El responsable del café

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Nací en Mahón, isla de Menorca, en 1970. Estudié Delineación y Geografía e Historia, pero ejercí durante años multitud de empleos del más variado pelaje. También frecuenté desde muy joven los ambientes teatrales y culturales de mi isla natal, desempeñándome como actor, cantante lírico, locutor de radio y articulista de prensa. Desde entonces he venido ejerciendo el columnismo y la crítica literaria en numerosos medios, obteniendo en 1994 el premio Mateo Seguí Puntas de periodismo. Poeta oculto, como narrador he publicado las novelas "En algún lugar te espero" (accésit del Premio Gabriel Sijé, 2000) y "Hospital Cínico" (2013), y los libros de relatos "Las espigas de la imprudencia" (Bcn, 2003) y "Domingos buscando el mar" (Premio Café Món de Narrativa, 2007). Cuento además con un puñado de premios y menciones en certámenes nacionales de cuento (Revista Mujer 21, El Fungible, Casa de Andalucía, Francisco Candel, Internacional Max Aub, etc.) y algunos de mis relatos figuran en varias antologías. Desde 2002 vivo y escribo en Hospitalet de Llobregat.

lunes, 25 de agosto de 2014

Mortal y violeta



            Hay libros que uno preferiría no tener que comentar, arrastrado por la estúpida vanidad que nos hace creer que el mero hecho de no hacerlo sería sinónimo de que éste no existe y, por tanto, de que lo narrado no ocurrió jamás. Sin embargo Sergio del Molino (Madrid, 1979) no sólo ha necesitado dejar constancia de que sí sucedió, sino que ha buscado en la escritura hallar la palabra imposible que viniese a definir el estado de los padres que pierden a un hijo. Pero no hay en nuestro idioma ningún vocablo que pueda dar nombre a una pérdida tan terrible. Se puede ser huérfano o viudo, ¿pero en qué se convierten unos padres a los que se les muere un niño pequeño? Nada, ni tan sólo el lenguaje cotidiano parece atreverse a darle una denominación.
La hora violeta
Sergio del Molino
Mondadori, 208 pág
            Del Molino, formado como periodista y residente desde hace tiempo en Zaragoza, ha conjurado las palabras de las que disponía para, al menos, explicarse su dolor, su enorme vacío, su injusto papel de padre incompleto. Sin embargo, y aunque el referente sea inevitable, este libro repleto de lucidez y admirable temperancia, no se parece demasiado al “Mortal y rosa” de Umbral, una obra básicamente literaria, de un lirismo descarnado, donde la supuración de la pérdida se hace presente en la metáfora más que en la mera narración de los hechos.
“La hora violeta”, esa hora de los temidos asuetos que evoca el verso de Eliot, es casi un diario sin fechas del calvario que supone vivir la leucemia de Pablo, un niño de apenas un año. También la constatación de las cosas que al autor le pasan por la cabeza, de los refugios mentales que busca desesperadamente, porque el libro se empeña en no ser una mera acumulación lamentosa de hechos, de descripciones abominables e invocaciones agónicas, sino fragmentos de reflexión en medio del absurdo, en mitad de la oscuridad, en el lugar inhóspito que los viejos mapas medievales señalaban con la leyenda de “A partir de aquí, monstruos”.
           Este libro resulta terrible, y al mismo tiempo está lleno de luz, de ternura y de belleza, de guiños de humor y de esperanza. Con él Del Molino no sólo pasa a ser seguramente un escritor muy distinto del que fue hasta ahora, sino que logra algo que parece imposible: recuperar al hijo a través del dolor, hacerlo presente en cada punzada y en cada ausencia como si nunca se hubiera marchado. Y en el fondo así es, porque desde las páginas de este magnífico libro una parte del pequeño Pablo se queda para siempre junto a todos nosotros, mortal y violeta.    

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