El responsable del café

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(Mahón, isla de Menorca,1970). Desde muy joven he venido ejerciendo el columnismo y la crítica literaria en numerosos medios, obteniendo en 1994 el premio Mateo Seguí Puntas de periodismo. Actualmente soy colaborador de la revista Librújula (Premio Nacional al Fomento de la Lectura, 2023). Poeta oculto, como narrador he publicado las novelas "En algún lugar te espero" (accésit del Premio Gabriel Sijé, 2000. Reeditada en ebook en 2020, Amazon), "Hospital Cínico" (2013) y "Summertime blues" (finalista del premio Ateneo-Ciudad de Valladolid, 2019); y los libros de relatos "Las espigas de la imprudencia" (Bcn, 2003) , "Domingos buscando el mar" (Premio Café Món de Narrativa, 2007) y "Sopa de fauno" (2017). En el año 2019 apareció el recopilatorio de artículos sobre literatura "Libros dedicados". He obtenido un puñado de premios y menciones en certámenes nacionales de cuento y algunos de mis relatos figuran en varias antologías. Desde 2002 vivo y escribo en Hospitalet de Llobregat.

sábado, 27 de octubre de 2012

La soledad del esbirro

"La Deuda" Felipe Hernández
Sloper, 2012, 299 pág.
         Felipe Hernández, afincado en Mallorca desde hace años, es uno de los más extraños casos de honestidad literaria de las letras recientes. A fines de los ochenta inició una sólida carrera como escritor, avalada por diversos premios y fervorosas palabras de la crítica, pero tras cinco novelas (la última aparecida en 2002) el autor se sumió en un largo y voluntario silencio creativo motivado por una crisis personal y por la asumida concienciación de que no todo es válido para ponerse a escribir, una aptitud de la que podrían aprender algunos incontinentes de la letra impresa que llevan años repitiéndose como el ajo. Dedicado a su faceta paralela de músico, finalmente, y con el nombre de Philip Meridian, reapareció en 2011 con el poemario “Un corazón de noche” (Sloper), su primera incursión poética desde 1981. La misma editorial Sloper ha aprovechado para reeditar ahora una de sus mejores novelas, “La Deuda” (publicada originariamente en Planeta en 1998), y cuyo título no deja de ser irónico en el actual panorama económico en que se ve sumido ahora el país.
            De entrada debemos hacer una afirmación rotunda: “La Deuda” es una extraordinaria novela. Cuando uno dedica parte de sus esfuerzos a reseñar libros, toparse con una obra de tales características entre tantos mamotretos prescindibles le llena de gozo, ese mismo gozo que nos embargó como lectores en los tiempos ya lejanos (ay) de los descubrimientos.
            La trama se inicia como un argumento de novela negra: Andrés Vigil, un hombre pusilánime que pierde su trabajo, contrae una deuda con un prestamista para comprarse un violoncelo, instrumento que acabará siendo el símbolo mismo de la frustración. Pero cuando Vigil acude a la oficina del usurero se topa con una sorpresa inesperada, puesto que un extraño personaje llamado Alejandro Godoy no sólo cancelará su deuda pendiente sino que se convertirá desde entonces en un acreedor mucho más terrible e implacable. De este modo, lenta pero firmemente, la novela va convirtiéndose en un perfecto engranaje psicológico que sobrepasa con mucho los límites normales del género negro para transformarse en una asfixiante parábola sobre el poder y el despotismo, la locura y la falta de voluntad, y al tiempo en una aún más terrible visión de los abismos interiores.
            Felipe Hernández posee una sorprendente capacidad para penetrar en los recodos más oscuros del alma humana, con una precisión casi forense que nos deja sin aliento y nos tatúa a fuego el miedo más elemental. La demencia a la que sucumbe la mente privilegiada de Godoy, y la incapacidad de Vigil para dirigir su propio destino, conforman una tensión narrativa de tintes kafkianos, de inesperadas consecuencias, que bien podría interpretarse como una brutal alegoría de los totalitarismos y de esa especie de Síndrome de Estocolmo que acaba padeciendo resignadamente la sociedad.
            Catorce años después, “La Deuda” no sólo mantiene intacta su actualidad y su interés sino que se muestra muy por encima del nivel medio habitual de la novelística española de estos últimos tiempos. Sólo la miopía congénita y la falta total de criterio de un amplio sector de nuestra industria editorial podrían explicar que un narrador del talento de Hernández sea hoy un autor casi secreto. Pero también tengo la certeza de que la secta de lectores que le adoramos no hará sino crecer con el tiempo.

martes, 2 de octubre de 2012

El libro caducado

         Por mucho que digan manuales y enciclopedias, hay libros sobrevalorados en exceso (como me ha parecido siempre “El guardián entre el centeno”), y los hay que simplemente envejecen mal, que se caducan por dentro pese a su atractivo envoltorio. Pongamos un caso de esto último: “Tres tristes tigres”, la novela más importante de Guillermo Cabrera Infante. Publicada en 1967 y avalada con el premio Biblioteca Breve de 1964, hay que insertarla correctamente en su época para poder valorar su apuesta de innovación estilística y formal en el momento de tanteo experimental por el que pasaban las letras castellanas. Leída hoy, en cambio, a uno se le cae de las manos. Un artefacto literario de 450 páginas para apenas contar nada, únicamente testimoniar la Cuba de Batista y la jerga dialectal de la isla, haciendo gala en todo momento de una insoportable arrogancia pseudo-intelectual que tira para atrás y lastra constantemente la fluidez narrativa. El visible esfuerzo por resultar siempre ingenioso, los múltiples juegos de palabras hasta el hartazgo, los continuos meandros argumentales y los muchos fragmentos francamente soporíferos hacen de esta novela una lectura empañada, indigesta, pesada como un saco de piedras (aunque éstas sean preciosas). Carece de la grandeza narrativa de un Sábato, por ejemplo, de un García Márquez o un Donoso, e incluso de un Carpentier (cuyo estilo barroco Cabrera Infante satiriza en la novela). Es una obra básicamente lexicográfica, con pocos momentos para el vuelo de la imaginación, de una incontinencia verbal que al final acaba matando el interés del lector.
        De la ola experimentalista de finales de los 60 apenas nada ha quedado en nuestra lengua. Tuvo que aparecer en escena Eduardo Mendoza con “La verdad sobre el caso Savolta” (1975) para reivindicar de nuevo el viejo placer de contar una historia y contarla bien, de forma amena pero sin dejar de lado una clara y brillante voluntad artística. Después de todo, la literatura consiste en contar, en inventar, en recrear. En la novela más conocida de Cabrera Infante hay mucho ingenio y pocas nueces. O por decirlo usando un título posterior suyo, es “puro humo”.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Queridos Monstruos

        Para Poe el monstruo, lo mismo que el miedo, era aquello que no se podía nombrar, de ahí que en el final aparentemente inacabado del Gordon Pym deje en manos del lector la apariencia de éste. Dicho de otra manera, el maestro de Baltimore delegó en sus lectores la tarea de imaginar a un ser tan horrible como indescriptible, casi como para que abarcara todos y cada uno de los miedos ajenos. Poe sabía como nadie que el monstruo, ese estandarte físico del terror más elemental, podía ser cualquier cosa, incluso uno mismo. Lo distinto, lo raro, lo desconocido, son sólo tres de los muchos rostros que puede tomar.
Las mil caras del monstruo
VVAA. Edición y prólogo de Ana Casas
Bracket Cultura, 2012. 162 pág.


        En el lúcido prólogo de la profesora Ana Casas se apunta que el monstruo representa nuestras tendencias perversas y homicidas. En el fondo, lo monstruoso es aquello que no podemos entender o aceptar, aquello que consideramos ajeno a nosotros. Cuando la lógica hace aguas aparece, por supuesto, lo fantástico. De ahí que la imagen del monstruo en literatura esté invariablemente ligada a la fantasía, a lo irreal, como si ello nos protegiera de lo demencial. Pero, en realidad, lo que más nos aterra es la monstruosidad posible, la cotidiana, aquella demasiado cercana a nosotros y que, por tanto, todos podemos albergar. Lo que nos asusta de Frankenstein, por ejemplo, no son sus impulsos homicidas, sino sus pulsiones más humanas.
         El escritor y editor José Luis Espina ha querido iniciar la andadura de la nueva editorial Bracket Cultura (www.bracketcultura.es) con una antología de cuentos donde doce destacados narradores actuales nos muestran las mil caras que puede adoptar el monstruo.
Fernando Iwasaki inicia el volumen con un cuento de humor macabro, al que sigue una carta vampírica de Manuel Moyano. Patricia Esteban Erlés, siempre dada a las atmósferas extrañas, nos habla de una solitaria mujer rodeada de gatos, y David Roas nos introduce en el tema del doble con erotismo y nocturnidad. Más en la sospecha que en el hecho planea el relato de Ángel Olgoso, y en el de Andrés Neuman un sutil pero imparable desorden racional parece afectar a la gente. Félix J. Palma consigue componer uno de los relatos más pavorosos del conjunto al tejer alrededor de una anciana una enorme tela de araña. Santiago Eximeno nos detalla con ironía funeraria los consejos a seguir en caso de defunción, mientras que Juan Jacinto Muñoz Rengel esboza el que quizá sea el cuento más abiertamente fantástico de la antología. Por su parte Pablo Martín Sánchez nos evoca uno de los miedos más cotidianos y no por ello menos cargados de funestos presagios como es la visita al dentista. La compra de un robot de limpieza desemboca en catástrofe de forma inesperada en el cuento de Raúl del Valle y, finalmente, cerrando el libro, Ismael Martínez Biurrun construye una distopía aterradora en un mundo ya apocalíptico.
        Las mil caras del monstruo es, por supuesto, un compendio de maldades, de aberraciones, de anormalidades. Pero quizá lo más terrible de sus páginas sea que funciona también como espejo de nuestra propia monstruosidad humana, pues como dice Louis Vax en Arte y literatura fantásticos y nos recuerda Ana Casas en el prólogo, “…el monstruo está en nosotros”.  

jueves, 2 de agosto de 2012

El jodido oficio de morirse


El asesino hipocondríaco
Juan Jacinto Muñoz Rengel
Plaza&Janés, 217 pág. 16,90 euros

No eran en absoluto desdeñables las credenciales que Muñoz Rengel (Málaga, 1974) sostenía hasta hace poco. Cuentista y antólogo, contaba con algunos de los premios más prestigiosos del género corto y se había ganado ya un puesto destacado entre los autores de cuento de su generación. Pero el mundo subterráneo del relato, y más en este país que tiene por norma general desdeñarlo, tarde o temprano tenía que quedársele estrecho a un narrador de su fuste que, además, lejos de inútiles categorías, es ante todo escritor. Por eso la aparición de su primera novela se nos antoja un hecho natural y hasta incluso demorado en exceso, tal es el capricho que rige el panorama editorial español, dado a los encasillamientos.
“El asesino hipocondríaco” ha sido saludada en algunos medios como una novela negra, cuando en realidad se trata más bien de una comedia negra, ácida y repleta de sutil humor. De entrada, no cabe mayor despropósito que un asesino profesional aquejado por todos los males imaginarios, incluidos los imposibles, un tipo cuyo oficio es matar pero que se pasa el día intentando no morirse. Lo que en otro autor menos dotado podría quedarse en una mera ocurrencia chistosa, a Rengel le sirve de argamasa para construir el pilar básico que sostiene la novela: la creación de un poderoso, sugestivo, divertidísimo personaje literario, el señor Y. Un personaje, en efecto, que mueve a la compasión y hasta a la ternura, un solitario que se cree tocado por la mala fortuna y que se incluye a sí mismo en una lista de famosos hipocondríacos (Poe, Voltaire, Kant, Proust…), como si sólo estos pudieran ser sus únicos amigos.
¿El señor Y.?
El señor Y, empujado por su resignada moral kantiana, debe cumplir un encargo (que él cree a pies juntillas como el último de su carrera) y, pese a notarse moribundo, se embarca en la proeza de asesinar a un psicólogo llamado Blaisten, un tipo que bien podría ser el reverso de su propio reflejo. Para ello deberá sortear el peor de todos los peligros: su hipocondría galopante. Y de este modo Rengel nos sumerge en una serie de situaciones absurdas y delirantes que recuerdan algunas de las mejores páginas de Mendoza, Covadlo y Orejudo, por citar a unos pocos autores actuales que han sabido utilizar el humor con maestría y exigencia. De este modo el autor vuelve a demostrarnos cómo el humor, usado con inteligencia y justa contención, puede sazonar una obra literaria escrita a la par con escrupulosidad estilística y con seriedad sociológica, poniendo en nuestras manos una novela que se lee de un tirón, que nos hace sonreír y hasta carcajearnos en algún momento, pero que esboza al mismo tiempo un mapa de nuestros miedos y manías más íntimas. Porque en el fondo, y pese a su exagerada personalidad, el señor Y está construido con las piezas de un puzzle en el que no es tan difícil reconocer un retazo propio, una brizna vergonzosa o simplemente vulnerable de uno mismo. Quizá por eso, y por una vez, estamos de parte del asesino, cada página más humano y menos criminal a medida que avanzamos en la lectura.
Muñoz Rengel ha logrado, por tanto, un verdadero antihéroe quijotesco, uno de esos protagonistas del que resulta muy difícil que un autor se desprenda, por lo que cabría preguntarse si quizá el señor Y se asomará de nuevo en alguna página futura. Sea como sea, esta novela no hace sino confirmar la calidad y el talento de Rengel como narrador y nos permite avizorar una trayectoria, la suya, llena de interesantes argumentos, generosa imaginación y buena prosa. 

miércoles, 18 de julio de 2012

Palma lo ha vuelto a hacer


El Mapa del Cielo
Felix J. Palma
Plaza&Janés, 740 pág.
Llevados por nuestra acendrada moda a incorporar neologismos innecesarios, recientemente se viene llamando “steampunk” a cierto gusto por recuperar el ambiente decimonónico en novelas de carácter  gótico, misterioso y fantástico, muy en la usanza de los viejos clásicos que todos leímos de niños y que, en el fondo, han sido los libros que más han quedado en nuestro imaginario colectivo. Puesto que en España la larga tradición realista apenas permitió que en su momento cuajara esta corriente literaria, la tardía normalización de la fantasía en nuestras letras ha propiciado al fin la aparición de novelas de este género, novelas que incluso han recuperado la técnica folletinesca de la época para narrarnos historias trepidantes, como sería el caso paradigmático de Ruiz Zafón (aunque sus obras estén situadas ya en el siglo XX) o el literariamente más interesante de Sánchez Piñol. De todos ellos Félix J. Palma, cuentista insigne, ha sido el que mejor ha sabido jugar con los diversos géneros decimonónicos, aunando fantasía, terror, misterio, ciencia ficción e incluso romanticismo de chistera y sombrilla al servicio siempre de una imaginación portentosa, casi sobrenatural.
Después del tour a force de su anterior novela, El mapa del tiempo, donde se servía brillantemente de ciertos sonados acontecimientos de la época y de algunos arquetipos reales e imaginarios para subvertir la tradición literaria de un modo sin apenas antecedentes en castellano; cuando creíamos, en fin, que era harto imposible revalidar aquella verbena imaginativa y retrofuturista por la que se paseaban Jack el Destripador, Wells, Stoker, Henry James o el hombre elefante, Palma ha vuelto a hacerlo. Y si entonces fue la máquina del tiempo, esta vez ha utilizado otro clásico leitmotiv de Wells, la invasión de alienígenas en la tierra, para montar una novela de tintes más apocalípticos e igualmente llena de recovecos, ucronías y trampas marca de la casa.
El mapa del cielo, más de 700 páginas de ficción desenfrenada, podría parecer de entrada una vuelta de tuerca al sobado tema de los alienígenas invasores, pero ello sería demasiado fácil para un tipo tan poco común como Palma, que toma este hilo para componer una delirante fantasía cuajada de guiños y homenajes literarios (no sólo a Wells, sino también a Poe, retomando en cierta forma el inacabado final del Gordon Pym en toda la primera parte del libro –en mi opinión, lo más logrado de esta entrega-, amén de un montón de deliberadas complicidades con novelas pulp y pelis de marcianos de los 50 que los aficionados a la serie B seguimos adorando). Monstruos mutantes, grupos de fugitivos, exploradores polares, mundos paralelos, naves extraterrestres, colonias marcianas, historias de amor o personajes regresados de la muerte, todo es poco para la febril cabeza de Félix J. Palma, probablemente el fabulador más poderoso de nuestras letras actuales, capaz de rizar el rizo para invocar no sólo nuestros miedos más infantiles y secretos, sino también para defender el noble derecho de soñar.
         Libro atemporal, apto para jóvenes y adultos, El Mapa del Cielo es la lectura más edificante para llevarse estas vacaciones y olvidarse por unas horas de la gris realidad que nos está azotando. Es sólo un truco, pero qué gran truco. 

martes, 3 de julio de 2012

Días de lectura en los mares del sur

            Cuando cada año aparecen los índices de lectura de los españoles para arrojar como un insulto cifras pesimistas, me da por pensar que el problema radica en que mucha gente jamás navegó por los lejanos mares del sur, por el Mar del Coral o el de la China Meridional, embarrancando en Samoa o en Tasmania; nunca se enamoraron de la rubia princesa de isla de Thule ni lucharon junto a los bravos piratas de Malasia. Algunos tuvimos otra suerte. Los niños de mi generación pudimos conocer todas esas tierras incógnitas o remotas, fantasear con mil aventuras en unos parajes que no sabíamos ni dónde estaban, salvo en las páginas de aquellos tebeos ilustrados (300 ilustraciones a todo color, rezaba en la portada) que por el módico precio de 35 pesetas la antigua Bruguera publicó durante años con el nombre de “Joyas Literarias Juveniles”. Verne, Stevenson, Defoe, Capitán Marryat, Poe, Twain, Salgari, Dickens, y con ellos hasta más de cien títulos imperecederos de la letras universales, especialmente del género de aventuras. Literatura traducida a imágenes, atlas multicolor de un universo mágico y lleno de historias, la primera piedra fundamental hacia el mundo del lector adulto que luego algunos fuimos.
            Pese a lo que se dice, estoy convencido de que no faltan lectores. Lo que falta son tebeos, aquellos tebeos de hace 40 años que luego acababan transformándose en libros. En algunos de esos libros se combinaba inteligentemente el texto y la viñeta, de modo que podían leerse de las dos maneras evitando que el cambio a un formato más largo resultara drástico. Recuerdo perfectamente el primer libro que leí en mi vida, en ese estilo: El Corsario Rojo de Fenimore Cooper. Luego, La Flecha Negra, de Stevenson y Las Aventuras de Tom Sawyer de Twain. Eran libros pero al mismo tiempo eran tebeos. También fui, como tantos entonces, un frecuentador del tebeo patrio: El Capitán Trueno, El Jabato, El Corsario de Hierro. Sólo más tarde vinieron Astérix, o Tintín.

            A los 6 años me vi obligado que guardar cama durante tres largos meses. Creo que aquellos días determinaron mi futura condición de lector empedernido. Mi lecho se transformó en el buque con el cual llegué a los mares del sur, enfebrecido entre tebeos y supositorios. Una vecina me prestó toda la colección, desde el primer número, de El Capitán Trueno, que sus hijos mayores ya habían leído mil veces. Junto al Capitán y sus amigos recorrí el mundo y no sólo supe de la amistad o la lealtad, sino también de la villanía y las traiciones. El Capitán Trueno era una anacronía feliz en mitad del gris tardofranquismo, azote de malvados y paladín de la bella princesa Ingrid, a la postre rubia y de ojos azules, lo cual era tan poco común entonces que todavía la hacía más lejana, casi tanto como la isla de la que procedía, la misteriosa Thule. Ignoraba entonces, claro, que detrás de aquellas aventuras inolvidables estaba el dibujante Ambrós y el gran escritor catalán Víctor Mora. Quién iba a decirme a mí que muchos años después tendría la suerte de conocer y charlar con Mora, de cuya mente salieron todos aquellos héroes y algunas de las míticas geografías que poblaron nuestra infancia. Cuando me lo presentaron, una barcelonesa tarde de verano, no podía creérmelo. Aquel hombre prematuramente envejecido por la enfermedad y las disputas legales (durante años batalló por recuperar los derechos de sus antiguas creaciones para Bruguera) seguramente jamás había navegado por las islas del Pacífico ni nada parecido. Sin embargo, desde su mesa humilde de trabajo, al amparo de la calderilla que le pagaba la editorial, hizo soñar a varias generaciones, nos evadió hacia rincones recónditos y salvajes del globo y nos hizo más libres que las revoluciones clandestinas en que andó metido en su juventud de militante comunista. Nunca podremos pagárselo bastante.    
            Pero los tiempos y los gustos cambian. Hoy los niños ya no leen tebeos ni buscan en un mapa la localización imposible de la isla de Thule. Se impone el Manga en el mejor de los casos, una tendencia de puro diseño pero de general pobreza argumental. A veces ni eso: unas pantallas virtuales sustituyen aquellos lejanos paraísos, para siempre –ahora sí- perdidos. O casi. Viven en la mente de los que crecimos con ellos y ponen de evidencia el gran vacío existente hoy a la hora de fomentar futuros lectores. No seré yo, pues, quien critique el boom de libros como la serie de Harry Potter. Los prefiero a que ningún niño lea. Pero esa debería ser sólo una de las muchas opciones. Por fortuna el mundo de la literatura está repleto de maravillosos libros que jamás pasarán de moda. Hoy son clásicos, como lo son las “Joyas Literarias Juveniles” o El Capitán Trueno. Ediciones B, consciente de ello, está reeditando las añejas ediciones de Las Joyas y lleva algunos años haciéndolo también con los álbumes de El Capitán, del que en la actualidad se está preparando una película.
             Nunca la nostalgia había sido tan rentable, seguramente. Pero los viejos héroes y las historias de siempre jamás mueren, porque en el fondo nada cambia en la mente soñadora de un niño: la isla desabitada, el náufrago, los indígenas con cara de pocos amigos, la princesa rubia... Y la eterna aventura de la imaginación dispuesta para volver a comenzar.

sábado, 9 de junio de 2012

¿Leer El Quijote hoy?

                Durante la celebración del cuarto centenario de la aparición de la 1º parte de El Quijote (1605), expertos, académicos y profesores afilaron su erudición para dar la edición “definitiva” de la obra cervantina. En este momento pueden hallarse aún varías de ellas, todas discutiéndose el honor de ser la de referencia, la “única”. Pero, claro está, El Quijote es una de esas pocas obras maestras que se extienden más allá del estricto cerco de un público iniciado y docto. No debería olvidarse que en su tiempo el libro fue lo que hoy, salvando las distancias, llamaríamos un superventas, una obra para la medianía letrada. Es bien sabido que tuvo incluso un plagio, la edición apócrifa de 1614 debida a Fernández de Avellaneda, un autor misterioso probablemente cercano al círculo de Lope de Vega.  No obstante, El Quijote posee tal cantidad de matices, dobles sentidos y niveles distintos de lectura que sería un insulto quedarse con su mera imagen de libro popular.
 La pregunta que se hace mucha gente, intimidada ante un libro elevado a los altares de la literatura universal, es ¿qué tiene El Quijote?. Y más aún: ¿leer El Quijote hoy?.
Para comprender en toda su amplia dimensión un libro como El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha primero deberíamos poder entender la época de Cervantes, un autor maldito en toda regla, en quien se cebó la mala fortuna; la antítesis, en fin, del triunfador hoy tan en boga. Y deberíamos, por tanto, ver en Alonso Quijano al antihéroe, algo de entrada inusual en las letras del siglo XVI del que era hijo Miguel de Cervantes. Para empezar se nos suele escapar un hecho nada baladí: que Don Quijote, por encima de todo, es un lector, un hombre que lee y que enferma entre libros, confundiendo la realidad con la ficción. Un loco, dirían muchos, y más aún hoy donde la mayor parte de la gente de a pie jamás coge un libro (como no sea la guía telefónica) y vive su tiempo ocioso anestesiada ante programas de TV que rozan la vergüenza ajena y ensalzan la cutrez y miseria humanas. En cambio para los que sí tienen el hábito de la lectura, Don Quijote es un soñador, un ser capaz de elevarse por encima de la mediocridad cotidiana. Esto, en un mundo carente de imaginación autónoma, hace que el personaje obtenga una notoria actualidad y al mismo tiempo nos dicta una idea de partida para poder entender la voluntad de la obra de Cervantes, que no es otra que la de ofrecer una recreación de la realidad. A este respecto dice J.A. Masoliver Ródenas en Voces contemporáneas que “hay  [en El Quijote] una estrecha relación entre la realidad exterior y la realidad interior. La exterior (prostitutas, ventas, molinos, bacía) es transformada en realidad interior (princesas, castillos, gigantes, yelmos). No hay invención sino metamorfosis”. O sea, recreación. Una recreación de la realidad que ennoblece “cómica y dramáticamente a su protagonista y que convierte un espacio anodino en privilegiado”.

Esto, desde un punto de vista humanista y literario, es sencillamente sensacional y ya sería suficiente motivo para encararse con su lectura. Pero volviendo al texto cervantino, los paralelismos con el presente no dejan de ser curiosos. Don Quijote es, al inicio, un hidalgo manchego, cincuentón, pobre, y con una existencia abúlica, aburrida. Su particular manera de escapar de esa realidad es leyendo libros de caballerías, y enferma con ellos. Pero su enfermedad no es una burda evasión de la realidad sino una alteración de la misma. Don Quijote es como un maestrillo de escuela que se dedicara, infructuosamente por desgracia, a corregir las múltiples faltas ortográficas que presenta esa realidad aceptada como buena. Igual que la escritura, la lectura “corrige” en él la realidad, la transforma en otra cosa. Resulta curioso observar hoy cuántas personas intentan escapar (sin saberlo) de una existencia gris a través de las naderías insustanciales de un grupo de energúmenos encerrados en una casa llena de cámaras, o en una isla, o bien viviendo como propias la boda del príncipe tal, las andanzas de cama del torero cual, las pataletas de la lolailo tal cual. Lo que en Don Quijote es construcción de un mundo, que lleva  como divisas el honor, la justicia y la lealtad, en algunos hoy día no es ya una transformación ideal sino la patética radiografía de una sociedad idiotizada, es decir, también enferma aunque de otro modo. Efectivamente el espíritu quijotesco es otra cosa, por fortuna. ¿De verdad creen algunos idealistas irredentos estar tan lejos de él? ¿Acaso no les siguen llamando locos? ¡Bendita locura!
Quizá por eso, entre tantas cosas, puede aún hoy aprenderse tanto de El Quijote. Bien es verdad que Cervantes expresó que su única intención, harto modesta, era hacer una sátira sobre los libros de caballería (que es decir del feudalismo medieval aún imperante en muchas facetas de la vida española de su época).  En cambio, le salió mucho más que eso: el tratado psicológico de un pueblo a través de unos personajes inolvidables. Sancho Panza, por ejemplo, es un contrapunto de Don Quijote que representa la juiciosa sabiduría popular. No sólo nivela la obra sino que, poco a poco, se va quijotizando, transformándose también y creciendo como lo hace el nacido siglo XVII.
Desde un punto de vista estrictamente literario, El Quijote es una obra nueva, narrada de forma muy original (presentada como pura ficción, para lo cual reniega de la tercera o primera persona apuntándose que la historia procede de los archivos de la Mancha y de la traducción de un escrito árabe). Desde el principio Cervantes deja claro que se trata de literatura, de pura novela. Ni crónica (como la novela histórica), ni evocación (como la novela pastoril o picaresca); en El Quijote todo va desarrollándose ante el lector.
 Se ha discutido mucho acerca de la falta de argumento de la obra. No es posible entrar aquí en tan ardua materia. Existen para ello rigurosos estudios y trabajos de especialistas en el tema, a los cuales nos remitimos. No obstante parece evidente que una obra magna como la que nos ocupa difícilmente puede ceñirse a una única y lógica consecución o fin. El Quijote constituye un todo, un universo autónomo, tan rico como caudaloso. La vuelta a la realidad del personaje, la recuperación del juicio, supone la muerte de Don Quijote, es decir, la muerte de la imaginación. Una muerte, como no podía ser de otra forma, sólo aparente. Permanece su esencia, humana y contradictoria como todos nosotros. Como la vida.