Con autores de ambos lados del mar, ya está aquí la
antología 201 en la que tengo el honor de participar junto a grandes
amigos. De momento ha salido en Perú, y esperamos que llegue a España
muy pronto.Los infectados son Katya
Adaui, Sandro Aguilar, Baltazar Andurriales, Mario Aragón, Giselle Aronson, Luis
Artigue, Luis Augusto, Belisa Bartra, Alberto Benza, Ludo Bermejo, Eduardo Berti,
Sandra Bianchi, Micky Bolaños, Pablo Brescia, Carlos Calderón Fajardo, Sophie
Canal, Leonardo Caparrós, Ernesto Carlín, Alberto Caturla Viladot, Miguel Antonio
Chávez, Víctor Lorenzo Cinca, Patricia Colchado, Claudia Cortalezzi, Irma del Águila,
Willy del Pozo, Raúl del Valle, Saúl R. Deus, Eva Díaz Riobello, José Donayre, Daniela
Dozzo, Esteban Dublín, Christian Elguera, Patricia Esteban Erlés, Cecilia Eudave,
Santiago Eximeno, Alina Gadea, Óscar Gallegos, Martín Gardella, Antonio Gazís,
Isabel González, Wilson Gorj, José Güich, Fernando Iwasaki, Antonio Jiménez Morato,
Rafael Juárez, Luisa Fernanda Lindo, Gonzalo Málaga, Alex Marín, Pablo Martín
Sánchez, José María Merino, Cristian Mitelman, Manuel Moyano, Miguel Ángel
Muñoz, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Diego Muñoz Valenzuela, Alejandro Neyra, Lucía
Noboa, Clara Obligado, Karl Oharak, Ángel Olgoso, Julia Otxoa, Karina Pacheco, Félix
J. Palma, Diego Prado, Henry Quintanilla, Salvador Luis, Jorge Ramos Cabezas, Carlos
Rengifo, Ricardo Reques, David Roas, Tahiche Rodríguez, Pilar Roselló, Hans
Rothgiesser, Miguel Ruiz Effio, María Paz Ruiz Gil, Daniel Salvo, Fernando Sánchez
Ortiz, Rubén Sánchez Trigos, Teresa Serván, Ana María Shua, Óscar Sipán, Ricardo
Sumalavia, Juan Carlos Townsend, Tanya Tynjälä, Jorge Ureta, Jorge Valenzuela
Garcés, Luisa Valenzuela, Miguel Ángel Vallejo, Rony Vásquez, Anca Visdei,
Isabel Wageman, Ezequiel Wajncer, Julia Wong, Rodolfo Ybarra, Glauconar Yue,
Iban Zaldua, Miguel Ángel Zapata, Julio César Zavala Vega, Lucho Zúñiga.
El responsable del café
- Diego Prado
- (Mahón, isla de Menorca,1970). Desde muy joven he venido ejerciendo el columnismo y la crítica literaria en numerosos medios, obteniendo en 1994 el premio Mateo Seguí Puntas de periodismo. Actualmente soy colaborador de la revista Librújula (Premio Nacional al Fomento de la Lectura, 2023). Poeta oculto, como narrador he publicado las novelas "En algún lugar te espero" (accésit del Premio Gabriel Sijé, 2000. Reeditada en ebook en 2020, Amazon), "Hospital Cínico" (2013) y "Summertime blues" (finalista del premio Ateneo-Ciudad de Valladolid, 2019); y los libros de relatos "Las espigas de la imprudencia" (Bcn, 2003) , "Domingos buscando el mar" (Premio Café Món de Narrativa, 2007) y "Sopa de fauno" (2017). En el año 2019 apareció el recopilatorio de artículos sobre literatura "Libros dedicados". He obtenido un puñado de premios y menciones en certámenes nacionales de cuento y algunos de mis relatos figuran en varias antologías. Desde 2002 vivo y escribo en Hospitalet de Llobregat.
jueves, 12 de septiembre de 2013
viernes, 30 de agosto de 2013
El otro Martín Sánchez
El
hecho está constatado: cada año aparecen un puñado de primeras novelas
dispuestas a ganarse un espacio en la batalla de los escaparates. De esas
obras, la mayoría firmadas por autores muy jóvenes, pocas de ellas alzan aún el
vuelo, pocas alcanzan a ser algo más que una promesa todavía en agraz,
balbucientes ensayos de lo que podrían llegar a ser en el futuro si continuaran
con tesón e ilusión, dos ingredientes básicos que, sin embargo, muchas veces se
diluyen al primer intento. Si algo me pone de mal humor al abrir una primera
novela es encontrarme con una total falta de ambición literaria, con una prosa
en sordina, con una grave carencia de inventiva y de escrúpulo en el estilo,
como si esos escritores aún debutantes ya estuvieran agotados y se hubiesen
puesto a escribir porque sí, sin demasiada voluntad. Dicho esto, hemos de afirmar
ya que la primera novela de Pablo Martín Sánchez (Reus, 1977) representa todo
lo contrario a lo comentado en las líneas precedentes. En efecto: tras un libro
de relatos más que notable, Martín Sánchez se descuelga con un novelón de más
de 600 páginas para tomar su alternativa como novelista. Esto ya es en sí mismo
un reto y un peligro, pero también una muestra de vocación literaria sin medias
tintas. No obstante, seguro de las posibilidades de la historia que va a
contarnos, el autor presenta desde el principio unas credenciales envidiables que
en pocas páginas disipan las dudas e incluso el escepticismo del más pintado.
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| El anarquista que se llamaba como yo. |
En
realidad, Pablo Martín Sánchez no es un personaje histórico de primera fila, y
el autor, consciente de ello, tiende a novelar su vida y apoyarse más en la
intrahistoria subyacente que en los meros hechos acontecidos. Narrada en dos
planos temporales distintos (el que se remonta a la infancia, adolescencia y
juventud del futuro anarquista, y un segundo que nos lleva al momento de los
acontecimientos que marcaron su existencia y su “posteridad”), el escritor aprovecha
para pintarnos un fresco de la España del momento y del exilio patrio en
Francia, entre personajes reales e inventados, todo ello contado con una
soltura admirable que desliga al escritor del mero historicista.
La ficción en torno al fenómeno anarquista
español es escasa en nuestras letras. Con excepción de algunas obras ya
clásicas de Pío Baroja y Valle Inclán, hay que dar un salto hasta 1975 con “La
verdad sobre el caso Savolta” de Mendoza para toparnos con una novela
relativamente cercana, o más recientemente con libros como “Cárceles
imaginarias” de Luis Leante o “El hombre que mató a Durruti” de Pedro de Paz. “El
anarquista que se llamaba como yo” viene a cubrir, pues, un vacío singular y a
esclarecer de paso un acontecimiento poco conocido y lleno de brumas. Pero eso
sería insuficiente si esta novela no estuviera escrita con el pulso firme de un
verdadero narrador, un autor que no sólo ha salido victorioso de tamaño reto sino
que se ha dejado el listón alto. No obstante, y al albur de lo leído, estamos
en condiciones de asegurar que Martín Sánchez aún ha de depararnos grandes
alegrías en el futuro.
miércoles, 19 de junio de 2013
El origen menorquín de Albert Camus
Mientras no pocos de los sucesos
políticos y sociales que cerraron el convulso siglo XX fueron dejando obsoletos
algunos de los anunciados existencialistas, y al tiempo que autores como Sartre
son hoy incluso discutidos literariamente, la obra y el talante ético de Albert
Camus no ha hecho más que revalorarse. La edición de sus obras completas en la mítica Pléyade francesa ha vuelto a situar en primera
línea al autor de Calígula que, en
realidad, no ha dejado nunca de estar de actualidad. Su particular visión del
colonialismo francés, su inquebrantable independencia y una naturaleza
exacerbadamente nihilista, unido todo a la intemporalidad moral de sus obras y
a su temprana muerte, han ayudado a crear una especie de atractiva aura en
torno a su recuerdo. Sus textos dramáticos siguen subiendo frecuentemente a
escena, novelas como El extranjero o
La peste continúan figurando entre
los libros esenciales de la historia de la literatura, y su discurso filosófico
genera aún sorpresa y adhesión, cobrando una especial significación en estos
tiempos confusos y apáticos.
Con
motivo de la aparición, hace ya dos décadas, del libro inédito El primer hombre, texto de alto
contenido autobiográfico que Camus llevaba consigo cuando perdió la vida en un
estúpido accidente de automóvil, se habló mucho de la ascendencia española y
balear del Premio Nobel. Se ha afirmado en diversas ocasiones que la madre del
escritor era natural de la isla de Menorca. En realidad tal dato es erróneo,
pues quien sí era menorquina fue su abuela materna, Catalina Cardona Fedelich,
nacida en el pueblecito de San Luis en 1857.
Como
veremos seguidamente, el famoso autor ostentaría como segundo apellido el tan
menorquín linaje de Sintes. Esto, en realidad, no hubiera sido ninguna sorpresa
para los muchos habitantes de Baleares que, atraídos por las supuestas ventajas
que prometía el gobierno francés en sus nuevas tierras de Argelia, llegaban
como mano de obra cualificada a Argel y alrededores. En concreto, los colonos
menorquines fundaron villas importantes como Fort de L’Eau y muchos otros
emigrantes baleáricos se desempeñaron en oficios antaño tan isleños como el de
zapatero. La mayoría de estos emigrantes no regresaron a las islas y su
descendencia se extendió por los tres amplios departamentos en que se dividía
entonces Argelia: Argel, Orán y Constantina. Por eso, incluso hoy, es frecuente
hallar aún en esos lares personas que llevan apellidos tan nuestros como Pons,
Florit, Orfila, Goñalons, etc.
La
familia materna de Albert Camus sería una más de las muchas que emprendieron el
viaje hacia aquellas tierras en busca de una nueva vida. Sus bisabuelos Miguel
Sintes y Margarita Cursach, casados en Ciudadela, emigraron a Argelia a
principios del siglo XIX. Allí nació ya su hijo Esteban Sintes Cursach, quien al
mismo tiempo contraería matrimonio en Kouba con una menorquina, la abuela
materna de Camus, Catalina Cardona Fedelich. Vivieron de las labores agrícolas
y tuvieron tres hijos, dos chicos y una chica. Ésta última, Catalina Sintes
Cardona, nació en Birkadem, pequeña población campesina a pocos kilómetros de
Argel, en 1882. La futura madre de Albert Camus era, pues, hija de un
descendiente directo de menorquines y de una menorquina de cuna, con lo cual
queda aclarada aquí la frecuente confusión sobre la ascendencia menorquina del
autor francés.
La
madre de Camus conoció en Cheraga, también distante pocos kilómetros de la
capital, a Lucien Albert Camus, joven francés que había regresado tras cumplir
su servicio militar. Su suegro, Esteban Sintes, le consiguió un empleo como
transportista en un almacén de vinos. El matrimonio entre los padres de Camus
duró poco, puesto que Lucien fue movilizado durante la Primera Guerra
Mundial y moriría en el frente cuando su hijo Albert contaba
sólo un año. El escritor había nacido hace ahora 100 años en Mondovi,
Constantina.
En
El primer hombre, Camus refiere por primera
vez aspectos familiares como la infancia en Argelia, su amistad con hijos de
españoles y franceses, la temprana muerte del padre apenas conocido, y el
recuerdo de su abuela menorquina, mujer autoritaria y de fuerte carácter que
vivía junto a la viuda Camus Sintes,
sus otros dos hijos y sus dos nietos en un pequeño apartamento de dos
habitaciones en el modesto barrio argelino de Belcourt. Las estrecheces de la
familia pueden darse por supuestas. La madre de Camus, que sobrevivió a su hijo
únicamente nueve meses, falleció en aquel sencillo pisito donde habían vivido
todos juntos.
![]() |
| Entrada en el pueblecito menorquín de San Luis, localidad natal de la abuela de Camus |
Existen
referencias sobre una breve visita de Camus a Mallorca. No así a Menorca,
tierra de sus antepasados, de la que su abuela le había contado leyendas y
enseñado algunas palabras dialectales. Probablemente fuera ése un viaje
demorado que su inesperada muerte truncó.
El Verano, un delicioso librito escrito
tras la Segunda Guerra
Mundial, es seguramente (junto al póstumo El primer Hombre) una de las obras más
personales de Camus, donde mejor y más bellamente brotan sus raíces mediterráneas.
En él escribe cosas tan significativas como: “Crecí en el mar y la pobreza fue
para mí fastuosa; después perdí el mar, todos los lujos me parecieron grises,
la miseria intolerable. Desde entonces espero.”
Espera,
sí, como esperan las islas. Espera su reencuentro con el viento, con sus orígenes,
aquel que no se sintió francés entre los franceses ni argelino entre los
argelinos, eterno extranjero en todas partes.
lunes, 27 de mayo de 2013
La última de todas las batallas
![]() |
| La última de todas las batallas José Luis Espina e.d.a libros, 209 pág. |
Con ecos de la narrativa breve norteamericana (MacCullers, Carver) pero también europea, “La última de todas las batallas” muestra una voluntad por eludir la realidad deslucida del presente en una especie de búsqueda de salvación (seguramente infructuosa) en el tiempo ya consumido, ya gastado, ya vivido, pero que se nos aparece demasiadas veces como el único legado que nos justifica frente al abismo.
Ante la paulatina raquitización de la prosa actual, Espina luce un lenguaje musculado y firme, alejado del plano e impersonal tono funcional que una buena parte de los narradores de ahora utilizan, lo cual se agradece. Lenguaje e introspección son, pues, las dos grandes bazas de la literatura de este autor, que sabe y conoce que el empleo de la palabra correcta es la más fructífera herramienta analítica para evocar los estados interiores de los personajes, e incluso pronosticar sus acciones.
martes, 14 de mayo de 2013
Camino de redención
Si de entrada resulta difícil ser hijo de uno de
los mayores iconos de la literatura americana del siglo XX y batallar contra esa
alargada sombra, mucho más es serlo de un tipo amargado, resentido y de fuerte
carácter, un hombre como John Fante, que poseía un talento narrativo casi tan elevado
como su nula capacidad para hacer amigos. Pero ésta no es una biografía al uso
porque Dan Fante, el segundo de los cuatro hijos del escritor americano,
utiliza el pretexto del padre para hablarnos en realidad de él mismo, de su
vida llena de altibajos y caídas en el abismo, una vida azarosa y ajetreada
cuyo patrón parece sacado de uno de los perdidos personajes del propio John
Fante. Alcohólico desde muy joven, depresivo, con enormes problemas de
sociabilidad y una tendencia casi funesta a meterse en líos y arruinar su vida,
Dan Fante (Los Ángeles, 1944) postergó durante muchísimos años su -por otro
lado- natural inclinación a la literatura hasta el punto de no poder sentarse a
escribir mientras su progenitor vivió, como si le debiera un respeto al padre,
una veneración que le arrastró en cambio al barro de la vida, a la
autodestrucción y al vagabundeo etílico durante décadas. Mañoso para hacer
dinero y malas compañías, Fante junior nos cuenta aquí, con una sinceridad
demoledora y en absoluto impostada, cómo tocó fondo varias veces y de qué
manera salió del pozo y encontró su tabla de salvación en la escritura. Y mientras
todo eso ocurre, la imagen del gran Fante padre, un tipo hecho a sí mismo e
injustamente ignorado por el establishment
literario de su tiempo, planea sobre todo el libro como un estigma a ratos
doloroso y otros estimulante.
![]() |
| Fante. Un legado de escritura, alcohol y supervivencia Dan Fante Sajalín, 423 pág. Traducción de Federico Corriente |
John
Fante se mostró siempre escéptico en cuanto a las posibilidades de su hijo, que
parecía empeñado en ser un perdedor de manual. No obstante “el viejo”, como le
llama familiarmente Dan Fante en el libro, le va a dejar en herencia -y
probablemente sin ser consciente de ello- el mejor consejo que puede ofrecerle
un escritor a un autor en ciernes: Una
buena novela puede cambiar el mundo. Tenlo presente antes de tomar la decisión
de sentarte delante de una máquina de escribir. Nunca pierdas el tiempo con
algo en lo que tú no creas. Fante hijo lo tomó al pie de la letra y
comprendió tiempo después que escribir es un oficio que hay que ejercer por
vocación, sin esperar mucho a cambio.
La
relación entre padre e hijo fue siempre difícil y tirante, seguramente porque
ambos se parecían bastante. Orgullosos, testarudos, aficionados a hacer
equilibrios sobre la cuerda floja y a derrochar su talento en menesteres poco o
nada literarios, vemos como el padre “vende el culo” (según sus propias
palabras) al Hollywood dorado para cobrar sus suculentos cheques de guionista
mientras su obra narrativa pasa desapercibida; y asistimos a las
peregrinaciones del hijo de empleo en empleo, como taxista, conductor de
limusinas, vendedor a domicilio, detective privado y un largo etcétera que no
sólo le sirve para construirse el currículum clásico del escritor maldito
americano, sino para vivir múltiples situaciones surrealistas y conocer a gente
del más variopinto pelaje y de ambos lados de la escala social.
Escrito
con el ritmo trepidante de una novela, en un estilo seco como un Martini,
directo y sin tapujos como un gancho de izquierda, este libro no se amedrenta a
la hora de hacer descender a las alcantarillas de lo cotidiano al mito
americano que hoy representa Fante. Padre algo descuidado, marido mediocre e
infiel, jugador malencarado, bebedor de fondo, obsesionado por la indiferencia
que causaba su obra y con una enquistada sensación de estar traicionándose a sí
mismo trabajando para el mundo del cine, no es ciertamente ésta una hagiografía
del gran John Fante y eso se agradece. Dan no se muerde la lengua ante las
faltas paternas ni ante los trapos sucios de una familia como poco curiosa, con
una madre muy leída y aficionada a la nigromancia y un sádico hermano mayor que
acabará muriendo víctima del alcohol. Pero sobretodo Fante junior es duramente
crítico consigo mismo, sin escatimar escabrosos momentos de su vida, incluyendo
sus terribles intentos de suicidio y de desintoxicación en solitario, sus
múltiples y generalmente desastrosas relaciones amorosas, sus tentativas por
escribir y sus frecuentes ataques de locura. La honestidad apabullante con que
está escrito este libro desarma al más pintado y acaba mostrándonos, como una
confesión redentora, la tremenda senda vital de un hombre que, con sudor,
alcohol a litros y no pocas lágrimas, luchó por escapar del destino que le
parecía marcado desde el apellido y que, matando metafóricamente al progenitor,
ha logrado plasmar la mejor y más emotiva elegía de amor y admiración que un
hijo pueda escribir a un padre.
martes, 23 de abril de 2013
Cuentos para minutos
Uno
de los grandes maestros del cuento fantástico español, el ahora injustamente
olvidado Esteban Padrós de Palacios, decía en su ya clásica definición sobre el
cuento que lo que distingue a éste de cualquier otro texto breve es
precisamente el final. Es decir, la conclusión la historia, bien sea a través de
un fin abierto o cerrado. El final sorpresa, siempre tan ligado al cuento de
corte fantástico, y tan antiguo que habría que remontarse al propio Poe e
incluso antes, es despreciado hoy por algunos modernillos para los que se diría
que todo empieza y acaba en Carver. Por fortuna, en nuestro país se vive
actualmente una reivindicación del cuento de raíz clásica, con el elemento
fantástico por bandera, abanderada por algunos de los mejores narradores del
momento (Félix J. Palma, David Roas, Muñoz Rengel, Hipólito G. Navarro,
Patricia Esteban Erlés, Carlos Castán y muchos otros). A este ejército de
fabuladores de la “distorsión de lo cotidiano” se alinea “El enmendador de
corazones”, un pequeño librito de 15 cuentos, la mayoría muy breves, del
madrileño afincado en Córdoba Ricardo Reques.
![]() |
| El enmendador de corazones Ricardo Reques Alhulia, Granada, 108 pág. |
En
el volumen se dan cita cuentos de corte más canónico con otros de estilos y
temas más cercanos (véase una posible e inquietante versión de la célebre
película “Instinto Básico” en el cuento “El secreto de Tramell”), pero todos
transidos por la presencia de lo perturbador. En ellos aparecen los miedos
eternos que llenaron las viejas leyendas populares (es fácil rastrear desde un velado
homenaje de Las mil y una noche en
cuentos como “Confesiones de un viejo loco”, a guiños a la tradición
cuentística decimonónica que irían desde W. Irving a H. Quiroga en relatos como
“La muerte del paleontólogo” o “El viejo olmo”). Reques, como buen biólogo, nos sitúa en
ocasiones en el límite de la lógica científica (como solía hacer el maestro Poe
en sus cuentos más analíticos), con personajes en su mayoría solitarios, de
vidas grises, y gusta del detalle aparentemente anodino, de la extrañeza en
marcos preferiblemente rurales o apartados, y del desenlace sorpresa o mínimamente
anómalo.
Decía
también Padrós de Palacios que el verdadero cuento es aquel que puede contarse.
Los de Reques lo son, por extensión, por tensión y por narratividad. Este
librito merece la oportunidad de poder llegar a sus lectores y que estos
confíen plenamente en ser “engañados” como sólo lo consigue un buen cuentista.
jueves, 11 de abril de 2013
Escrito en el agua
Si
los números no me fallan, este año se cumplen 25 la de publicación del primer
libro del narrador manchego Pedro Menchén. A lo largo de estas dos décadas y
media ha sacado sólo 7 libros. Y
pongo este sólo en cursiva porque me parecen suficientes, al menos para
certificar la calidad de un autor, sobre todo si lo comparamos con el alud
desproporcionado e irregular de algunos escritores que no paran de atosigar los
escaparates de las librerías. Sin embargo, y como nos recuerda el propio
Menchén en el prólogo de esta obra, su nombre apenas ha trascendido al gran
público (si por “gran público” entendemos toda esa tropa de lectores -sin
demasiados escrúpulos estéticos- que leen a un Falcones, por ejemplo). En
efecto, Menchén ha ido por libre y ha escrito lo que quería, ajeno a la
dictadura del mercado, alejado de ambientes literarios y compadreos, todo lo
cual le ha costado el ser considerado un autor raro y marginal entre los de su
generación.
![]() |
| Escrito en el agua Pedro Menchén Odisea Editorial, Madrid. 422 pág. |
“Escrito
en el agua” es un libro de intención autobiográfica en el que Pedro Menchén
vierte los recuerdos de su niñez solitaria (nublada por un padre insensible), y
los días de su juventud en Madrid y Benidorm, ciudad en la que vive desde
finales de los 70. Pero aún siendo unas memorias, este libro no puede
entenderse como una autobiografía al uso, sino más bien como un profundo
ejercicio de autoaceptación personal, un retrato en absoluto complaciente de su
doble condición de hombre y escritor, si es que ambas facetas pueden separarse.
Por eso Menchén utiliza la franqueza absoluta y dolorosa de un espejo, sin
pudores ni máscaras, a veces incluso ejerciendo una crueldad excesiva sobre sí
mismo, alejándose de esta forma del tono generalmente ególatra y ufano que
transita por el género autobiográfico español. Diríase que Menchén hubiera
pretendido alcanzar, a través de las palabras, alguna especie de redención para
con algunos momentos decisivos de su vida, una vida marcada por su identidad sexual
y por su vocación artística. Exigente al máximo consigo mismo (puede tardar
años en revisar un libro suyo, por ejemplo), también lo es a la hora de evocar
algunas de las personas que le acompañaron en aquellos años de tardofranquismo,
transición y primera democracia. No escatima detalles al hablar de sus
difíciles relaciones con el padre o el hermano, al explicar sus amoríos más o
menos furtivos en un tiempo de tímida emancipación sexual, o al opinar sobre
personajes que trató en esos años, como Umbral o el pintor de la generación del
27 Gregorio Prieto, con quien mantuvo una extraña relación de amor-odio que
ocupa un capítulo entero.
Alguien
podría pensar, malévolamente, qué interés puede tener la vida de un escritor
homosexual poco conocido. En mi opinión, cualquier existencia vivida con
intensidad tiene interés, por anodina que parezca. Y la de Pedro Menchén ,
salvando sus características intransferibles, viene a representar la vida misma
de muchas personas que durante los difíciles 60 y 70 lucharon por escapar de la
mediocridad circundante y por hacer valer su condición sexual como un ejemplo
de normalidad. Al mismo tiempo, Menchén nos va contando la evolución de su
carrera literaria, paralela a la de su madurez. El resultado es un fresco
transparente y ágil de unos años que parecen muy lejanos y que, sin embargo,
forjaron buena parte de la España de hoy, para bien y para mal. Menchén fue
testigo lúcido de ello, aunque en un voluntario y discreto segundo plano. Quizá
a él le bastó así, y así lo cuenta, sin colgarse medallas ni inventar
batallitas, lejos de la hagiografía y los oropeles, con tierna humanidad y
sinceridad desgarradora. Un libro, pues, decididamente entrañable.
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