El responsable del café

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Nací en Mahón, isla de Menorca, en 1970. Estudié Delineación y Geografía e Historia, pero ejercí durante años multitud de empleos del más variado pelaje. También frecuenté desde muy joven los ambientes teatrales y culturales de mi isla natal, desempeñándome como actor, cantante lírico, locutor de radio y articulista de prensa. Desde entonces he venido ejerciendo el columnismo y la crítica literaria en numerosos medios, obteniendo en 1994 el premio Mateo Seguí Puntas de periodismo. Poeta oculto, como narrador he publicado las novelas "En algún lugar te espero" (accésit del Premio Gabriel Sijé, 2000) y "Hospital Cínico" (2013), y los libros de relatos "Las espigas de la imprudencia" (Bcn, 2003) y "Domingos buscando el mar" (Premio Café Món de Narrativa, 2007). Cuento además con un puñado de premios y menciones en certámenes nacionales de cuento (Revista Mujer 21, El Fungible, Casa de Andalucía, Francisco Candel, Internacional Max Aub, etc.) y algunos de mis relatos figuran en varias antologías. Desde 2002 vivo y escribo en Hospitalet de Llobregat.

domingo, 23 de octubre de 2011

El eterno caminante

         Por esos extraños lazos que teje la vida, yo llegué a la poesía a través de las matemáticas, concretamente por el sopor que me producían las clases de esta materia cuando tenía diez u once años. El aburrimiento me arrastró a hojear el libro de Lenguaje, que era una edición azul con lecturas diversas y una columna a la derecha de la página donde se daba cuenta de los autores. Entre otros hoy olvidados, allí aparecían los poetas típicos de los libros de texto de aquellos años: Espronceda y su inefable “Canción del pirata”, Bécquer y su arpa, Iriarte y sus fábulas, Campoamor y sus ripios. El viernes que llegué a casa recitando aquello de “En el salón del ángulo oscuro” mi madre debió pensar que al fin había encontrado algo que me gustaba, pues yo jamás hasta entonces me había molestado en aprenderme nada de memoria. Tal vez debido a que yo era el primer sorprendido por tan extraño hecho, continué visitando a escondidas aquel libro de Lenguaje en las horas de Matemáticas. Y así me ha ido luego, claro, aunque descubrir la belleza bien valía acabar multiplicando con los dedos.
            De esta forma casi fortuita, en esos años sin Internet ni videoconsolas, donde coleccionábamos cromos y leíamos tebeos, yo hice de la poesía mi refugio particular, sobre todo cuando las cosas pintaban mal y los profesores me echaban broncas por no esforzarme, aunque me guardaba mucho de ir diciéndolo por ahí, pues eso hubiera equivalido a declararme extraterrestre, es decir, más raro de lo que ya era porque, por si no fuera poco, me había dado también por intentar emular a mis recién descubiertos amigos. La vocación, entre papelotes con versos ilegibles y bocadillos de chorizo, ya estaba ahí, limando al hombre que, para bien o para mal, me iba a tocar ser.
 
            En aquella especie de iglú confesional que había montado virtualmente en mi pupitre fui descubriendo que las palabras tenían vida, que te hacían cosquillas en el alma y que, en mi caso concreto, te aliviaban de tu propia mediocridad. Con el tiempo fui conociendo a muchos autores –algunos de los cuales ya nunca me abandonaron-, y pude establecer mi propio ranking de poetas. En los primeros puestos siempre estaban algunos de los más habituales en los libros de entonces: Juan Ramón, Miguel Hernández, Lorca. También me habían entusiasmado varios vates hoy muy poco recordados (empezaba ya mi afición por los autores olvidados), como José Carlos de Luna y su clásico “El piyayo” (estaba en todos los libros de texto de hace 30 años) y “Mi vaquerillo” de José Mª Gabriel y Galán, un poema que literalmente me hacía rozar el cielo y que para mí, parco aún en lecturas, resultaba la más alta expresión de la belleza poética.
            Pero si había en esa lista un poeta que me parecía el mejor de todos, el que siempre situaba en el primer puesto, ese era Antonio Machado. En mi parnaso particular sólo Juan Ramón Jiménez le hacía sombra desde lejos. Machado representaba para mí la materialización de lo que muchas veces sentía confusamente, la descripción de un estado anímico poco usual en un niño de 10 años, más bien dado a la fantasía y a los juegos solitarios.
            Ahora, mirado desde esta atalaya en la que peino canas y alopecia, la elección no me parece tan extraña. No en vano, Machado es el poeta de la soledad y la nostalgia, el hombre solo que hace de su poesía un castillo de versos, un refugio de recuerdos, un cuartel de invierno donde morar esperando primaveras que se presentan en forma de viejos olmos que reverdecen. Todo en Machado es una rememoración del tiempo ido, de aquello que ya no va a volver (“Mi infancia son recuerdos/ de un patio de Sevilla”, “…y recuerdo otro viaje/ hacia las tierras del Duero”,), y al mismo tiempo un diálogo incesante consigo mismo. Su poesía está escrita desde la sinceridad más abierta, nada en ella es engolado ni fingido, por eso es emotiva y siempre verdadera, un desgarro mismo de su propio ser, triste e incompleto tras la pronta muerte de su compañera Leonor. Pero su obra trasciende el mero luto interior para establecer una visión desengañada de España, personalizada en las tierras castellanas, de la que en ocasiones Machado intenta evadirse por medio de la ensoñación y del amor por la naturaleza (“Soñé que tú me llevabas/por una blanca vereda”, “Anoche cuando dormía/ soñé ¡bendita ilusión!/ que era Dios lo que tenía/ dentro de mi corazón”, “Yo voy soñando caminos/de la tarde…”).
            Machado era un hombre sencillo y desaliñado, un sevillano atípico dado a la melancolía. Quienes le conocieron le tildaron de bueno y generoso, como debe ser todo verdadero poeta. Hoy, a pesar de que no sé si le lee ya mucha gente, continúa siendo el cantor eterno de los olivares, las lechuzas, las alamedas, los olmos secos. El pueblo entero –incluso aquellos que jamás han leído un solo verso- recita la monotonía de lluvia tras los cristales, el caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Porque su obra atemporal sigue viva en la memoria colectiva de un país que, pese a su tendencia a olvidar, ha sabido erigir a Machado como su más grande poeta civil.
             El ímpetu de la juventud me alejó bastantes años de Machado, en pos de otras lecturas, de otras poéticas (soberbias de verso libre) que parecían más cercanas, más de hoy. Pero después de todo “Hoy es siempre todavía”, y uno acaba por volver tarde o temprano de donde partió, echando de menos lo esencial e inmutable, lo eternamente humano. Machado no sólo me parece hoy un poeta de clara y necesaria lucidez actual, sino todo un ejemplo de la imposible disociación entre la vida y la literatura. Su cuerpo se quedó en la tierra lejana de aquellos días azules y aquel sol de la infancia, cerca del mar, pero todo lo demás vuela para siempre en esa luz germinal que alumbró también un tramo de mi vida, aunque para ello me quedara sin saber cómo demonios se resuelve una raíz cuadrada.   

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