El responsable del café

Mi foto
(Mahón, isla de Menorca,1970). Desde muy joven he venido ejerciendo el columnismo y la crítica literaria en numerosos medios, obteniendo en 1994 el premio Mateo Seguí Puntas de periodismo. Actualmente soy colaborador de la revista Librújula (Premio Nacional al Fomento de la Lectura, 2023). Poeta oculto, como narrador he publicado las novelas "En algún lugar te espero" (accésit del Premio Gabriel Sijé, 2000. Reeditada en ebook en 2020, Amazon), "Hospital Cínico" (2013) y "Summertime blues" (finalista del premio Ateneo-Ciudad de Valladolid, 2019); y los libros de relatos "Las espigas de la imprudencia" (Bcn, 2003) , "Domingos buscando el mar" (Premio Café Món de Narrativa, 2007) y "Sopa de fauno" (2017). En el año 2019 apareció el recopilatorio de artículos sobre literatura "Libros dedicados". He obtenido un puñado de premios y menciones en certámenes nacionales de cuento y algunos de mis relatos figuran en varias antologías. Desde 2002 vivo y escribo en Hospitalet de Llobregat.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Un puñado de raros (I)

Aunque publiqué este artículo ya hace algún tiempo, creo que mantiene su vigencia y su interés. Ahí va la primera parte:

          La historia de la literatura, como otras disciplinas del arte, está repleta de casos curiosos en los que autores dotados de talento se malograron en la cúspide de sus trayectorias, quedando sepultados por la pátina inmisericorde del olvido, o bien dejaron de escribir por iniciativa propia, abrazando esa misteriosa decisión rulfiana que se ha venido definiendo en los últimos tiempos como conducta “bartleby”, haciendo alusión al famoso personaje de Melville que ante cualquier obligación “prefería no hacerlo” y que Enrique Vila Matas acuñó en su libro “Bartleby y compañía” en 2000. 
            Ignoro de dónde procede mi fascinación por los olvidados, los raros, los fracasados o los malditos, no sólo en literatura sino también en pintura, cine o música. Sin duda poseen un atractivo mucho mayor que el del triunfador, siempre tan predecible. Quizá sea que uno se reconoce y se refleja en ellos, en sus vidas a veces dolorosas o miserables, a veces marcadas por una suerte puñetera, meandrosa y esquiva. Pero, por encima de todo, siempre me obsesionó comprender los mecanismos por los cuales un artista llamado al éxito acababa abocado al fracaso, al aislamiento (voluntario o no) y no pocas veces a la destrucción física o psicológica. Las causas son múltiples y variadas, en ocasiones debidas a naturalezas proclives a todo rechazo social hostil o conformista, otras a la ceguera, la ignorancia, los prejuicios y la falta de criterio de toda una sociedad.
Siempre es difícil comprender por qué buenos escritores, algunos incluso excelentes, quedaron inscritos para siempre en las listas de la ignominia mientras otros, no necesariamente mejores, se llevaron las rosas y los laureles y quedaron de algún modo perpetuados. Supongo que por eso, por un raro afán de justicia, siempre preferí juzgar los aceptados cánones literarios por mí mismo, motivo que explicaría bastantes de mis inusuales lecturas y mi frecuentación de autores que hoy –salvo contadas excepciones- apenas nadie recuerda. En castellano existen algunos malditos clásicos, bohemios a la vieja usanza, que han sido reivindicados hoy por autores actuales, casos como los de Pedro Luis de Gálvez, Eliodoro Puche, Silverio Lanza, Armando Buscarini, Carmen de Burgos, etc. Pero no es necesario remontarse un siglo atrás, los hay más cercanos. Basten, seguidamente, un puñado de ellos, curiosidades bibliográficas para lectores que no se conformen con el best seller vaticanesco o el planetilla de turno.

José Mª Sanjuán
            Descubrí a Sanjuán en una añosa antología de los míticos premios Hucha de Oro de cuentos, en los tiempos en que me dio por rastrear en el subsuelo del cuento español de los años 1960-1970. El autor, nacido en Barcelona en 1937 y periodista de profesión, aparecía fotografiado en una cama mientras sostenía el trofeo del premio citado. Eso llamó mi atención. Indagué un poco y descubrí que Sanjuán padecía entonces un sarcoma en una pierna que le mantenía postrado en cama. En 1963 había ganado el premio Sésamo de novela corta por “Solos para jugar”. En 1967, ya muy enfermo, su novela “Réquiem por todos nosotros” obtuvo el premio Nadal, aunque el autor apenas pudo disfrutar de ese éxito porque falleció pocos meses después con sólo 30 años.
            Creo que fue en el invierno de 1993, durante el cual prácticamente me enclaustré varios meses en un cuarto del que salía apenas para comer, cuando leí, sorprendido, “Réquiem por todos nosotros”, una obra con intención de retrato generacional, pesimista, desencantada, ajena a los moldes de la novela realista aún imperante en la España de 1967. Conocedor de los aires revolucionarios que recorrían Europa, y próximo el advenimiento del Flower Power estadounidense del 68 y el Mayo Francés con sus utopías, Sanjuán supo captar la ingenuidad de esa nueva juventud e incluso predecir su hastío, su decepción y su fin. Sorprende que en su precario estado de salud, el autor fuera capaz de escribir una obra tan viva, que leída hoy supera con aprobado alto el siempre severo examen del tiempo. Por eso no deja de resultar incomprensible el hecho de que no haya vuelto a reeditarse ni ésta ni ninguna otra de las escasas obras (dos libros de cuentos y otras 2 novelas) que dejó Sanjuán, un más que notable autor olvidado por completo.

Julián Ayesta
            El del gijonés Julián Ayesta Prendes (1919-1996) es uno de los casos de abstención literaria más curioso de nuestras letras. Diplomático de carrera, escribió varias obras teatrales, un puñado de cuentos y un inclasificable libro llamado “Helena o el mar del verano”. Y tras eso siguió un silencio que duró hasta su muerte.
Publicada por la revista Ínsula en 1952, “Helena o el mar del verano” circuló desde el principio entre un reducido número de lectores que la consideraron una obra extraordinaria y alimentaron su mito de libro raro y difícil de encontrar. La obra es muy breve, apenas 87 páginas, por lo que difícilmente se la puede considerar una novela ni tampoco un cuento. Se trata de un relato breve de una sutileza y lirismo que rompe con todo lo que se escribía en España en los años 50, una obrita intencionadamente bella en el más amplio sentido de la palabra, llena de imágenes sugestivas, palabras bruñidas de luz y una atmósfera irreal que remite al cuento infantil sin acabar de serlo. Todo en ella, incluido el argumento, es mínimo y simple. Cuenta la relación entre el joven narrador y Helena, una pre-adolescente rubia, hermosa y juguetona, a lo largo de unos idílicos veranos donde sus respectivas familias veranean juntas. Ayesta, con una sensibilidad casi poética y apenas sugiriendo, levanta poco a poco un particular homenaje al primer amor, donde la nostalgia de su naturaleza efímera, pero también la esperanza de la felicidad, se dan la mano.
Descubrí esta obra hace muchísimos años al leer un fragmento de ella en la mítica antología de cuentistas españoles de García Pavón. Recuerdo que también yo era apenas un adolescente entonces y la magia de aquellas pocas líneas me llenó el pecho con la intensidad de una ráfaga de aire cálido, diáfano y primaveral, que parecía hubiera entrado por la ventana anunciando un largo verano de juventud.
En el año 2000 la editorial Acantilado volvió a reeditar “Helena o el mar del verano” y para algunos fue un descubrimiento. La recepción fue entusiasta. Un crítico de El País la catalogó, algo exageradamente, como “uno de los diez libros más importantes de la narrativa española del siglo XX”. Volví a leerla, emocionado, tantos años después. Pero supongo que uno ya no era el mismo que entonces, y mi capacidad de asombro tampoco. La obra seguía siendo una pequeña joya, repleta de ingenuidad y armonía, pero no dejaba de ser también un libro fuera del tiempo, un poco al estilo de “Las cosas del campo” de Muñoz Rojas, obras ambas muy alejadas –por desgracia- de la sensibilidad actual, y por eso mismo esenciales y llenas de encanto.

lunes, 21 de noviembre de 2011

A Pilar Donoso, In Memoriam

Dado la triste actualidad de Donoso con la repentina muerte de su hija Pilar, y para aquellos que les interese, reproduzco un artículo más extenso publicado en el suplemento "Culturalia" del Diario Menorca en julio de este año:

EL OBSCENO OFICIO DE VIVIR


Cuando han transcurrido ya 15 años de la muerte del escritor chileno José Donoso, el célebre autor sigue gozando de tanta admiración como amplia incomprensión dentro y fuera de su país. Detractores ilustres como Bolaño, e ingratos alumnos que asistieron a sus famosos talleres de escritura para luego renegar -un poco a la callada- del maestro, temerosos sin duda de que figurar en la nómina de “donositos” les acabara perjudicando, pusieron en marcha una rara corriente anti-donosiana entre algunos de los últimos autores chilenos, creo que de naturaleza bien ajena a lo literario. Donoso, aunque sí exprese clara y repetidamente su repulsa en sus diarios personales, siempre se mantuvo en un estado de cierto autismo respecto a la dictadura de Pinochet. Ni tomó partido ni se reveló, no porque fuese un hombre sin color político, que lo era, sino porque se sentía incapaz de enfrentarse a nada ni a nadie en su vida pública. Su recurrente huida de las responsabilidades, incluso de las más domésticas, le acarreó grandes problemas en lo personal y familiar. Todo ello unido a un espíritu emocionalmente quebradizo, de tendencias hipocondríacas y obsesivas, le convirtió en un hombre que, a pesar de su amabilidad y cercanía, sentía una urgente necesidad de esconderse, de retirarse dentro de sí mismo. Su único campo de batalla fue la literatura, hasta el punto de que escribía todos los días, bien fuera novela o dietario, puesto que éste ejercicio no sólo era su refugio, sino el único medio donde Donoso podía hablar claro y sin tapujos de él mismo y de los demás. En los diarios rescatados por su hija Pilar se comprueba que no era tan amable ni condescendiente con algunos de los que le rodeaban como parecía serlo al natural. Simplemente evitaba la disputa, la abierta discrepancia, nunca por miedo, más bien por pereza, por llano desinterés a todo lo que no fuese su obra. Como todos los grandes creadores, cultivaba un gran ego, en su caso maniático, evasivo y contradictorio. Quizá por eso, muy acertadamente, su hija ha titulado su magnífico libro biográfico como “Correr el tupido velo” (Alfaguara, 2011), porque eso hacía Donoso en su acontecer cotidiano, reservándolo todo, ira incluida, para sus novelas.
Donoso con su hija Pilar

Donoso fue, a lo largo de su vida, carne de diván. La práctica del psicoanálisis estuvo muy presente desde su juventud y muy enraizada en su obra, una obra en absoluto complaciente, donde la complejidad y los diversos niveles de lectura y de interpretación contribuyeron sin duda a hacer de él uno de los autores del Boon más dificultosos de leer. Aunque compartía con sus compañeros de grupo ciertos rasgos distintivos, carecía de la fuerza telúrica y popular de un García Márquez o de un Fuentes, por ejemplo. O de la imaginación desbordada de un Cortázar o incluso de un Vargas Llosa. Y lo sabía. No obstante, José Donoso es no sólo uno de los novelistas mayores del siglo XX, sino probablemente (junto a Onetti y Sabato) el gran iconoclasta de los autores del Boom. Su obra, en efecto, se hace remolona frente a cualquier fácil clasificación y él mismo experimentó cierta extrañeza frente a los libros de sus amigos generacionales, no en vano algunas de sus mayores influencias provenían de ciertos autores americanos y el propio escritor fue asiduo profesor en talleres literarios de universidades de EEUU. Donoso, además, vivió desde muy joven no sólo fuera de Chile, sino del continente hispanoamericano, aunque sus recuerdos (y las historias que le contaba de crío su niñera) le sirvieron siempre de germen para muchos de sus argumentos. Y aunque es cierto que todos los autores del Boom eran dueños de un universo particular, muchos de esos universos eran paralelos. En cambio el de Donoso es intransferible, hermético, un mundo de introspección muy profunda en el que sumergirse requiere de botellas de oxígeno y donde siempre hay numerosos rasgos de su propia personalidad acomplejada devorándose como un ouroboros desquiciado. Las novelas de Donoso son siempre catálogos más o menos extensos de arraigadas obsesiones que, en realidad, son las obsesiones del propio autor, atormentado por su sensación de eterno desclasado, de viejo prematuro que intuye la fealdad, el dolor, la decadencia mental y física, la locura, la muerte. Por ese motivo, Donoso es probablemente (y con permiso de Sabato) el autor más terriblemente humano de todos los novelistas del Boom, porque sus miedos son elementales, prosaicos, incluso desprovistos del hastío existencialista de las obras de los mencionados Sabato u Onetti, un miedo que nace con nosotros y que únicamente crece para acabar vampirizándonos con el correr del tiempo. El miedo de vivir.
Todos los libros que tengo de Donoso son de segunda mano, pescados en mercadillos de ocasión, en librerías de lance o de coleccionista, puesto que no es un autor al que se reedite mucho actualmente. Sin embargo, el libro que más me costó encontrar fue “El obsceno pájaro de la noche”, pese a ser su novela más famosa y recordada. Ello se debió, en parte, a que su primera edición apareció el mismo año en que yo nací y, aunque en libros no soy nada fetichista, esa casualidad me empujó a buscar un ejemplar de ese año, tarea harto difícil porque las ediciones príncipe de obras emblemáticas se cotizan al alza. Hube de conformarme con una copia de la segunda edición, exactamente igual a la primera pero aparecida un año después.
La génesis de “El obsceno pájaro de la noche” podría haberle dado a su autor material para otra novela, pues no sólo tardó casi una década en escribirla sino que, según sus propias palabras, el pájaro estuvo a punto de devorarle las tripas. Diversos ataques de úlcera (uno de ellos brutal, con internamiento en un centro de salud mental incluido, lugar donde deliró durante días), casi acaban con él. La novela se publicó finalmente en 1970, envuelta en la polémica marcha de Carlos Barral de la editorial Seix Barral, el sello que la editó y que debía haberla galardonado también con su premio Biblioteca Breve. La marcha de Barral, contrario a las directrices de nuevos socios de la empresa, forzó la anulación del premio de ese año y Donoso se quedó sin él. Pese al contratiempo, “El obsceno pájaro de la noche” acabó convirtiéndose no sólo en la obra capital del chileno (juntamente con su monumental “Casa de campo”), sino también en el billete a la posteridad del escritor. Y si bien sigue figurando como uno de los cinco o seis títulos angulares del “Boom”, probablemente sea hoy una novela escasamente leída frente a la vigencia de “Cien años de soledad”, “Rayuela” o “La ciudad y los perros”, por citar sólo tres. Un mundo poco complaciente, de podredumbre física y moral, donde personajes llenos de minusvalías y criadas viejas y chismosas se apoderan de una casa ruinosa (la casa, en todas sus acepciones, será siempre el continente en el que Donoso situará sus tramas), conforman una historia de varias voces, constantes retrocesos temporales, monólogos interiores e incluso paramnesias argumentales que la convierten en una lectura difícil, dura, para lectores bregados, que en poco a contribuido a su difusión en tiempo de lecturas livianas o decididamente burdas. Y aún así, la atmósfera alucinatoria y casi pesadillesca que recorre sus páginas sigue fascinando como el primer día hasta el punto que, a poco que el lector ponga algo de su parte, se queda uno atrapado en ellas como sólo sucede en los grandes libros.
Al final de su vida, invadido por mil achaques e inseguridades, Donoso se preguntaba si quedaría algo de su obra en el futuro. Es, no cabe duda, una pregunta habitual y también estéril, porque nadie mejor que él sabía que la obra existe mientras exista alguien que, décadas después, toma uno de esos libros, lo abre y empieza a leer. Entonces sí, se produce la magia de la literatura, ésa que no conoce modas ni etiquetas. Y de pronto todo regresa al principio, se torna nuevo, y vuelve a empezar irremediablemente.    

domingo, 13 de noviembre de 2011

El obsceno oficio de escribir

Cuando se cumplen 15 años de la muerte del autor chileno José Donoso y asistimos, con espeluznante sorpresa, al temprano olvido en que parecen haber caído hoy sus obras entre los lectores ignaros, uno se pregunta si Donoso, que tanto se cuestionó por un futuro que intuía incierto, no imaginaba ya esta soledad en la cumbre. Hombre surcado por cataclismos emocionales, carne de diván toda su vida, el chileno sostuvo una dura lucha contra sus miedos y sus incapacidades, refugiando su fragilidad tras los muros de la literatura. Sin poseer la facilidad creativa de un Vargas Llosa, el imán popular de un García Márquez o la imaginación desbocada de un Cortázar, José Donoso supo crear de sus propias y recurrentes obsesiones una obra de solidez y calidad incuestionables y firmar al menos dos novelas maestras: El obsceno pájaro de la noche (cuya génesis tortuosa, con ataque de úlcera e internamiento psiquiátrico mediante, le hubiera dado para otra alucinada novela) y Casa de campo. Cuesta, sí, entender la dificultad que entraña encontrar hoy algunos de sus libros cuando, en el fondo, su obra ahonda en aspectos tan atemporales como son los abismos cotidianos, la decrepitud física, la podredumbre moral, obsesiones que persiguieron a Donoso desde siempre y cuya suma no sería otra que el miedo, pero un miedo alejado del enfoque existencialista de Sábato o incluso de Onetti. Por el contrario, el suyo era un miedo primario y elemental, aquel que nos causa temor ante la tormenta, la oscuridad, lo que pueda haber tras una puerta.
Quizá por todo lo expuesto, Donoso fue probablemente -y con permiso de Sábato- el autor más terriblemente humano del Boom, hasta el punto de que mientras escribía conjuraba sus propios temores, se armaba contra cualquier agresión externa o cualquiera de las muchas supersticiones que le embargaban, y escalaba sin oxígeno a una cumbre que nunca era placentera, que siempre le exigía más metros, más cima. Finalizar una novela era para Donoso no tanto una liberación como una vuelta a sus males físicos, a sus ataques de úlcera, a la mediocridad que a todos nos alcanza como seres humanos que somos. De este modo la fealdad, la vejez, la minusvalía o la locura acompañan a todos los personajes del chileno, rebozados en sus miserias lo mismo que las viejas criadas chismosas o la colonia de deformes de El obsceno pájaro de la noche. Todos, a su modo, tienen algo del propio autor o alguna de sus neuras repetitivas.
Su hija Pilar, adoptada de bebé por los Donoso, ha tardado un montón de años en levantar este retrato profundo de la compleja psicología del padre, un retrato en absoluto complaciente pero tampoco utilizado por la autora para hacer juicios de valor ni para vengar viejas rencillas. Para ello se ha servido de los diarios del escritor, hasta ahora depositados en una universidad americana, cientos y cientos de páginas en las que Donoso, a lo largo de media vida, fue dejando opiniones contundentes y críticas (algunas nunca vertidas de forma clara en sus obras, como su repulsa a Pinochet), además de amplias muestras de su incapacidad para la vida social y de sus más arraigados temores. En estos “diarios de escritor”, Donoso no se corta un pelo respecto a los demás (con quienes se muestra, por lo general, poco indulgente), dejando apuntes a veces incluso contradictorios que van desde el mero drama personal (una esposa alcohólica frustrada por su infertilidad, una hija de cuyas capacidades intelectuales duda, una homosexualidad latente, etc.), a entradas llanamente enfermizas (su manía persecutoria, su miedo a que los que le querían le estuvieran robando y quisieran matarle, su hipocondría…). Con todo ello se nos desvela un escritor genial enganchado a la superstición de su incapacidad, un hombre consciente de su fragilidad humana que se sentía siempre vulnerable y engañado, un ser “desclasado” que al volver a Chile tras años de exilio se notó ajeno e incomprendido. Pilar Donoso no ha escatimado detalles que sin duda habrán resultado dolorosos para ella, pero sin los cuales la personalidad del padre habría aparecido sesgada y parcial. Nos ofrece las propias palabras del escritor, recorriendo sus distintas etapas vitales desde los años 50 y sus periplos de profesor en EEUU, hasta su paso por España (Barcelona, Calaceite) y final regreso a Chile, mientras vamos descubriendo a un Donoso cada vez más encerrado en sí mismo y más autista en todo, cada vez más inmerso en su obra como refugio último. Y precisamente a esta incapacidad para comprometerse social, política e incluso familiarmente responde este título, este “correr el tupido velo”, deporte que Donoso practicó toda su vida.

Libro necesario, valiente, escrito con amenidad y fiel perspectiva, “Correr el tupido velo” supone también un íntimo ejercicio de exorcización personal para su propia autora que, a pesar de todo, encara en él los fantasmas de su padre y de toda su familia con comprensión y afecto. Sólo por ello merece ya nuestro aplauso y respeto.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Tusitala en las islas

         Hacía 1982 me gasté 200 pesetas (sin duda, agenciadas en algún santo o cumpleaños) en un kiosco callejero de Mahón donde vi una llamativa portada a todo color de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. En ella el “señor oculto” aparecía en ademán de huída, tocado con un sombrero de copa y una capa. Se trataba de la edición de “Todolibro” de la vieja Bruguera. No me quedó más remedio que llevarme el librito, claro. Y a través de esa eterna historia sobre las dobleces del ser humano entré en el mundo fascinante de Stevenson, el más aventajado discípulo de Poe.
         En efecto, el maestro había ido a encontrar a su legítimo heredero más allá del mar, en la neblinosa y lejana Escocia, un lugar demasiado puritano y cerrado para que un idealista irredento pudiera durar mucho tiempo. Enfermizo y ansioso por hallar aquellos parajes inhóspitos que bullían en su imaginación, Stevenson alzó pronto el vuelo y se dedicó a viajar bajo la excusa perfecta de su oficio de periodista. Pero sería su fijación por los lugares remotos, casi como si en ellos buscara un lenitivo para los males de su alma y de sus precarios pulmones, lo que a la larga acabaría dándole sus mejores resultados literarios.
         Junto al Robinson Crusoe de Defoe, y con permiso de Verne, Robert L. Stevenson contribuyó como nadie a crear uno de los territorios más míticos del imaginario colectivo: el de la isla perdida, llena de piratas y aventuras, con barriles de ron, patas de palo y tesoros escondidos de por medio. En La isla del tesoro el autor escocés puso para siempre cara y palabras a la ensoñación juvenil de muchas generaciones, amén de fijar toda una iconografía –repetida luego hasta la saciedad- en torno a la figura clásica del pirata. Con ello consiguió no sólo una de las novelas de aventuras más imperecederas de la historia de la literatura, sino el milagro de que, a través de sus páginas, muchos de aquellos renacuajos de antaño abrazásemos de por vida el hábito reparador de la lectura. Y eso es así porque, aunque cambien los tiempos y las modas (y con ellas los gustos de niños y niñas), siempre habrá en el corazón de todo chaval fantasioso una isla donde esconderse, un pirata con parche en el ojo, un mapa secreto indicando un tesoro. La semilla misma de la imaginación, como quien dice.
Piratas, barcos, islas con tesoros...
      Stevenson daría a lo largo de su corta vida otras inolvidables novelas de aventuras, entre ellas La flecha negra o El señor de Ballantrae, así como un puñado de excelentes cuentos, de tintes misteriosos en la más clara línea fantástica de su admirado Poe, de los que sobresalen por su atmósfera lánguida y llena de presagios El club del suicidio o El diablo de la botella. Pero también fue un poeta más que notable, faceta ésta eclipsada por el éxito de su narrativa del mismo modo que le pasara al propio Poe.
         Ya sea en las obras al estilo de Walter Scott o en las historias de miedo, los personajes de Stevenson siempre andan librando en su interior una lucha entre el bien y el mal (algo más patente si cabe en la fábula de Jekyll y su alter ego monstruoso), mostrándonos unos seres de sentimientos e ideales no pocas veces confusos y contradictorios, por todo lo cual su literatura acaba trascendiendo la mera carcasa aventurera para ofrecernos al tiempo un inquietante retrato del eterno conflicto de dualidad que anida en el género humano. Después de todo, ¿quién no tiene algo de la otredad de Mr. Hyde o de la ambivalencia de John Silver, transformados ya en estereotipos universales?
Villa Vailima, en Samoa. Fotografía de 1911
         Robert L. Stevenson fue un hombre retraído, generoso, buen aficionado al alcohol, un soñador con bigotes de morsa, viajero infatigable y espíritu libre. Su vida, no obstante, fue una lucha valerosa contra las múltiples enfermedades que le minaron sin tregua. Acabó casándose con una norteamericana diez años mayor que él, separada y con hijos, con la que peregrinó por balnearios y ciudades dispares en un afán por encontrar el clima propicio para su tuberculosis galopante. Pasaron por Nueva York, Suiza, Francia, y unas semanas antes de la Navidad de 1889 arribaron a los mares del Pacífico. Tras algunas visitas por tierras vecinas, desembarcaron finalmente en la isla de Upolu, en la Samoa occidental. Allí, en aquel paraíso en pleno corazón de la Polinesia, con la salud ya muy deteriorada, Stevenson adquirió unos terrenos y levantó Villa Vailima, una casa de madera al estilo colonial que se amplió después de su muerte y que hoy es un museo a su memoria, así como lugar de peregrinación para gentes de todo el mundo. Allí pasó los cinco últimos años de su vida, rodeado del respeto y el aprecio de los samoanos, quienes le bautizaron como Tusitala (algo parecido a “el contador de historias”, sin duda el más hermoso título honorífico que pueda recibir un escritor).
         Una apoplejía acabó con él a los 44 años. Cuenta la leyenda que al caer fulminado llevaba en la mano una botella de vino, pues pese a sus muchas penalidades físicas, con hemorragias frecuentes, nunca renunció a los placeres de la vida. Los nativos lo velaron una noche entera y luego una comitiva de 200 samoanos le acompañó con antorchas hasta la cima del monte Vaea, a poco más de 45 minutos de Villa Vailima, donde fue enterrado con honores de gran jefe y donde reposa desde entonces junto a su mujer, en una tumba blanca sobre una tarima. En una placa se puede leer el propio poema que el escritor compuso tiempo antes para su epitafio. En otra, los isleños escribieron simplemente: aquí yace “el contador de historias”.        
         Desde la cima privilegiada del Vaea, donde un verde claro pone cerco a la frondosidad exultante del bosque, los cálidos vientos del sur ciñen para siempre su túmulo, y sólo el canto de los exóticos pájaros de Upolu rompen hoy el profundo silencio del lugar cuando los visitantes marchan tras dejar unas flores. Al final Tusitala acabó encontrando en Samoa su propia isla del tesoro, muy lejos de la fría Edimburgo, rodeado de archipiélagos recónditos y mares de coral. Una suerte de eternidad salvaje para quien nos enseñó que el tesoro no era otro que esa isla que cada cual lleva en su imaginación. O en su recuerdo.

domingo, 30 de octubre de 2011

El Premio Setenil


El premio Setenil se pensó para premiar al mejor libro de cuentos editado durante el año en curso. Se trata, pues, de un premio necesario, puesto que el género cuentístico se halla comunmente  fuera del foco de atención de suplementos, revistas y librerías. Desde el principio este galardón, que otorga el Ayuntamiento de Molina de Segura, se destacó por no casarse con nadie. La prueba de ello es que en sus 8 convocatorias lo mismo ha premiado a autores ya consagrados (Fernández Cubas, Juan Pedro Aparicio, etc) como a nombres poco conocidos fuera del "circuito" cuentístico (Francisco López Serrano, Fernando Clemot...) Esto honora siempre a cualquier certamen. Sus listas de finalistas, además, no han estado nunca exentas de polémica. Sin ir más lejos, y para no echar mano ahora de hemerotecas, este año se han quedado fuera de la final autores tan incuestionables como el veterano maestro del cuento Medardo Fraile, amén de Fernández Mallo, Luis Magrinyá, Juan A. Masoliver Ródenas, Juan Carlos Márquez, etc.

El ganador de esta edición ha resultado ser el profesor y narrador David Roas por su libro "Distorsiones". Me alegro por varias razonés. Primero, porque  Roas no es precisamente un autor muy conocido ni un asiduo en premios y certámenes. Segundo, porque sus cuentos pervierten con imaginación, humor y maestría los relatos clásicos y eso es siempre sugerente. Y tercero, porque se trata de un cuentista nato, un autor que ha apostado siempre por hacer cuento, además de desempeñarse como defensor y estudioso del género fantástico en España.
         Con Roas he coincidio una sola vez. Fue durante la presentación de la magnífica antología de relato fantástico "Perturbaciones" elaborada por mi amigo Juan Jacinto Muñoz Rengel, un volumen en el que colaboraron diversos amigos. Es probable que él no lo recuerde, claro. De todos modos, desde aquí nos congratulamos por este reconocimiento, una nueva apuesta por aquellos que velan por el siempre maltrecho género corto.    

domingo, 23 de octubre de 2011

El eterno caminante

         Por esos extraños lazos que teje la vida, yo llegué a la poesía a través de las matemáticas, concretamente por el sopor que me producían las clases de esta materia cuando tenía diez u once años. El aburrimiento me arrastró a hojear el libro de Lenguaje, que era una edición azul con lecturas diversas y una columna a la derecha de la página donde se daba cuenta de los autores. Entre otros hoy olvidados, allí aparecían los poetas típicos de los libros de texto de aquellos años: Espronceda y su inefable “Canción del pirata”, Bécquer y su arpa, Iriarte y sus fábulas, Campoamor y sus ripios. El viernes que llegué a casa recitando aquello de “En el salón del ángulo oscuro” mi madre debió pensar que al fin había encontrado algo que me gustaba, pues yo jamás hasta entonces me había molestado en aprenderme nada de memoria. Tal vez debido a que yo era el primer sorprendido por tan extraño hecho, continué visitando a escondidas aquel libro de Lenguaje en las horas de Matemáticas. Y así me ha ido luego, claro, aunque descubrir la belleza bien valía acabar multiplicando con los dedos.
            De esta forma casi fortuita, en esos años sin Internet ni videoconsolas, donde coleccionábamos cromos y leíamos tebeos, yo hice de la poesía mi refugio particular, sobre todo cuando las cosas pintaban mal y los profesores me echaban broncas por no esforzarme, aunque me guardaba mucho de ir diciéndolo por ahí, pues eso hubiera equivalido a declararme extraterrestre, es decir, más raro de lo que ya era porque, por si no fuera poco, me había dado también por intentar emular a mis recién descubiertos amigos. La vocación, entre papelotes con versos ilegibles y bocadillos de chorizo, ya estaba ahí, limando al hombre que, para bien o para mal, me iba a tocar ser.
 
            En aquella especie de iglú confesional que había montado virtualmente en mi pupitre fui descubriendo que las palabras tenían vida, que te hacían cosquillas en el alma y que, en mi caso concreto, te aliviaban de tu propia mediocridad. Con el tiempo fui conociendo a muchos autores –algunos de los cuales ya nunca me abandonaron-, y pude establecer mi propio ranking de poetas. En los primeros puestos siempre estaban algunos de los más habituales en los libros de entonces: Juan Ramón, Miguel Hernández, Lorca. También me habían entusiasmado varios vates hoy muy poco recordados (empezaba ya mi afición por los autores olvidados), como José Carlos de Luna y su clásico “El piyayo” (estaba en todos los libros de texto de hace 30 años) y “Mi vaquerillo” de José Mª Gabriel y Galán, un poema que literalmente me hacía rozar el cielo y que para mí, parco aún en lecturas, resultaba la más alta expresión de la belleza poética.
            Pero si había en esa lista un poeta que me parecía el mejor de todos, el que siempre situaba en el primer puesto, ese era Antonio Machado. En mi parnaso particular sólo Juan Ramón Jiménez le hacía sombra desde lejos. Machado representaba para mí la materialización de lo que muchas veces sentía confusamente, la descripción de un estado anímico poco usual en un niño de 10 años, más bien dado a la fantasía y a los juegos solitarios.
            Ahora, mirado desde esta atalaya en la que peino canas y alopecia, la elección no me parece tan extraña. No en vano, Machado es el poeta de la soledad y la nostalgia, el hombre solo que hace de su poesía un castillo de versos, un refugio de recuerdos, un cuartel de invierno donde morar esperando primaveras que se presentan en forma de viejos olmos que reverdecen. Todo en Machado es una rememoración del tiempo ido, de aquello que ya no va a volver (“Mi infancia son recuerdos/ de un patio de Sevilla”, “…y recuerdo otro viaje/ hacia las tierras del Duero”,), y al mismo tiempo un diálogo incesante consigo mismo. Su poesía está escrita desde la sinceridad más abierta, nada en ella es engolado ni fingido, por eso es emotiva y siempre verdadera, un desgarro mismo de su propio ser, triste e incompleto tras la pronta muerte de su compañera Leonor. Pero su obra trasciende el mero luto interior para establecer una visión desengañada de España, personalizada en las tierras castellanas, de la que en ocasiones Machado intenta evadirse por medio de la ensoñación y del amor por la naturaleza (“Soñé que tú me llevabas/por una blanca vereda”, “Anoche cuando dormía/ soñé ¡bendita ilusión!/ que era Dios lo que tenía/ dentro de mi corazón”, “Yo voy soñando caminos/de la tarde…”).
            Machado era un hombre sencillo y desaliñado, un sevillano atípico dado a la melancolía. Quienes le conocieron le tildaron de bueno y generoso, como debe ser todo verdadero poeta. Hoy, a pesar de que no sé si le lee ya mucha gente, continúa siendo el cantor eterno de los olivares, las lechuzas, las alamedas, los olmos secos. El pueblo entero –incluso aquellos que jamás han leído un solo verso- recita la monotonía de lluvia tras los cristales, el caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Porque su obra atemporal sigue viva en la memoria colectiva de un país que, pese a su tendencia a olvidar, ha sabido erigir a Machado como su más grande poeta civil.
             El ímpetu de la juventud me alejó bastantes años de Machado, en pos de otras lecturas, de otras poéticas (soberbias de verso libre) que parecían más cercanas, más de hoy. Pero después de todo “Hoy es siempre todavía”, y uno acaba por volver tarde o temprano de donde partió, echando de menos lo esencial e inmutable, lo eternamente humano. Machado no sólo me parece hoy un poeta de clara y necesaria lucidez actual, sino todo un ejemplo de la imposible disociación entre la vida y la literatura. Su cuerpo se quedó en la tierra lejana de aquellos días azules y aquel sol de la infancia, cerca del mar, pero todo lo demás vuela para siempre en esa luz germinal que alumbró también un tramo de mi vida, aunque para ello me quedara sin saber cómo demonios se resuelve una raíz cuadrada.   

domingo, 16 de octubre de 2011

¿Otro Planeta es posible?

No hablamos de ecología esta vez, sino del premio por autonomasia, bastante desprestigiado en la última década por seguir criterios estrictamente comerciales, algo lógico si tenemos en cuenta lo que de entrada se invierte. De vez en cuando, para reparar los desaguisados y dar lustre al premio, se lo otorgan a algún autor prestigioso e incontestable, como Mendoza.
Este año las quinielas daban como finalista a un buen amigo mío, Andrés Pérez Domínguez, que no concursaba. Otro año, justamente en una edición en la que no se presentó, también dieron como ganadora a mi amiga Ángela Vallvey. Las apuestas ya forman parte de este circo que es el Planeta.



Como se sorprendía hace más de un siglo Clarín por la masiva afluencia de participantes en el concurso de cuentos del diario El Liberal, a mí me sorprende mucho cada año la ingenuidad de 500 o 600 personas presentándose al Planeta. Tengo amigos que se han presentado por curiosidad, por comprobar si leen todas las obras, y lo cierto es que algunos de ellos (no especialmente conocidos) han llegado incluso a la lista de finalistas. Ahora bien, ganar es otra cosa, incluso ser segundo. Aunque uno fuera un Faulkner, sin agente y sin un nombre detrás lo tiene crudo. Lejos queda aquel premio Planeta que arriesgó para descubrir a nuevos autores. La mayoría de los premios conocidos apuestan sobre seguro, eso debe saberlo cualquiera que se preste a iniciar una carrera como participante de premios de novela. De todos modos, hace tiempo que la finalidad natural del premio (descubrir a un nuevo autor, dar visibilidad a escritores con poca presencia en las librerías, etc) se desvirtuó. Los premios de envergadura, hoy día, son una mera transacción entre editorial, autor y agente.
Así pues, respondiendo a la pregunta que encabeza estas rápidas líneas, no, no lo creo.