El responsable del café

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Nací en Mahón, isla de Menorca, en 1970. Estudié Delineación y Geografía e Historia, pero ejercí durante años multitud de empleos del más variado pelaje. También frecuenté desde muy joven los ambientes teatrales y culturales de mi isla natal, desempeñándome como actor, cantante lírico, locutor de radio y articulista de prensa. Desde entonces he venido ejerciendo el columnismo y la crítica literaria en numerosos medios, obteniendo en 1994 el premio Mateo Seguí Puntas de periodismo. Poeta oculto, como narrador he publicado las novelas "En algún lugar te espero" (accésit del Premio Gabriel Sijé, 2000) y "Hospital Cínico" (2013), y los libros de relatos "Las espigas de la imprudencia" (Bcn, 2003) y "Domingos buscando el mar" (Premio Café Món de Narrativa, 2007). Cuento además con un puñado de premios y menciones en certámenes nacionales de cuento (Revista Mujer 21, El Fungible, Casa de Andalucía, Francisco Candel, Internacional Max Aub, etc.) y algunos de mis relatos figuran en varias antologías. Desde 2002 vivo y escribo en Hospitalet de Llobregat.

jueves, 10 de octubre de 2013

Todos quieren un Planeta



Contrariamente a lo que pudiera parecer, la atracción del premio literario no es algo actual. Ya en 1900, el por entonces famoso concurso de cuentos de El Liberal de Madrid atrajo a 667 concursantes. El premio no era moco de pavo para la época (500 pesetas). Y ya entonces se le dio el galardón a un escritor y periodista en boga en esos años, José Nogales, autor de tercera que el tiempo se encargó de borrar, seguramente con toda justicia. El segundo premio, como hoy los finalistas de algunos certámenes famosos, fue a parar a otra personalidad literaria del momento, doña Emilia de Pardo Bazán. Entre aquellos 667 concursantes, de la mayoría de los cuales jamás sabremos, había un joven autor extravagante al que dejaron al pairo, un tal Ramón del Valle Inclán. Baste el ejemplo para comprobar la ya vieja y discutida fiabilidad de los premios.
La socarrona pluma de Clarín se regodeaba en uno de sus “paliques” ante tamaña participación en el certamen de El Liberal: “Pasma la fecundidad de nuestro pueblo para inventar mentiras”. Cada año recuerdo esta frase cuando veo la alta participación que obtiene el premio de los premios: el Planeta. 500 obras presentadas. Quinientos autores, quinientas ilusiones, quinientas botellas a un mar proceloso, ¿quinientos ingenuos? De todo hay.
No deja de resultar como mínimo curioso que el mejor dotado de los galardones literarios españoles congregue anualmente este alud de obras postulándose al éxito, máximo teniendo en cuenta que también es uno de los premios menos fiable del panorama. El Planeta no ha premiado a ningún autor desconocido u incipiente desde los primeros 70, y sólo ha arriesgado rara vez con algún que otro finalista y con algún joven autor que venía precedido por alguna obra exitosa (casos como el de De Prada o Espido Freire, de los que en ningún caso fueron los descubridores iniciales). Aún así, el Planeta y su suculenta bolsa no han perdido su poder de convocatoria. Ni un ápice.
Es hasta cierto punto comprensible que un autor de los llamados “consagrados” busque en el Planeta un retiro dorado (más incluso que el prestigio literario, ya muy cuestionado). Con el dinero de este premio, un escritor puede dejar los malabarismos garbanceros propios del gremio y dedicarse a su obra con la tranquilidad necesaria. A priori esto no debe parecernos mal, pues no se me antoja más obsceno dar 600.000 euros a una novela que millones a un tipo que corre tras un balón. Pero, ¿se premia siempre la mejor obra recibida o se premia al nombre famoso? Gran pregunta esta, en parte respondida ya en una ocasión por el viejo y astuto Lara: “si yo convoco un premio de pintura y se me presenta un Picasso, ¿a quién doy el premio?” A buen entendedor…
El Planeta, justo es decirlo, lleva años sin aportar nada realmente importante, nuevo o rompedor a la literatura española. Ni tan siquiera autores de toda solvencia e incuestionable talento como Marsé, Mendoza o el propio Cela ganaron con ninguna de sus mejores obras. En efecto, el caso se nos parece demasiado a aquella añosa convocatoria de El Liberal de hace un siglo, capaz de no discernir la calidad de un Valle Inclán en ciernes para ofrecer el premio al autor renombrado de turno. Pero luego llega el tiempo, implacable jurado, y ya sabemos cómo las gasta.

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