de Narrativa, 2007). Cuento además con un puñado de premios y menciones en certámenes nacionales de cuento (Revista Mujer 21, El Fungible, Casa de Andalucía, Francisco Candel, Internacional Max Aub, etc.) y algunos de mis relatos figuran en varias antologías. Desde 2002 vivo y escribo en Hospitalet de Llobregat.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Otoño

Cada vez que llega un nuevo otoño me acuerdo de César González Ruano, el gran articulista madrileño que señoreó con su prosa de orfebre de la Olivetti la “tercera” de ABC durante años. El motivo no es otro que una lecturita insertada en las páginas variopintas de aquellos hoy ya olvidados libros de lectura del viejo EGB de los que actualmente pasamos de los 40. Se titulaba “Las castañeras” y siempre me pareció un prodigio de sencillez y de observación, urdido con esa voluntad de estilo que antaño practicaban los periodistas de opinión, quizá sin saber que fundaban un nuevo género literario: la columna de periódico. Aquel fragmento en cuestión destilaba el mismo aroma que el aire arrastraba por las calles en los otoños de nuestra infancia, cuando los otoños existían de verdad y ya en septiembre había que sacar los chubasqueros y las botas de agua. Recuerdo que empezaba diciendo: “En invierno huele en Madrid, antes de que llegue, a castañas”. Al final, en un bello ejercicio metafórico, acababa comparando a la castañera (siempre vieja, siempre inmutable) con la abuelita imperecedera de Caperucita, pronta a ser devorada por el lobo del frío. Eso, según Umbral, era “el estilo”.


González Ruano se jactaba de poder escribir casi sobre cualquier cosa. El propio Umbral, no recuerdo dónde, refería la anécdota de un Ruano apostado al ventanal del Café Gijón, sin ideas para el artículo diario. Acababa de llover y por el canal de la acera, camino del desagüe, vio que bajaba un barquito de papel. Con esa imagen llenó una “tercera” del diario, divagando sobre la fugacidad de la vida.
Aquellos columnistas de ayer (Pla, Ruano, Cunqueiro, Alcántara, más tarde Umbral) eran, ante todo, escritores, peones entregados a la calderilla alimenticia del artículo, que aplazaban no pocas veces su ingenio y su valía para rellenar los huecos de un diario, o de varios.
Hoy, al llegar otra vez el otoño, con esta climatología de sol tuberculoso que parece desmentirlo un poco, me temo que ya nadie se acuerda de González Ruano ni creo que vaya en ningún libro de texto convenientemente progresista. En cuanto a las castañeras, ese símbolo humilde de la estación, tampoco son ya ni viejas ni jóvenes, a veces ni tan siquiera son mujeres, sólo sombras anacrónicas de una economía subterránea que sustenta la esperanza de tantos, que apuntala un próximo invierno a todas luces difícil y duro. A buen seguro que no será esta vez el lobo del frío el único depredador al que habrá que enfrentarse.

1 comentario:

macfacizar dijo...

Se nota que eres un ávido lector desde niño